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Cuando un film de la República Checa llega a las carteleras locales no nos deja más opción que ir a comprar una entrada y evaluar después si tal impulso valió la pena. Por suerte, Zaneta resulta ser un film que puede llegar a contrariar al espectador pero de ninguna manera produce decepción o una falsa expectativa. Su director y guionista, Petr Václav, nos ofrece una construcción impecable sin ninguna pretensión de espectacularidad al tiempo que deja entrever su larga trayectoria como documentalista y su gusto por un cine que siempre apostó a la experiencia, es decir, por el cine moderno.

Zaneta resulta ser un film ficcional con actores no profesionales y, exceptuando los principales, sus personajes hacen de sí mismos, tal como sucede con la asistente social, el médico, y otros que se desplazan en esa delgada línea que separa a los ciudadanos de aquellos que no acceden a ese estatuto social mínimo. Sin embargo, no es la presencia o la intromisión de lo real lo que nos permite afirmar que el film hace uso de lo documental sin ser en sí un documental. Por supuesto este gesto hace su aporte pero el artilugio estético no es más que una estrategia narrativa que Václav necesita para mantener la distancia y la cercanía justa respecto de un tema difícil y conflictivo de su tierra natal, pero que por otro lado no le pertenece del todo.

Zaneta y David son un pareja de gitanos rumanos, padres de una pequeña niña. Alrededor de estos tres personajes giran varios más, todos ellos familiares que van configurando un árbol genealógico maldito en el que, generación tras generación, la idea de una salida posible se torna inviable. Al igual que muchos de igual origen, Zaneta lucha por forjar un destino diferente al que parece tener asignado pero las diversas complicaciones surgidas por la falta de trabajo y dinero diezman la energía de la protagonista.

Petr Václav se niega a exhibir el esplendor y los castillos de Praga y podríamos decir que pocas veces la cámara hace un giro de 180 grados para mostrarnos cómo es ese pueblo rubio que observa de manera aguda al otro de manera amenazante. Dos o tres gestos le resultan suficientes al realizador para construir la hostilidad y el racismo desde el espacio del marginado. Václav se acerca y muestra la diferencia cultural sin establecer juicios de valor sobre ella pero sí puntualizando las consecuencias que la intolerancia de esa diferencia producen en una etnia que cada día parece menos integrada a la comunidad. Incluso, podría arriesgarse que la entrada al sistema capitalista ha profundizado tal fragmentación social.

Un film sencillo, amargo y reflexivo que claramente retoma gran parte de la estética de la modernidad cinematográfica. Podría perfectamente ser una versión “emigrada” y contemporánea del De Sica de Ladrón de bicicletas (1948), luego de pasar por el tamiz de Feos, sucios y malos (1976) -aunque solo la fealdad tomaría de Scola- para llegar a la contemporaneidad del marginado inmigrante de los Dardenne. Zaneta entabla más diálogos de los que uno creería a simple vista, solo viable de la mano de un exiliado en Francia que logra en un pequeño film hacer de lo individual algo global y convertir una estética en un modo ético local. Porque la modernidad cinematográfica no conoce de fronteras ni nacionalidades a la hora de hablar de lo que no puede ser franqueado.

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Cesta Ven. República Checa /Francia, 2014.
Dirección: Petr Václav. Guión: Petr Václav. Fotografía: Stepán Kucera. Montaje: Florent Mageot Intérpretes: Klaudia Dudorá, David Istok, Natálie Hlavácová, Mária Ferencová. Duración: 103 minutos.

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