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Cuándo Akira Kurosawa supo de la muerte de Satyajit Ray, declaró: “A mi dolor por la muerte de Satyajit Ray, solo la ha consolado la aparición de Abbas Kiarostami” y ahora, la pregunta que se impone hoy es ¿quién nos consuela por la muerte de Kiarostami?

Con la desaparición del director iraní, el cine recibió un golpe demoledor, justo cuándo los grandes realizadores se están convirtiendo en una especie en extinción.

Kiarostami murió en París, este último lunes, donde se había radicado para recibir tratamiento contra un cáncer diagnosticado en marzo. No solo murió un realizador gigantesco, murió un verdadero renacentista porque además, fue poeta, pintor, fotógrafo y fundamentalmente una persona ética y uno de de los pocos hombres que en los últimos veinte años le otorgó al cine razones para seguir denominándose arte.

Desde la segunda mitad de los noventa, Kiarostami se convirtió en uno de los más importantes animadores de los principales festivales cinematográficos del mundo, donde arrasó con cuanto premio fuera posible. Y fue el ariete clave para que la gran cinematografía iraní se haya convertido en un objeto de culto. Sin su irrupción avasallante quizás Occidente hubiera seguido ignorando que Irán tenía una fuerte cultura y un cine infinitamente más ricos que el petróleo.

Kiarostami, junto a Moshen Makhmalbaf (El ciclista, El silencio, Gabbeh) fueron las cabezas del movimiento que se dio a conocer como el Segundo Nuevo Cine Iraní, (existió, por supuesto una instancia previa , anterior a la revolución islámica en donde hicieron lo suyo Dariush Mehrjui, Masoud Kimiai, Bahram Bayzai y claro, un joven Abbas Kiarostami.) La nueva coyuntura política con el triunfo de Mahamed Jatami en 1997 y el nombramiento de Mayahierani como ministro de Cultura y Orientación Islámica, posibilitó una tercera ola de realizadores de donde emergen Majid Majidi (Los niños del cielo, El padre) Abolfazl Jalili (Det means daughter), Jafar Panahi (El espejo, El globo blanco y la reciente El círculo, premiada con el León de Oro en Venecia), la hija de Moshen, Samira Makhmalbaf (La manzana) y Farhad Mehranfar (El árbol de la vida, Avión de papel) entre otros autores. Pero sin duda e independizándose de sus colegas, Abbas Kiarostami es el punto más alto de del soberbio movimiento cinematográfico iraní, a quién la crítica seria norteamericana reconoció como el realizador más importante de los noventa.

elsaborEl sabor de las cerezas

Abbas Kiarostami nació en Teherán en 1940 en donde estudió dibujo y fotografía. Entre 1960 y 1968 trabajó en publicidad. Conocedor a fondo el neorrealismo italiano y de la Nouvelle Vague, admirador del Satyajit Ray y Yasujiro Ozu, no hay más que ver cualquiera de sus films para comprobar la relectura y el “aggiornamento” que hizo de aquellas filmografías. En 1969 participó en la fundación del Departamento Cinematográfico del Instituto de Desarrolló Intelectual de Niños y Adolescentes, más conocido como Kanun, una institución que sobreviviría a la revolución islámica para ser hoy uno de los más importantes estudios cinematográficos de Irán, en el contexto de que a partir de la revolución fueron proscritas las películas europeas y norteamericanas y eso impulsó un importante desarrollo de la cinematografía local.

elvientonosllevaraEl viento nos llevará

El viajero (Mosafer, 1974), El informe (Gozaresh, 1978), Los alumnos de primaria (Avali-Ha, 1985); ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khaheh-Ye Doust Kojast 1987), esta última ganó el Leopardo de Oro en Locarno e inició la monumental trilogía Koker -una aldea de 1800 habitantes a 350 kilómetros de Teherán devastada en 1991 por un terremoto-, que se completa con Y la vida continúa (Zendegi Edameh Dara, 1991) Certain Regard de Cannes y A través de los olivos (Zir E Darakhtan, 1994), Espiga de Oro Valladolid. Antes había estrenado La tarea de colegio (Mash-E Sap, 1989) y Primer plano (Nama-Ye Nazdik, 1990). El sabor de las cerezas (Ta´m E Guilas, 1997) para muchos su obra cumbre pero dos años después llegó la monumental El viento nos llevará (Le vent nous emportera, 1999) que se alzó con el Gran Premio del Jurado y Premio Fipresci en Venecia. Su obra la completa con numerosos cortos y hace unos meses acababa de terminar un documental en Uganda, auspiciado por las Naciones Unidas, sobre los niños huérfanos de padres muertos por el SIDA.

Desde hace varios años sus caminos fueron acompañados por el público y la crítica, lo que no hizo que cediera un ápice en sus más conceptos que más que cinematográficos eran declaraciones éticas: Ten (2001), Five Dedicated to Ozu (2003), Ten on Ten (2004), Tickets (2005), Jādeh hā-ye Kiārostami (2006), Chacun son cinéma (2007), Shirin (2008), Copia Certificada (2010) y su último largo, Like Someone in Love (2012).

Kiarostami trabajó sus films con verismo documental. “Tengo una imagen, luego soy”, parafrasea a Descartes, con la ética de la imagen a prueba de todo, llevando los límites de la ficción hasta el preciso punto de su antojo. Sin pudor, mostró sus dudas y titubeos, incluso los defectos de sonido pasaban a formar parte de lo narrativo “son cosas que ocurren una sola vez en la vida”, dijo, “porque lo verdadero no es igual a lo real”.

Todo su cine fue un tránsito, una odisea en búsqueda de Ática. Sin lamentos por los bajos presupuestos y sin limitaciones por circunstancias políticas, Kiarostami elaboró su cine desde la estética de lo posible y con ella avanzó, “esta película se hizo sola antes de que yo la filmara” afirmó lacónico respecto a Primer Plano.

close-upClose-Up

Nada proclive a guiones ajustados, dejó fluir las situaciones, dio cabida a lo que sucediera y más que de los ensayos, las escenas son el resultado de largas conversaciones con los actores, generalmente no profesionales, en donde cada toma es el resultado de una larga discusión.

Su cine jamás invadió, solo guiaba con su cámara a la vida, como en un gigantesco travelling. Sus historias a veces ni siquiera terminaban, como si dijera: “Hasta acá está bien, en este preciso punto yo me detengo, siga usted señor espectador”, a quién nunca subestimó, con la convicción de que sentado en la butaca solo restaba pensar.

Abbas Kiarostami no es verdadero ¿cómo va a ser verdadero un hombre?”, dice mientras nos restituyó el cine más primitivo, sin temor a mostrar sus costuras aunque con estupor alguna vez dijo, “nunca saber bien cual es el oficio”.

Quizás como lo ha dicho en su último libro, se ha ido a caminar con el viento, quizás alguna vez ese mismo viento nos llevará hacia él. 

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