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Vengo de Karpatos -que no es lo mismo que los Cárpatos-, una fábrica de valijas, bolsos y portafolios, que para aumentar la confusión, no está ubicada en Europa Oriental como los famosos montes, sino en el barrio de Almagro. Entonces nací porteña, una valija como tantas, hecha hace unos once años con materiales del montón, mitad de tabla, ni muy muy ni tan tan, “Doble Hilado de Nylon ART 8550”, el modelo sigue en catálogo con alguna mejora. Sabiendo mis orígenes y sobre todo de qué estoy hecha, imaginé desde el vamos un destino de cabotaje, Gesell, San Bernardo, Mar del Plata, tal vez alguna escapadita al Norte y pará de contar.
valija1Lo cierto es que un día en el local de Barrio Norte, cuando esperaba salir al mundo, apareció un gordito de anteojos, morocho, un tanto neurótico y apurado que me compró sin vacilar, ni factura pidió. Me arrastró a un departamento alquilado, lindo, grande, y especulo, tal vez un poco demasiado para sus ingresos y los de su esposa, una colorada con pinta de brava.

Y ahí arrancamos nuestra relación, de a poco, confirmando mi destino de Costa Atlántica, lo que me imaginé cuando salí de fábrica. Vacaciones esforzadas de clase media en enero en Pinamar, otra vez en marzo para Pantalla Pinamar -el ñato es crítico de cine y periodista, no me queda claro cuál es la diferencia-, Mendoza, San Juan, Mar del Plata -por sendos festivales de cine-, Córdoba, Misiones por notas varias, El Calafate y Ushuaia un par de veces -coberturas de turismo había enganchado, ahí lo empecé a respetar- y así, siempre cargada innecesariamente con ropa que el gordito ni usaba.

valija5Un día me tocó ser internacional, fuimos a Israel y la verdad es que me dio orgullo el morochón, no daba dos mangos por él y el tipo estaba paseando en la Franja de Gaza, por Jerusalen, por Sderot, dando charlas como si supiera. Después crucé la Cordillera un par de veces y el clima de Valparaiso me renovó, sobre todo porque viajó la familia y los sentí relajados -la hija look pelo negro azabache no fue ni por casualidad-. Bolivia, Uruguay y alguna provincia que se me escapa también fueron buenas experiencias.

A esta altura ya había comprobado que los golpes no son exclusivos de los micros de larga distancia sino que los aeropuertos son el peor peligro: cintas de montaje letales, depósitos oscuros e interminables y claro, los “maleteros”, esos muchachotes fuertes y un tanto desamorados de su trabajo, que te revolean sin asco.

valija6Y un día el gordito vino agitado, lo escuché desde el armario donde descanso la mayor parte del año, le había salido un viaje a Cannes. ¡A Cannes! Yo la verdad es que estaba asombrada, había aprendido a quererlo pero creía que la nafta no le daba para tanto. Y aunque ya tenía unos años (él y yo) y tanto los cierres como las divisiones internas empezaban a dar muestras de fatiga, me propuse mostrar mi mejor forma, no traerle disgustos en lo que entendí, era un viaje y sobre todo a un festival al que quería ir desde que el tipo era un pendejo y veía películas como loco en el cine Helios de El Palomar. Y allí fuimos, con la indumentaria de siempre más alguna camisita nueva y el infaltable saco de los festivales, a la Côte d’Azur. La verdad que fue tenso, el gordito quería hacer todo, laburar, conocer, salir, todo, lo sentí desbordado aunque eso sí, con una sonrisa casi permanente.

valija3Con ese viaje me dije “ya estoy hecha, tengo mis años y creo que cumplí un buen servicio”, pensé, pero no. Hubo varias coberturas más -así hablamos los periodistas, ja-, viajes de cabotaje, una visita rápida al DF que no me gustó ni medio y también en México, la Cumbre del G-20 de Los Cabos, en donde casi me derrito por el calor del desierto de la Baja California. Hasta que llegó San Sebastián y Biarritz, no España y Francia, porque el gordito no habla de destinos sino de festivales. Y ahí cruzamos el Atlántico otra vez, entusiasmados, yo bastante baqueteada pero entera y el que te dije, más grande pero con un alto nivel de energía y para qué negarlo, con el estrés por las nubes.

Ahí me di cuenta que era el viaje justo para el muchacho, vi que se manejaba como si hubiera nacido en el país vasco (español o francés, sin distinciones), inexplicablemente le caía bien a la gente. Y empezamos a ir todos los años, lo que me hizo pensar en cuánto me quedaba de vida útil, porque el gordito es un desaforado y no dedica ni un nanosegundo a pensar en esas cosas. Fuimos, fuimos y fuimos a las europas hasta que pasó lo que tenía que pasar.

valija4Partimos de San Sebastián hacia Madrid, una vez allí la conexión Madrid-Londres de British Airways se retrasó y llegamos tarde a la siguiente, la que nos iba a llevar a Buenos Aires. Nos separaron las circunstancias, los vuelos, una tragedia de baja intensidad pero tragedia al fin para nuestra relación, que no voy a a decir que desborda de pasión, pero sí cuidado por el otro, complicidades varias, años. Mientras el gordito luchaba por volver a casa -¿qué hacíamos en Londres? y lo sé, se imaginaba como el Viktor Navorski de Spielberg en La Terminal (nada que ver, obvio), nos separaron y a mi me despacharon otra vez a Madrid.

Allí, a los golpes con otras valijas perdidas, extraviadas (¿es necesario aclarar nosotras no fuimos a ningún lado, fueron las aerolíneas las que nos habían extraviado?) pasamos derechito a un galpón. Cada tanto venían los muchachotes de siempre -que son más o menos parecidos en todos los aeropuertos- y mirando una lista grasosa, iban sacando a algunas y ni tiempo nos daban para despedirnos. La incertidumbre era total, las que quedábamos no sabíamos a dónde iban las elegidas ni cuál sería su suerte. Pasaron unos días que me parecieron una eternidad y al final llegó un operario que me puso uno de esos precintos de plástico junto al candadito que tenía por toda seguridad y me sacó del montón, otro traslado pero esta vez letal, en un revoleo me rompieron la parte rígida, una rajadura considerable. Me subieron a un avión de Alitalia y me esperancé, “regreso a la Argentina” pensé, pero no, fui a otro depósito pero esta vez en Roma, más exactamente en el aeropuerto de Fiumicino.

No lo voy a negar, allí esperé aterrorizada, llena de ropa sucia, con apenas un par de regalitos -los tiempos de abundancia aparentemente habían pasado-, papeles de trabajo y en el neceser gris de siempre con alguna pastillita que yo sabía que el gordito necesitaba, porque apenas hace eso, no se cuida ni un poco. Y como es re manija, sabía que se estaba haciendo una mala sangre importante, vaya a saber en qué lugar, capaz que ni había llegado a Villa Crespo. Ah, eso, nos mudamos hace un año, un lindo PH, hay que hacerle unos cuantos arreglos, que el señor no tiene ni la habilidad ni la paciencia para encarar.

valija2Finalmente llegué, cinco días después que él, fueron unos cuantos aviones e infinidad de traslados por los laberintos de varios aeropuertos. La cara del hijo del gordito cuando vio los regalos fue un gran momento, la Colorada y la hija -ahora con el pelo blanco- también estaban contentas. Ya estábamos todos en casa.

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