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Excéntrico, fanfarrón, voluminoso, bocón, seductor, genio, hay una generación que conoció a Orson Welles antes de saber sobre sus virtudes artísticas. Los que hoy tenemos unos cuantos años, crecimos viendo y escuchándolo. Lo vimos en el cine de súper acción del Canal 11, el de Leoncio, no había sábado en que no lo viéramos ya sea en como vikingo, como espía, como enemigo supremo de James Bond en aquella desarrapada versión de Casino Royale en la que Woody Allen era sobrino del 007 auténtico (interpretado por David Niven) y aunque asumiera distintas personalidades, siempre dejaba la sensación de una constante despreocupación por todo. También Orson fue la voz que del jefe de Mork en la serie Mork y Mindy y en diferentes documentales y claro, participó en distintos shows. A medida que crecimos supimos que el gordo de barba, habano permanente en la mano, que parecía divertirse todo el tiempo, era también director de cine. Y si uno era de ver televisión más de lo que lo hacía la mayoría, conectaba ese nombre con El ciudadano y con algunas otras películas en las que se advertía un cuidado en la imagen superior al resto, aunque para ser honestos, por esos años todo lo que veíamos no era sujeto de mucho análisis.

Cuando pasó el tiempo, escuchamos la historia de una famosa transmisión de radio que provocó un incidente catastrófico y que fue el primer aviso de lo que los medios de comunicación podían provocar en las masas y en ese evento también estaba involucrado Orson, mucho antes de ser un señor obeso y mayor.

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Lo primero que hay que decir es que lo que hubo fue una transmisión excepcional de radio, una puesta al aire con boletines policiales fraguados, cronistas que narraban una lucha desigual con los invasores extraterrestres. La grabación es un clásico y la mayoría de los que estudiaron periodismo o comunicación social tuvo alguna vez una copia y la escuchó. ¿Y todo lo demás, la histeria colectiva, los suicidios? Bueno, todo eso que rodeó a aquella transmisión fue culpa de los medios.

Para nuestra desgracia, nos acostumbramos a la figura de Welles pero nos perdimos su mayor virtud, que mucho después supimos, era el manejo de la voz, porque claro, por estas playas era doblado sin piedad al español. Si ese chico del que hablamos al comenzar se había llenado de televisión en los setenta y seguía con sus obsesiones pasada la adolescencia, casi seguro se convirtió en un cinéfilo hecho y derecho, para el cual Welles dejaba de ser apenas una figura más del mundo audiovisual para pasar a ser nada menos que el director de Citizen Kane, que durante años fue la ganadora de todas la encuestas que se hacía acerca de cuál era la mejor película en la historia del cine. Cuando uno se interesaba un poco más, descubría que existía mucho material escrito sobre Welles y que aquella película mitológica podía ser o no la mejor de la historia, pero lo que es cierto es que fue la que aplicó casi todo lo que se sabía sobre cómo hacer cine hasta ese momento y sumó algunas cuestiones de orden técnico y de puesta en escena, que luego se transformaron en prácticas habituales a la hora de prender una cámara.

Leyendo al ineludible crítico de cine uruguayo Homero Alsina Thevenet nos enteramos de la pelea de Welles con el magnate William Randolh Hearst fue el modelo sobre el cual se creó al Ciudadano Kane y durante años pensamos que el enojo del millonario pasaba por la imagen caricaturesca que la película presentaba de él, hasta que se descubrió la verdad que estaba en la palabra clave que el protagonista de la película pronuncia antes de morir: Rosebud. Para el espectador el origen de ese nombre se devela en el final de la película y era un trineo que usaba de niño. La verdad era un poco más oscura y es que ese era el nombre que el verdadero magnate de los medios Hearst le había puesto a la parte más íntima del sexo de su amante, la actriz Marion Davis.

Todo esto para concluir que hay mucho y muy bueno para leer sobre Orson Welles, pero aquí vamos a hacer un necesario recorte y nos concentraremos en tres libros fundamentales.

51gINRJJCYL._SX352_BO1,204,203,200_Ciudadano Welles”, de Peter Bogdanovich y Orson Welles

A fineas de los ´60 Peter Bogdanovich era un director que despuntaba como la avanzada de una camada de realizadores que cambiarían la cara de Hollywood. Por aquellos días, además de preparar sus primeras y deslumbrantes películas, Bogdanovich se dedic a alimentar irector se dedicaquellos dserie de directores que cambiarrhas e la pel, la pelmos doblado al español, si ese chico ó a entrevistar grandes directores y a escribir y a filmar entrevistas con ellos. Uno de sus trabajos más importantes lo hizo con John Ford, en Directed by John Ford, un documental en el que básicamente se ve al legendario irlandés hablando sobre sus películas, sus amigos y la vida en general. Por aquellos días Bogdanovich también conoció a Orson Welles y se dedicó a alimentar la amistad con el genio. 

