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Docu ficción, falso documental, El futuro perfecto juega con las cuestiones de la identidad desde la convicción que el desarraigo puede abordarse desde la comedia triste, agridulce y a pesar de que en muchos momentos recurre al artificio, puede tener una alta cuota de verdad.

La protagonistas en Xiaobin, una chica de 18 años china que llega a Buenos Aires y claro, tiene que acomodarse a otra cultura pero sobre todo, tiene que sortear la barrera idiomática. Para eso Xiaobin empieza a trabajar en un supermercado -le dicen que es la mejor manera de aprender el idioma, que entre quesos, salamines y jamón cocido va a entender lo necesario-, pero la echan porque verdaderamente no entiende nada. Y allí recurre a las clases de castellano, en donde dificultosamente se le abre un mundo ajeno. Y en paralelo, la puesta sienta a la protagonista a contestar preguntas sobre qué significa vivir en otro país. Y también hay un amor en progreso con otro inmigrante, un programador indio, que da lugar a múltiples posibilidades de desarrollo y que la afiebrada imaginación Xiaobin, como en un juego de elige tu propia aventura, va planteándose.

La comedia, la autoconciencia de la puesta y el hilo narrativo que no deja de enrularse, con diálogos robóticos y manejo de las situaciones que por caso, tienen como referencia el cine de Martín Rejtman, El futuro perfecto es agradable, simpática y llena de recursos, aunque tal vez la competencia internacional no es el mejor espacio para mostrarla.

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