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El famoso festival de cine y su décima edición. 1957, año en el que los míticos redactores de Cahiers du Cinema ya estaban sacando la cámara a la calle mientras escribían sus últimas notas en la revista y antes de conformar ese corpus irrepetible que se llamaría “Nouvelle Vague”

Durante ese año, André Bazin escribe una nota editorial tratando de contener cierto dogmatismo de sus discípulos (Jean-Luc Godard, François Truffaut, Jacques Rivette, Claude Chabrol, Éric Rohmer), construido desde que un joven con solo 22 años publicara en la revista “Sobre una cierta tendencia del cine francés”, un artículo que dinamitó el análisis y la teoría, provocando alabanzas y odios en dosis similares.

Truffaut redacta aquel texto y provoca un sismo sin retorno en el cine prestigioso de su país, denostando a cineastas consagrados como Yves Allegret, Claude Autant Lara y Christian Jacque y erigiendo en autores a directores como Jacques Tati, Jacques Becker y Abel Gance y sus amados Renoir y Bresson, entre otros.

En ese año 57, Godard y Rohmer presentan cortos, Chabrol se entera que su primera esposa mujer cobra una herencia y que buena parte del dinero se invertirá en El bello Sergio, su opera prima y, seguramente, Rivette, ya andaba planificando París nos pertenece, que recién estrenaría cuatro años más después. En noviembre, por si fuera poco, empezarían las exhibiciones de Les mistons (Los mocosos), el extraordinario corto de Truffaut.

Pero el joven crítico aun concurría a festivales de cine como cronista acreditado.

La foto exhibe un par de aspectos curiosos. Primero, el medio de prensa que acredita a Truffaut: “Arts”, revista en donde el futuro director también había publicado notas, críticas y análisis de películas antes de su arribo a Cahiers. Curiosidad, entonces, que el provocador Francois estuviera en aquel Cannes sin la protección de “la chapa” cahierista.

En segunda instancia, la foto de Truffaut: flaco, desgarbado, rostro anguloso, corbata, saco, mirada adusta y rígida, casi en actitud de desconfianza, o tal vez, intuyendo que sería una de sus últimas incursiones como crítico en un evento tan fastuoso como Cannes.

El festival duró ¡2 semanas! (del 2 al 17 de mayo) y en la competencia oficial participaron ¡31 películas! El presidente del jurado (¡11 integrantes!) fue el escritor católico André Maurois y, junto a él, estuvieron Jean Cocteau, Michael Powell, George Stevens, la actriz Dolores del Río y Marcel Pagnol, entre otros. La Palma de Oro la obtuvo La gran tentación de William Wyler (cineasta altamente discutido en las páginas de Cahiers) en una programación competitiva en la que participaron El séptimo sello de Bergman, Las noches de Cabiria de Fellini, Don Quijote de Grigori Kozintsev, La casa del ángel de Leopoldo Torre Nilsson, Kanal de Andrzej Wajda, El 41 de Grigori Chujrái y Un condenado a muerte se escapa de Robert Bresson. Como ocurre en cualquier competencia de festivales de cine, no todo resultó interesante: también integraron el largo listado Faustina de Sáenz de Heredia y Guendalina de Alberto Latuada. Fuera de la oficial, el evento se inició con La vuelta al mundo en 80 días de Michael Anderson (¡ahhh!), el premio especial del jurado lo compartieron los films de Bergman y Wajda, Giulietta Massina ganó la palma como mejor actriz por la cálida prostituta Cabiria y Bresson fue el director elegido por el numeroso jurado.

CFF57posterSe desconoce si Truffaut concurrió a algún coctel para la prensa o si tuvo tiempo de hablar con Cocteau sobre el andar del festival. También, si la pasó mal o se fue conforme de Cannes con los premios y las películas de la competencia.

Pero un punto queda claro en relación al tema: dos años después volvería a Cannes junto a un chico que haría historia como actor. Las fotos de aquel evento de 1959 mostrarían a ambos felices con el premio al mejor director por Los cuatrocientos golpes. Cahiers, en tanto, enviaría a Godard para cubrir el festival y, con su estilo habitual, destrozaría a Orfeo negro de Marcel Camus, que ganó el premio principal, defendiendo con los tapones de punta a su amigo Truffaut por el inicio de la saga de Antoine Doinel. Pero esa es otra historia.

Cannes 1957, en tanto, dejaría una credencial de prensa para el recuerdo del cinéfilo.

Acaso la mirada de Truffaut en la foto ya no estaba tan pendiente de las imágenes de otros, sino por intuir en dónde colocar su cámara y así seguir a los chicos de Los cuatrocientos golpes, quienes dejarían en ridículo a su profesor de gimnasia por las calles de aquel París en blanco y negro.

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