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Totó, el protagonista de Milagro en Milán (Victorio de Sicca, 1950) fue encontrado en un huerto, siendo un bebe y la anciana, quién lo criara con a su propio hijo, morirá antes que el pequeño huérfano llegué a la adolescencia. Por lo que Totó quedará definitivamente desprotegido. Antes de ser llevado a un orfanato, acompañará el cortejo fúnebre. Y es aquí donde De Sicca, quien escribió el guión junto al inmenso Cesare Zavattini, aprovecha a desplegar todo el dramatismo que lo haría celebre junto a otras dos películas que hablaran de la posguerra y conformaran la célebre trilogía neorrealista: Ladrón de bicicletas (1948) y Humberto D (1952) .

Sin temor a ser llamado sensiblero y efectista, De Sicca pondrá a caminar Totó detrás del humilde carromato, que transita solitario por las lluviosas, desiertas y pobres calles de Milán. Arrastrado por un solo caballo, el mínimo cortejo fúnebre hará detener brevemente la vida de la ciudad, que continua sin reparar demasiado en la imagen del niño caminando solitario detrás del catafalco.

Totó, entre la vergüenza y la tristeza, observa curioso la ciudad ausente más desamparado que nunca. El niño lleva la vista fija en el coche fúnebre que lleva a la única persona que le dio cariño en su vida, al tiempo que lucha contra el llanto contenido.

De pronto alguien llega corriendo y se incorpora repentinamente al cortejo y respetuosamente se quita el sombrero y solemne marcha junto al niño, la ilusión de Totó, por sentirse acompañado en ese momento, durará tan solo un instante, el nuevo “procesante” no es más que un ladrón que escapa de la policía e intenta disimularse intentado parecer un deudo más. Apenas los dos carabineros se dan por vencidos en la búsqueda de su perseguido, el delincuente deja el cortejo, abandona sin explicaciones al pequeño Totó.

De Sicca conforma entonces una de las imágenes más emblemática, yo no solo de su cine, sino del cine universal, la cámara queda fija, mirando cómo se aleja el cortejo, conformado por un niño todavía mucho más solo, ese niño que no dejamos de ser todos.

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