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Glauber Rocha en el rodaje de Deus eo diablo.

El cine latinoamericano es la resultante de los cinco siglos del permanente mestizaje que se inició con el más extraordinario choque cultural que se pueda haber registrado a lo largo de la historia. América latina comenzó a conformarse con aquel mundo europeo que desembarcaba sin saber que Guanahaní era sólo una pequeña muestra de lo que se escondía en lo profundo de su geografía. Después llegarían millones de hombres empujados por su propia codicia o la codicia de otros. Latinoamerica se convirtió en un gigantesco y formidable laboratorio social, cultural y religioso del que nacieron héroes, villanos, bandidos y mártires, portadores de una épica digna de un Homero que la cante. Este sincretismo cultural generó fervorosas adhesiones, al punto que sobre los antiguos mapas imperiales comenzaron a erguirse, hace ya doscientos años, jóvenes naciones destinadas a conformarse en una sola, por la fuerza de la misma identidad pluriétnica, religiosa, cultural y la misma historia de luchas, sojuzgamiento, victorias y derrotas.

Con sus dioses y sus demonios, ese universo que no era solo la isla de Guanahaní, salió al mundo a proclamar su independencia. Aquella utopía de a pie y de a caballo aún sigue buscando su destino, con una divisa invicta: su cultura.

De esa cultura el cine es una pieza fundamental de ese andamiaje, donde se despliega la memoria para mostrarnos la realidad. Y así, sus realizadores cinematográficos han interrogado con persistencia y no pocos logros a la historia desde siempre.

Muchos de estos realizadores que han dedicado ingentes esfuerzos a recuperar su memoria, sus luchas y cultura, pagaron el costo en persecución y exilios. Por eso, alguna vez Gabriel García Márquez definió a esta geografía como “esa patria inmensa de hombres alucinados”. “Alucinados” porque sólo con el deseo de tener una patria modificaron siglos de la larga siesta monacal de los imperios. Pero García Márquez también define a estos cineastas por interpretar estos largos y sangrientos procesos, que muchas veces parecieran condenados a repetirse una y otra vez como castigo de Sísifo.

Esta escasísima lista, clásicos en muchos casos injustamente olvidados, son solo algunos puntos de las cúspides que alcanzó su gigantesca cinematografía. Están en Internet, merecen ser encontrados.

LOS OLVIDADOS (Luis Buñuel, 1950. México)
Sin duda el film más importante del ciclo mexicano del director aragonés. Con fuertes trazos neorrealistas, Buñuel nos sumerge en la desgarrada realidad de un grupo de niños que crecen libremente en los márgenes de una ciudad que los ignora.

BARRAVENTO (Glauber Rocha, 1961. Brasil)
Este es el primer largometraje del bahiano al que llega casi de casualidad, cuándo debe reemplazar a Luiz Paulino. Glauber, replantea el guión y sigue. Mejor Opera Prima de Karlovy Vary (Checoslovaquia). Barravento es un análisis casi antropológico de los cultos sincréticos. Una clara oposición del Candomblé, el culto más importante de origen africano que se práctica en Brasil, con una fuerte representación sincrética de elementos de la Iglesia Católica.
La película denuncia la explotación de los pescadores de Bahía, su arraigó al culto Candomblé y la devoción a Iemanjá, Diosa del mar que los sujeta a un confinamiento social.

VIDAS SECAS (Nelson Pereira dos Santos, 1963. Brasil)
Basada en la novela homónima de Graciliano Ramos en la que se narra la tragedia de una familia de retirantes del Sertão.
El film, una traducción casi literal de la novela, es una síntesis cruda, de la realidad que asola la basta y desértica región nordestina, donde las sequías se repiten como una condena bíblica. Pereira Dos Santos evita caer en la explotación de la miseria y el exotismo, como un souvenir antropológico, respetando a ultranza la dignidad de los campesinos que deberán abandonar todo en búsqueda de una ilusión, tan árida finalmente como el lugar que abandonan.

