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El director neoyorkino falleció ayer a los 77 años.

Scorsese imprimiría su sello en el estupendo final de Casino a través de la referencia intertextual plausible a la interpretación. Los viejos casinos se derrumban para dejarles su lugar a esos enormes sitios parecidos a Disneylandia, provocando la caída de un imperio ahora manejado por corporaciones con dueños sin nombres propios. Aquella película de Scorsese terminaba en los años 80 cuando Hollywood empezaba a cambiar de manos, ahora sostenidas desde la imperiosa necesidad de reconfigurar a la “industria del entretenimiento” En ese imperio ahora derrocado Coppola fue el rey, Scorsese y De Palma los príncipes y, entre otros trajes reales pero desteñidos, a Michael Cimino le tocó vestirse de oveja negra, de loser expulsado del sistema debido a su megalomanía llevada al extremo, casi insoportable para un contexto constituido por hombres de negocios. Pobre Cimino: le tocó vivir el ocaso de aquellos dioses dueños del Olimpo Hollywood, de esos protagonistas de una época irrepetible del cine norteamericano aceptada por el gran público y bendecida por la crítica. Coppola perdió casi los 40 millones invertidos de sus bolsillos por irse de mambo con Golpe al corazón pero resucitó a inicios de los 90 con Drácula, Scorsese la sigue peleando debido a su incansable voracidad por el cine y De Palma espera que alguna vez lo vuelvan a respetar en el Hollywood nuevo siglo. A Cimino, en cambio, le hicieron la cruz muy rápido.


francotiradorNo es casual que su opera prima Especialistas en el crimen contara con el apoyo de Clint Eastwood, ya que Cimino había colaborado en el guión de Magnum 44 de Ted Post, segunda de la saga de Harry, el sucio. Pero el salto hacia El francotirador fue fulminante, no solo por tratarse de una visión diferente al karma temático de la guerra de Vietnam, sino por reparar en una historia de amistad entre amigos que hasta autoriza una latente mirada sobre la homosexualidad. Las tres horas del film conformarían una extensión del apogeo de la narración clásica, ya legitimada para la gran historia del cine en El Padrino y en El Padrino II. Pero Cimino, mirando al pasado y previendo un futuro alentador como cineasta se anima a contar una historia de casamientos, ceremonias, rituales, borracheras, cacerías por el bosque y ruletas rusas que bordeaban la demencia entre vietnamitas y soldados en prisión rodeados de ratas voraces.

En lugar de seguir festejando los cuatro Oscar por su particular visión sobre Vietnam, Cimino fue a más, a todo o nada con La puerta del cielo y su pelea con los productores y dueños de Artistas Unidos, una empresa que ya mostraba deteriorada su economía. El final-cut fue la gran batalla, ya que Cimino propone un corte de más cinco horas, rechazado por la compañía, presurosa por exhibir diferentes versiones de menor duración. Película ajena al canon de la época, que terminaría provocando la liquidación y venta de Artistas Unidos, La puerta del cielo es el reflejo de la ambición desmesurada de su director, buceando en las aguas del clasicismo, con largas escenas de bailes, encuentros y desencuentros entre los personajes (encarnados por un elenco internacional), en donde los momentos geniales se fusionaban a los (bienvenidos) caprichos y excesos de la trama. Vaya paradoja: por entonces Coppola perdería su propia guerra con Golpe al corazón pero sobreviviría a los cambios trabajando de manera activa, filmando casi sin parar en esos años 80; en cambio, Cimino ya integraba la lista negra del nuevo Hollywood.

ManhattanLa violencia empírica de Manhattan Sur con un Mickey Rourke aun en forma tampoco se le perdonaría al cineasta casi expulsado. Extraño caso el de Manhattan Sur, acusada de denigrar a la comunidad asiática de acuerdo los procedimientos del personaje de Rourke, la fisicidad de la historia se conciliaba con su exquisita sofisticación formal. Sin embargo, la película sería destruida por la crítica.


Irrelevante fue el resultado de Horas desesperadas y desigual en medio de defectos y virtudes sería El siciliano, film donde se percibe que Cimino poco tenía que hacer dentro de un sistema ajeno a sus pretensiones. Ya en 1996 haría The Sunchaser, merecedora de un rápido olvido, que marcaría el final de su carrera como cineasta.

Más de veinte años como director y solo siete largometrajes. Un montón de proyectos abortados, tantos como guiones que nunca terminarían bajo su mandato, por ejemplo, uno sobre Janis Joplin, que originaría La rosa con Bette Midler y otro de carácter biográfico en relación a Dostoievski, escrito junto a Raymond Carver.

sicilianoDedicado a la literatura, publicaría su primera novela en 2001 (Big Jane) y recibiría la medalla Chevallier des Arts ds Lettres de manos del ministro de cultura francés.

Por su parte, las últimas imágenes mostraron a un Michael Cimino con un rostro y una figura diferentes a las de años anteriores.

Tal vez las batallas cinematográficas que libró con Hollywood y la crítica puedan sintetizarse desde sus propias palabras: “Nunca he hecho películas para expresar un punto de vista político. Cuando hice El francotirador fui acusado de derechista y fascista, por La puerta del cielo me convertí en un comunista y con Manhattan Sur resultó que era racista. No hice películas para hacer dinero o conseguir premios. Mi única preocupación fue siempre cómo ser original, filmar algo que no haya sido visto antes”. Michael Cimino, un loser original.

 

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