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Sobre el final del Festival de Cine de Mar del Plata, cerrando casi la Competencia internacional, se ofreció hoy la película Scarred Hearts, otra gran maravilla rumana.

Basada en la historia del poeta Max Blecher quien padeció de tuberculosis de la columna vertebral Radu Jude toma este relato, ambientado en la década del 30 y lo hace propio a través de una puesta en escena que de tan distanciada se vuele íntima. Filmada con planos generales, encuadres finísimos que retratan la posición horizontal de los personajes y una luz entre cálida y mortecina, los días de ese paciente en una casa de descanso suceden entre enfermeros, médicos y pacientes.

Como el revés de trama de La montaña mágica, la magistral novela de Thomas Mann de los años 20, esos hombres y esas mujeres, enfermos, tullidos, enyesados se dan el tiempo para reflexionar sobre política, sobre filosofía y también para mantener entre ellos escenas sexuales. El enfermo, Emanuel, que aprende a ver la vida en posición horizontal en su caparazón de yeso; sale a pasear, lo llevan al mar, forma parte de una fiesta, tiene sexo y esas escenas son filmadas con la misma precisión quirúrgica con que se filman las consultas médicas, la extracción de pus, las radiografías. La relación con los médicos es uno de los modos de la sobrevivencia, la amabilidad y el cuidado extremo está puesto tanto en la composición de esos personajes entrañables como en el manejo de la cámara.

Sobre el final, una escena conmueve, al protagonista lo visita un ratón. La amorosidad y la compasión se hacen evidentes, ése es el contacto con la vida, con la realidad, con la humanidad que la película sostiene con maestría hasta el final. Esos corazones están tan heridos como sus columnas vertebrales, tan solitarios, tan enfermos.

El cine rumano, evidentemente, es una de las mejores apuestas que el presente cinematográfico nos brinda. Solo hace falta estar atentos.

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