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Afines de octubre, en una de esas mesas redondas que se organizan en los festivales de cine llegó el momento de la temida pregunta sobre la importancia de la crítica. En la mesa de tres personas yo era el único crítico (los otros eran un productor y un distribuidor, mexicanos ambos) y sentí que me correspondía a mí responder la pregunta, aunque en realidad estaba más interesado en escuchar las respuesta de mis compañeros. ¿Por qué? Los críticos nos hemos inventado un sistema para responder a estas preguntas que suele ser, con pequeñas diferencias, casi siempre el mismo: los críticos cada vez tenemos menos influencia frente a la enormidad del aparato publicitario de los grandes estrenos y nuestras opiniones sólo pueden tener, con suerte, una mínima influencia en las películas más pequeñas (de arte, autor, locales, etc) que se estrenan casi sin difusión. Tal vez ellos tenían algo más original para decir.

La nuestra no es una respuesta mentirosa, pero no es completamente cierta tampoco. Tengo la impresión que habría que empezar a reformularla y esa reformulación debe incluir una reevaluación de la situación actual de la crítica. Parto de esta idea: cuando hablamos de cine ya no hablamos más de películas que se estrenan los jueves en las salas sino de otra cosa. Sí, el sistema sigue funcionando y es el que sigue haciendo girar la rueda comercial del cine. Allí se estrenan cada vez menos películas a las que la crítica puede “afectar”, para bien o para mal. Dominada la cartelera por los grandes estrenos, los críticos sólo podemos lanzar nuestros gruñidos habituales que serán ignorados por los “Batman vs. Superman” de turno (o nuestros aplausos, que serán igualmente pasados por alto), debido no sólo al peso publicitario sino al manejo mediático y a la existencia de un fuerte grupo de fans, entre los que se cuentan también varios que dicen pertenecer al mundo de la crítica pero a los que les cuesta muchísimo separar las tareas.

Pero el cine, el audiovisual, dejó hace mucho tiempo de pertenecer sólo al ámbito del estreno semanal en salas. Ya superadas las etapas del video y DVD hogareños, hoy lo cinematográfico es una enorme nube de gigabytes esparcidas por quién sabe dónde. Ante una distribución tímida y que va a lo seguro, la cinefilia se las ha arreglado para sostener e incrementar sus hábitos de consumo en ese “gran más allá” que es el consumo digital, legal o no tanto. Y creo que ahí, en ese inmanejable y poco formateado sistema de películas que planean por el ciberespacio, es donde la crítica debe reencontrar su lugar, hacer un trabajo de “curaduría”, de comentario, de preselección, de ayuda-memoria si se quiere.

Es tanto, tan vasto y tan inmanejable el material que circula que el rol del crítico en este nuevo esquema puede ayudar, y mucho, a encontrar perlas perdidas en las profundidades de Netflix (no muchas) o similares, permitiendo a los espectadores no necesariamente guiarse por los algoritmos de las compañías. Si bien la crítica tuvo siempre la tarea de encontrar la aguja en el pajar, la moneda que brilla en medio de los residuos, en estos momentos el panorama es tan amplio e incontrolable que esa tarea se vuelve aún más necesaria que decir cuáles dos de los siete estrenos son más o menos pasables.

Después, obviamente, quedará en el talento, el gusto y la prosa del crítico su posibilidad de ser escuchado, leído y que sus recomendaciones sean atendidas. Gran parte de la crítica millennial –la que mejor adaptada está a estos nuevos sistemas– debería ser la que tire del carro, la que fuerce al público y a los críticos más perezosos o cómodos a mirar detrás de lo que se ofrece en cartelera. Pero no siempre pasa eso. Enceguecidos por los brillos de Marvel y similares, muchos prefieren no ver más allá, tal vez por haber crecido en esta época y no ser del todo conscientes de lo que se están perdiendo por concentrarse en veinte grandes películas por año. No es su culpa: el mercado los crío en la concentración más extrema.

Los que somos un poco más veteranos tratamos de hacer lo posible por tirar de ese carro, por hacerles ver a nuestros lectores todo lo que hay más allá de los estrenos de los jueves: en los recovecos de internet, escondidos en medio de 700 canales de cable o en otro tipo de sitios de cines nacionales tipo Odeon, Retina Latina o similares. Pero hace falta que más críticos de las nuevas generaciones se abran a los nichos que el mercado ofrece y dejen de seguir rutinariamente el estreno semanal como el principio y el fin de todo.

Hay otro cine ahí fuera. Y no me refiero necesariamente a las más oscuras películas festivaleras (aunque esas también merecen ser atendidas y no sólo durante el BAFICI o el Festival de Mar del Plata) sino a todo ese cine que, un par de décadas atrás, era parte de nuestra cartelera y hoy ya no se ve en salas. Pero está. Y es la labor de la crítica encontrarlo, analizarlo, “curarlo” y ofrecerlo como opción al público. Después podemos discutir las formas, los cómos y los porqués, pero lo importante es que ese cine está y que nuestra labor –si quiere seguir teniendo al menos un poco de relevancia– debería ser poner el ojo ahí.

*Periodista, crítico de cine, programador de festivales, profesor universitario. Se lo puede leer en Micropsia, OtrosCines, RetinaLatina, Los Inrocks y en La Agenda.

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