LARGO VIAJE (Patricio Kaulen, 1967. Chile)
Premio Extraordinario del Jurado presidido por Cesare Zavattini, en el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary, Checoslovaquia, 1968. El film que cabalga, entre el neorrealismo italiano y la influencia de Luis Buñuel. Kaulen, también guionista, incluye en su relato, la tradición y la marginalidad de los campesinos que llegan a la gran ciudad en búsqueda de trabajo.
Con un plano antológico sobre la “gran ciudad”, Santiago en este caso, moderna y poderosa, caerá con todo el peso de la lente en una chabola, donde se celebra una antigua ceremonia chilena: el Rito del Angelito. Del rancho donde se desarrolla el velorio de una guagua, cualquier niño menor de tres años, emerge un constante rezo, cánticos religiosos y populares, quema de incienso, acompañado de abundante comida, baile y mucho licor conocido como gloriao. Es sobre el final de esta ceremonia donde Kaulen inicia la historia de Largo Viaje, con el modesto cortejo: en una simple caja de madera que el padre lo llevará hasta el cementerio en un ómnibus atestado de pasajeros.
El hermano del finadito, un niño de ocho años, encontrará entre los resto de la celebración las alas de su hermanito, el niño entiende que sin las alas no podrá ascender a los cielos, y sale en búsqueda de su padre para entregarle las alas.
El niño recorrerá un Santiago sórdido, peligroso, hostil, violento y oscuro, buscando el cementerio para entregar las alas a su hermano para llegar al paraíso tan negado.

CUESTIÓN DE FE (Marcos Loayza, 1996. Bolivia)
A Domingo un artesano de imágenes religiosas, un capo de la droga, le encarga una Virgen de tamaño natural, La Señora de los Remedios, la patrona de su pueblo. El traslado de la Virgen convierte el film en una road movie, por paisajes asombrosos, donde se sucederán infinidad de accidentes cada vez más patéticos.

UKAMAU (Jorge Sanjínes, 1968. Bolivia)
Este film, realizado en la Isla del Sol, cuenta la violación, muerte y venganza de una campesina india. La película se exhibió simultáneamente en varias ciudades de Bolivia. En La Paz se mantuvo en cartel durante nueve semanas, un hecho inaudito en la historia del país. Ukamau, más tarde daría el nombre al colectivo cinematográfico, conformado en torno al director y que fue la base del cine boliviano. El entonces presidente el General Alfredo Ovando, no vaciló en expulsar al grupo del Instituto de Cinematografía y clausurar el organismo.

RATAS, RATONES Y RATEROS (Sebastián Cordero, 1999. Ecuador)
Su costo no llegó a los 250 mil dólares, con lo que muchos directores no se animarían a filmar un cumpleaños de quince y logró cerca 110 mil espectadores en Quito y Guayaquil, con quince semanas en cartelera. Convirtiéndola, en la película ecuatoriana más exitosa de los últimos veinte años.
En el film se narra la historia de Salvador, un joven ratero, sin tener necesidades reales de hacerlo, como si en realidad buscará un límite. En ese afán de cruzar fronteras, se vincula con de su primo Ángel, ex-convicto, mulato, lastimado, descolocado. Juntos se moverán por Quito y Guayaquil, por calles, rutas, terminal de colectivos, un hospital, en el barrio humilde de Salvador, y en casas ricas a las que se ingresa a robar o a buscar, lo que nunca encontraran: protección.

EL PEZ QUE FUMA (Román Chalbaud, 1977. Venezuela)
El pez que fuma, más que un mítico cabaret de la ciudad de la Guaira, es la metáfora de una Venezuela, con mucho de burdel En el burdel real dos prostituta se disputan el reinado. Un Chalbaud en su punto más alto, ya eximio maestro en el manejo del tempo cinematográfico, en este film Hilda Vera, su actriz fetiche, como La Garza, la regente del burdel. El pez que fuma, no solo fue la película más taquillera del año sino que se convierte en un hito, considerada dentro de los 20 mejores títulos latinoamericanos de todos los tiempos.

ARAYA (Margot Benacerraf, 1959. Venezuela)
En 1959 Margot Benacerraf realiza el documental Araya su primer y único largometraje, sobre la vida de los hombres y mujeres que trabajan en la pesca y la extracción de sal en la península de Araya. A primera vista se tiende a entender el film como documental, pero la propia Margot Benacerraf explicó incasablemente que Araya “no era documental, ya que se escribió un guión y se ubicó a los personajes de acuerdo a ese guión, intentado no registrar desde afuera las acciones que los personajes realizaban día a día”.

LA VENDEDORA DE FLORES (César Gaviria, 1996. Colombia)
Basada en un cuento de Hans Christian Andersen, Gaviria vuelve a la marginalidad de Medellín, donde encuentra a Mónica, una adolescente que ha crecido en las calles. En la noche de navidad, como todas las noches, vende rosas para ganarse la vida, cuando la violencia que la rodeada, termina consumiéndola. Una crónica de personajes sin futuro.

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