Entonces la joven promesa inició una larga serie de entrevistas y encuentros en Hollywood y en otros lugares del planeta. Es improbable que Bogdanovich sospechara que su propia carrera con los años se volvería tan conflictiva como llegó a ser la de Welles pero así fue porque después de una serie de éxitos de taquilla y de filmar películas admiradas por los cinéfilos del mundo la carrera de Bogdanovich se volvió errática gracias a una mezcla de mala suerte, tragedias personales, egocentrismo desatado y malas decisiones que lo llevaron a meter la pata en la elección de sus proyectos y de esa manera la industria comenzó a darle la espalda igualito que le pasó a su amigo treinta años antes.

Pasaron siete años desde la muerte de Welles en 1985 hasta que llegó a las librerías Ciudadano Welles. Considerado de alguna manera como un testamento/ biografía oficial ya que la última mujer de Welles fue la que le habilitó a Bogdanovich una serie de documentos que completan los diálogos que ambos tuvieron a lo largo de los años. En Ciudadano Welles se conoce la historia completa desde su infancia acomodada, sus conocimientos de magia, los años en el teatro llevando adelante un plan estatal que creaba elencos oficiales en la época del New Deal del amigo de Welles y presidente de los Estado Unidos de América Franklin Delano Roosevelt.

Lo más importante del volumen, más allá de la magia verbal que despliega Welles, es la parte concerniente a lo que pasó con su segunda película, con su famoso viaje a Brasil y el proyecto inconcluso que fue el inicio de toda la mala relación entre Hollywood y el hasta entonces joven maravilla. Bogdanovich contó con la correspondencia entre el director y la gente de RKO dejándo al descubierto la lucha a la que se vio sometido el realizador y cómo ese segundo título (“It’s all true) terminó siendo editado por la gente del estudio. A partir de ahí, la carrera de Welles se transformó en un infierno aunque se las arregló para filmar joyas como La dama de Shangai, Mr Arkadin o El proceso. Leer “Ciudadano Welles” resulta indispensable para entender a un genio que aún sigue vigente.

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Mis almuerzos con Orson Welles”. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles

Henry Jaglom es un director de cine que en 1978 conoció a Orson Welles y desde ese momento estableció una relación con el ya veterano director y fue a partir de esa amistad que en 1983 comenzó a registrar los encuentros gastronómicos entre ambos.

Jaglom seguramente percibía que era cada vez más difícil que alguien pusiera plata para que Orson llevara a adelante sus múltiples proyectos y así, se convirtió en una especie de confesor que oía las angustias, los sueños y la rabia del genio que a esa altura ya se había convertido en un ex director y no por voluntad propia.. Pensemos que mientras se grababan estas conversaciones, Billy Willder, nada menos, ya era un jubilado, porque ninguna aseguradora estaba dispuesta a asumir el riesgo de poner su dinero para que un realizador anciano se pusiera detrás de una cámara. No era un retiro por cuestiones artísticas, ya que ni siquiera se leían los proyectos de los célebres veteranos.

Si el libro de Bogdanovich resulta ser una bitácora para entender a un creador, “Mis almuerzos con Orson Welles” es un festival de opiniones del gran director y la confirmación de lo políticamente incorrecto que podía llegar a ser. Todo cabe en el discurso punzante del genio, desde Woody Allen hasta Spencer Tracy, pasando por las performances amatorias de Grace Kelly, lo mal actor que era Bogart, hasta una respuesta a la crítica que en su momento escribió nada menos Jorge Luis Borges sobre El ciudadano y la gran sorpresa de la aparición en la charla de Jacobo Timerman, a quien Welles le regala elogios y admiración no solamente por lo que el editor y periodista sufrió en la última dictadura, sino también por su postura crítica frente al estado de Israel que lo ponía al argentino a en una posición difícil frente a las organizaciones judías de Nueva York.

El material que Jaglom tenía de sus encuentros con Welles abarcaba los encuentros entre ambos entre 1983 y 1985, el año en que murió Orson. El trabajo de edición de esas charlas recayó en Peter Biskind, un experimentado periodista autor de un verdadero clásico: “Moteros tranquilos, toros salvajes”, el libro que cuenta a la generación de cineastas que en los setenta amenazaban con comerse Hollywood y que terminaron deglutidos por el sistema.

