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Cuando recibí la invitación de Subjetiva, nunca pensé que me llevaría tanto escribir estas líneas. Sin embargo, a poco de comenzar, fue notorio que no me resultaba sencillo. Comencé a publicar crítica de cine a fines de la década de los noventa y lo hice hasta 2013. Me retiré de la actividad y de Fipresci. Dediqué a ese empeño unos quince años y el resultado fue un estrepitoso fracaso. En lo que sigue, intentaré explicar qué es la crítica para mí, pero en función de lo dicho –el que avisa no es traidor–, quienes deseen un futuro en el medio harán bien en entender exactamente lo contrario.

La crítica de cualquier cosa, desde una película hasta un encuentro sentimental, tendría que partir siempre del desconcierto, no del saber. Las reseñas interesantes no son aquellas que explican cosas con tono más o menos didáctico, de maestra, sino las que se hacen preguntas. No se trata de levantar juicio sumario, sino de entender la perplejidad, sea positiva o negativa, que esa película nos produce e incluso por qué nos genera esa reacción. ¿Qué circunstancias de la historia del cine y de las condiciones del presente hacen que yo disfrute u odie esto que estoy viendo?

El crítico que no se hace preguntas está condenado a dos actitudes infantiles: el bullying, que se ríe de la “película mala” como un matoncito en el patio del recreo, y la porrista anfetaminosa, que se dedica a poner por los aires la joya absoluta e indiscutida. Desde luego, existe la coartada de hacerle bullying a la que todos celebran o convertirse en porrista de aquello que todos maltratan, pero no es más que una variante adolescente de lo anterior. Su variante gerontológica, por otro lado, es el regodeo en la constante e interminable confección de listas.

El problema acaso radique en la idea de quién es ese “yo” al que la película interpela. El crítico que se sienta a escribir y cree muy interesante comunicarnos sus emociones y sentimientos es irrelevante, aunque pueda entretenernos con una escritura irónica, astuta o incluso emotiva. Que a Pepito Pérez le vuele la cabeza Apichatpong Weerasethakul no es más interesante que el hecho de a Johnson lo mime su mamá o que Fidel Castro asee su moño. Salvo que Pepito Pérez entienda que no se trata de él (o ella), sino que ese “yo” que se pregunta “¿por qué me gusta esta película?” es en realidad la intersección de una serie de condiciones sociales y de saberes (a fin de cuentas, nadie es por demás original en aquello que le gusta).

El crítico no es una persona excepcional. Casi convendría lo contrario. Pero sí es necesario que sea un especialista. Hablar del desconcierto y de la no erudición no supone defender una crítica del gusto. Cuando no se ha visto demasiado, es posible que cualquier cosa deslumbre o incluso no estar preparado para decodificar la verdadera audacia y reaccionar de manera negativa. O hacer preguntas poco interesantes, del estilo “¿es bondadoso el director en su representación de los personajes?” El saber (y en esto no entran solo las películas sino también las ideas, que suelen pastar en libros) es aquello que permite hacerse preguntas interesantes sobre las películas.

Desde luego, como se ha dicho, es probable que todo esto no sea más que una apurada hoja de ruta para el fracaso. En las condiciones del presente, plagadas por la lógica del impacto rápido y la velocidad, es dudoso que exista lugar para la crítica en el sentido expuesto. Lo dejo a su criterio.

*Periodista, traductor y docente. Publicó en diversos medios argentinos y del exterior. Es autor de las novelas Los restos mortales (Norma, 2010) y El derecho de las bestias (Interzona, 2015), y del volumen de relatos Cuando fuimos grandes (Alción, 2014).

 

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