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Parece que Bruno Dumont, uno de los cineastas más relevantes surgidos de Francia en los últimos años, modificó su rictus grave, su seriedad frente al mundo, el áspero nihilismo que transmitía su obra, por lo menos, hasta la inclusión de la maravillosa y triste Camille Claudel 1915 (2013).

Ocurre que sus películas se afirmaban en una puesta en escena seca y contemplativa, refractaria a los planos bonitos, con tramas personificadas por criaturas ajenas a lo convencional: La vida de Jesús, La humanidad, Fuera de Satán y Hadewijch, entre otras, conforman de manera merecida esa obra celebrada en festivales y elogiada por la crítica especializada.

Pero el quiebre surgiría con las cuatro horas en formato miniserie de P’tit Quinquin (2014), primera incursión del director en la comedia, pero tomando ejes genéricos –como era de esperar- ajenos al discurso habitual.

La bahía duplica aquella apuesta, cruza géneros con placer, dispara ideas sobre las clases sociales de principios del siglo XX y varía de tono de una escena a otra sin culpa alguna. El paisaje geográfico se aleja de la postal turística para describir a dos familias, una sumergida en una nobleza decadente, chillona y vulgar, la otra, en oposición, sobreviviendo a través de particulares labores, cadáveres de por medio.

En ese marco surgirá un amor entre el chico de clase baja, Ma Loute (título original del film) y una chica que pertenece a esa burguesía torpe y eufórica, o en todo caso, una chica a la que le gusta vestirse de chico o un sujeto andrógino al que su madre no sabe cómo dirigirse en referencia a la sexualidad.

bahiaPero hay más: dos investigadores, remedos de Stan Laurel y Oliver Hardy, dispuestos a averiguar el porqué en esa geografía se producen desapariciones, chistes físicos que recuerdan al cine mudo (por ejemplo, el policía obeso, para llegar a la playa, baja… rodando), apelaciones al trazo grueso para diseccionar a unos personajes observados por el cineasta desde una mirada misantrópica, retazos genéricos que varían en forma y en contenido, provocando más de una sorpresa en el espectador.

Esa combinación de tonos, atmósferas, climas, gente que levita o vuela por los aires, personajes que caminan para atrás, lectura social sin subrayados y una pareja de jóvenes “freaks” que trata de alejarse de ese mundo invadido por el delirio, encuentra sus mejores momentos en el rasgo impensado, en el libre albedrío que Dumont propone desde escenas surreales, que bordean o superan al absurdo y que recuerdan a los últimos exponentes cinematográficos de Otar Iosseliani (Jardines de otoño, 2006) o a aquellos de la dupla de directores belgas Benoit Delépine y Gustave Kervern (Mammuth, 2010, con Gérard Depardieu)

Pero, además, La bahía cuenta con un plus: tres grandes actores-estrellas (Juliette Binoche, Fabrice Luchini, Valeria Bruni Tedeschi), construyendo personajes fuera de lo habitual en un registro caricaturesco, exagerado, como si encarnaran a otros de comienzos del siglo XX, como si los de Muerte en Venecia de Visconti o Gritos y susurros de Bergman hubiesen sido mutados a una clave demencial, con diez o veinte tonos más arriba de lo permitido por un canon actoral.

Dumont confió en ellos para jugársela a todo o nada con un extraño film que tendrá sus defensores, pero también, sus furiosos detractores.

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La bahía (Ma Loute). Francia/Alemania, 2016.
Dirección y guión: Bruno Dumont. Fotografía: Guillaume Deffontaines. Edición: Basile Belkhiri. Diseño de producción: Riton Dupire-Clément. Con: Fabrice Luchini, Juliette Binoche, Valeria Bruni Tedeschi, Jean-Luc Vincent, Brandon Lavieville, Didier Després, Cyril Rigaux, Laura Dupré. Duración: 122 minutos. Distribuidora: Alfa Films.

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