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Siglo XVII y siglo XXI aunados en la anteúltima película de Bellocchio, el (¿único?) sobreviviente en actividad de aquel cine italiano que empezaría entre los escombros de la Segunda Guerra y comenzaría a clausurarse con el asesinato de Pasolini, cuarenta años después. El gran director de su aun vigente opera prima I pugni in tasca (1965), con subas y bajas estéticas, películas fundamentales y accesorias o irrelevantes, volvería al mundillo de los festivales con Vincere (2009), acompañado de una repercusión comercial poco recurrente para su obra. En los últimos años Bellocchio no para de filmar: luego de aquella historia de amor (loco) con trasfondo político, vendrían Sorelle mai (2011), un film experimental y familiar, y Bella addormentata (2013), sí estrenada por acá, en donde el director volvía a colocar su bisturí crítico en uno de sus temas preferidos desde su opera prima: el acoso del Poder, sea institucional, religioso, científico.

Por esos pantanosos territorios se despliegan las dos historias de Sangre de mi sangre, la primera ubicada en un convento donde se narra una posesión diabólica y se pretende averiguar los motivos que llevaron a un cura al suicidio, en tanto, aquella que transcurre en la actualidad, recae en un viejo Barón, aristocrático a la manera de un personaje de película de Visconti, con supuestas costumbres relacionadas al vampirismo.

Sangue-del-mio-SangueHay ítems temáticos y formales que conducen a una permanente relación entre ambas historias, en donde el nexo principal es la residencia religiosa en el siglo XVII que reaparece como la guarida del personaje principal en estos días. El tono entre ambas, en cambio, es diferente. Mientras en la primera se eligen unos fuertes contrastes de luz mortecina, acorde al lúgubre ambiente religioso, expresada a través de textos inquisitoriales y una cámara que recorre más de una vez los cuerpos de las supuestas brujas, en la segunda, en cambio, el tono es satírico, casi burlón pero nunca irrespetuoso ni paródico en relación al viejo Conde que debe detener la venta de su eterna casa. En ese sentido, Bellocchio vuelve a articular su contundente opinión sobre el autoritarismo de la iglesia y sus representantes sin ninguna contemplación, donde la monja poseída, descifrada por ese Poder como alguien ajeno a lo normal (tal como ocurría, desde el psicoanálisis, con la inquieta protagonista de El diablo en el cuerpo, el film polémico de Bellocchio, pornografía política –fellatio más Brigadas Rojas- de fines de los 80) debería ser separada de un mundo posesivo desde la fe. Pero la zona oscura del director se aliviana en el otro segmento, aun cuando se trate de un episodio con viejos decrépitos dirigidos por un Conde a punto de ser desalojado de su casa. Allí resplandece con luz propia la gran escena en donde el personaje principal visita a su odontólogo por molestias en una muela. En ese momento de Sangre de mi sangre, el humor se apropia de la oscuridad, el personaje principal protesta pero intenta comprender los rasgos de la modernidad y, por si fuera poco, mira con atención el bello rostro de una mujer que tal vez le recuerde a un hecho del pasado o a una idea sobre un futuro urgente.

Futuro que en el veterano Bellocchio no parece detenerse. Luego de Sangre de mi sangre –una de los estrenos interesantes y diferentes de este año- el cineasta presentó Fai Bei Sogni en el último Cannes. Como el Conde que interpreta Roberto Herlitzka, a Bellocchio es muy difícil que lo desalojen del cine de este siglo.

4ojookmedio.jpgSANGRE DE MI SANGRE
Sangue del mio sangue. Italia/Francia/Suiza, 2014.
Dirección y guión: Marco Bellocchio. Intérpretes: Roberto Herlitzka, Pier Giorgio Bellocchio, Alba Rohrwacher, Lidiya Liberman. Fotografía: Daniele Ciprì. Música: Carlo Crivelli. Edición: Francesca Calvelli y Claudio Misantoni. Diseño de producción: Andrea Castorina. Duración: 108 minutos.

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