Biskind organiza el libro en dos partes, una toma 1983 y la otra reúne las charlas que se produjeron entre 1984 y 1985. Más allá de la personalidad desbordante y el gusto por la provocación que el libro refleja, hay una sub lectura, un trasfondo estremecedor donde se ve a un creador incomprendido que no estaba dispuesto a parar y que tratando de llevar adelante sus proyectos, embiste una y otra vez solo para chocar con una industria que pese a haberle dado todo en sus comienzos, después lo marcó como un tipo difícil, no le perdonó sus caprichos y finalmente le dio la espalda. El gran artista se vio en sus últimos años soportando el ninguneo de las nuevas generaciones, una muestra de eso es el incidente que se narra con una directiva de la por entonces incipiente productora televisiva HBO.
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Broadcast Hysteria: Orson Welles’s War of the Worlds and the Art of Fake News”, de Brad Shwartz

En el año del centenario del nacimiento de Orson Welles, se produjeron distintos acontecimientos que lo homenajearon y el más interesante quizás haya sido la edición de este libro, que no es ni más ni menos que la detallada investigación sobre aquel evento que lo catapultó a la fama. Leyendo el volumen, uno va descubriendo que todo aquello que sabía acerca del asunto y que la verdad, como suele ocurrir, es un poco más gris y deprimente.

Primero los hechos. Ell 30 de Octubre de 1938, en la edición de un conocido programa de radio se puso al aire la versión radiofónica del libro de HG Wells titulado “La guerra de los mundos”, un especial que rompía el formato tradicional de un radioteatro o del teatro leído en radio. El director de todo el asunto era Orson Welles y puso al aire una versión dramatizada, que según cuenta la leyenda hizo estallar la histeria de los radioescuchas. La historia que siempre se contó habla de incidentes, de gente aterrorizada y de hasta suicidios. “Broadcast Hysteria” se mete de lleno en el asunto, busca en los archivos de hospitales, en los registros de la policía y de distintos organismos y el resultado es un fiasco. Nada de todo aquello que durante años se contó aparecía en los registros de época. ¿Cuál es la verdad, qué pasó aquella noche de Octubre de 1938?

Lo primero que hay que decir es que lo que hubo fue una transmisión excepcional de radio, una puesta al aire con boletines policiales fraguados, cronistas que narraban una lucha desigual con los invasores extraterrestres. La grabación es un clásico y la mayoría de los que estudiaron periodismo o comunicación social tuvo alguna vez una copia y la escuchó. Y todo lo demás, la histeria colectiva, los suicidios? Bueno, todo eso que rodeó a aquella transmisión fue culpa de los medios.

Un par de datos antes de lo que pasó en los diarios. El relato de lo que fue la preparación de aquel programa es casi un clásico para el negocio del espectáculo. El guión no convencía a nadie, las actuaciones parecían forzadas y a nadie del elenco le gustaba lo que pasaba en los ensayos. Hasta el guionista se encontraba disgustado con el asunto, un tipo llamado Howard E Koch -si les suena es porque fue uno de los guionistas de Casablanca, pero eso es otra historia-. El productor John Houseman, que era una especie de mano derecha de Welles, con el que terminaron peleados mucho años después, escribió sobre la experiencia de “La guerra de los mundos”: “Fue a partir de cierta hora, alrededor de las dos de la tarde, cuando la cosa empezó a tomar forma bajo la mano de Orson, y una extraña fiebre, en parte travesura infantil, en parte celo profesional, se apoderó del estudio”.

Nada de lo que se contó después en los diarios fue cierto, no existieron suicidios, ni gente gritando o quizás la histeria cundió en los medios escritos. Cuenta Brad Shwartz que en 1938 la radio se había transformado en el gran cuco de los diarios, que veían emigrar el dinero de los anunciantes hacia el nuevo medio que crecía a toda máquina.

El 30 de octubre se inició la leyenda, editoriales y crónicas se ensañaban con la irresponsabilidad del nuevo medio y contra el joven irresponsable Orson Welles. La verdad es que a pesar de todo lo que se dijo hubo, apenas un llamado de un oyente al que atendió Welles en persona y un tipo en Grover´s Mills le disparó con su escopeta de perdigones a un tanque de agua porque lo confundió con un plato volador. El libro de Shwartz es impecable.

Orson Welles siguió en la radio un tiempo más pero su destino estaba en Hollywood, a donde llegó como una verdadera estrella y con un contrato que le aseguraba el control total de su obra, es decir, el final cut de su película, algo que en que por aquellos años se lo reservaban los productores. Una cláusula que solo volvería a aparecer en un contrato en Hollywood varias décadas después, cuando un guionista y actor un poco frustrado por sus primeras experiencias en cine, exigiera lo mismo, un joven Woody Allen.

Me pregunto si la experiencia con la prensa escrita derivada de aquella transmisión radiofónica, no habrá sido el combustible que lo llevó Orson Welles a construir con su primera película un visión descarnada de un magnate dueño de una gran cadena de diarios. Eso por ahora no aparece en ninguno de los libros dedicados a Orson Welles, aunque con él nunca se sabe porque siempre aparecen novedades.

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