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Segunda película de Roberto Andó que se estrena por acá, luego de la verborrágica y poco sutil Viva la libertá (2013), la historia, la elección de puesta en escena, la forma en que se transmite el discurso y las intenciones ideológicas (léase “mensaje”) que propone el film la acerca al opus anterior. Más aun, Le confessioni estimula su postura de película que pretende describir al mundo desde una cosmovisión económica y global, agrupando sus intenciones en algo más de una hora y media para que el espectador apruebe cada uno de los conceptos teóricos, pero también banales, que expresa la historia.

Una historia que se instala en la reunión de ministros de economía en un paradisíaco lugar en Alemania, con el director del FMI (Daniel Auteuil) y tres invitados ajenos (o no) al centro operativo del relato: una exitosa escritora de textos infantiles (interpretada por Connie Nielsen, en clara alusión a J. K. Rowling), un star rockero o algo parecido (personaje “clisé” sin vueltas) y un tal Roberto Salus, monje italiano, taciturno, respetuoso de los códigos clericales, aferrado a la tradición, hombre de pocas palabras y gestos. Un rol que encaja a la perfección para un actor como Toni Servillo, el mismo de Il divo, La bella addormentata de Marco Bellocchio, la citada Viva la libertá, pero más que nada, el protagonista de La grande belleza (2013) de Paolo Sorrentino, un inflado título contemporáneo con mucho del mejor Fellini pero en mesa de saldos o en época de liquidación.

Los primeros treinta minutos de Le confessioni se expresan a través de trama policial donde el Hitchcock de Mi secreto me condena (1952) se fusiona con las primeras preguntas que remiten a un whodunit al estilo Agatha Christie. Ocurre que uno de los invitados a la reunión muere inesperadamente, provocando el desconcierto del resto, las sospechas, las preguntas y el inicio de los interrogatorios.

Hasta acá la película se maneja en los códigos de un policial de investigación, pueril pero atractivo, con ese marco imponente de habitaciones y pasillos lujosos, mostrados por la cámara con placer.

le-confessioniPero se trata de un film de “mensaje”, de obvio mensaje con banqueros, economistas, gente de poder y dinero que decide el destino del mundo. Obviamente que se trata de personajes dignos de rechazo o mínimamente criticables por su arrogancia frente al estado de las cosas. Pero desde allí cobra protagonismo Salus, la palabra y el susurro, el aforismo mezclado de estupidez, el mínimo hecho que desnuda a la banda de millonarios, la sensibilidad clerical por encima del dinero, el discurso franciscano que expresa más que las múltiples reuniones de gente aborrecible.

Andó maneja con delicadeza algunas escenas ajenas al clérigo protagonista, tratando de no caer en la obviedad, construyendo un discurso paralelo teñido de cierto cinismo y mordacidad. Pero el contrapeso es muy fuerte y cada una de las apariciones de Salus, reforzadas por los tics de Servillo (ya observados en films anteriores), convergen hacia el discurso unívoco, la voz de la verdad, la apostilla aforística sin contradicciones, el maldito mensaje de vida que decide transmitir el film.

En esos momentos, muchos en el desarrollo de la trama, Le confessioni se convierte en una propuesta que necesita del dedito levantado en tono acusador. Eso sí, en voz baja, al borde del silencio, casi inentendible, eficaz a su manera.

2ojookmedio.jpgLE CONFESSIONI
Le confessioni. Italia/Francia, 2016. Dirección y guión: Roberto Andò. Fotografía: Maurizio Calvesi. Montaje: Clelio Benevento. Vestuario: Maria Rita Barbera. Música: Nicola Piovani. Productor: Angelo Barbagallo. Con: Toni Servillo, Daniel Auteuil, Roman Polanski, Pierfrancesco Favino, Lambert Wilson, Moritz Bleibtreu, Marie-Josée Croze, Stéphane Freiss. Duración: 104 minutos.

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