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Algunas películas arrancan de una premisa muy simple que se puede resumir en pocas líneas. Ideas que a veces apelan al impacto y por eso resultan llamativas y seductoras, aunque el riesgo ahí es que la idea se agote en sí misma y en su formulación ruidosa. En su opera prima el español Héctor Hernández Vicens sortea ese riesgo con gracia y demuestra habilidad para sacarle el jugo a una de esas premisas aparentemente tan simples.

El planteo es el siguiente: Tres amigos jóvenes se reúnen en el hospital donde uno de ellos trabaja como empleado de la morgue para arrancar la previa a la parranda del fin de semana. Pero esa noche y en ese lugar ocurre un hecho que lo convierte en una suerte de polo magnético. Acaba de llegar el cadáver de Anna Fritz, una diva que murió ante circunstancias no aclaradas pero que no dejaron huellas visibles en su cuerpo. Y mientras el resto del país lo duela y no deja de hablar de ella, los tres muchachos disfrutan del raro privilegio de tener ahí ante sus ojos a la estrella que siguió la regla de morir joven y dejar un cadáver bien parecido. Ahí surge la pregunta, primero como broma, “¿y si nos la cogemos?” (“nos al follamos” dicen, claro). Ayudados por el evidente morbo, el desafío de la masculinidad, el uso de estimulantes y una versión desmedida del culto a la personalidad, la propuesta pasa rápidamente del dicho al hecho. Si la situación ya era complicada de por sí, se pone peor cuando en medio de la faena se viene a descubrir que la declaración de defunción fue un poco apresurada y que el cadáver no era tal. Ahora ellos tienen un problema. Y ella tiene otro, no menos grave.

El truco está en que en el preciso instante en que parece que la cosa se agota, surge el elemento (está viva) que dispara la trama hacia adelante. El cadáver de Anna Fritz no es una película de terror, pese al uso de algunos de sus componentes, sino una película de suspenso. Y es a partir de ese momento en que eso se hace más evidente, en ese ¿y ahora qué hacemos? Lo importante entonces pasa a ser el manejo de la tensión (que está muy bien lograda), y la necesidad de no caer en la previsibilidad (que a veces se logra y otras no tanto). La cuestión pasa ahora ya no por la explotación del morbo inherente a la propuesta sino la puesta en marcha de un mecanismo que tiene que ser (y por suerte es) preciso.

Otro punto a favor es la capacidad de alternar naturalmente con el punto de vista y, a la vez, con las identificaciones. Todos tienen algo que perder. Ellos ven la posibilidad de que, al descubrirse su acto monstruoso, su vida se arruine para siempre. Ella, en su indefensión, comprende con obvio terror la posibilidad cierta de que su segunda oportunidad de vivir dure lo que un suspiro.

Se trata de una película a pequeña escala, de esas que se suelen llamar minimalistas. Duración acotada, cuatro personajes, un solo lugar y un espacio de tiempo limitado. Hernández Vicens plantea el tablero y mueve las fichas con habilidad. Y es con esa economía de recursos que construye un relato conciso y atrapante.

EL CADÁVER DE ANNA FRITZ
El cadáver de Anna Fritz. España. 2015.
Dirección: Hèctor Hernández Vicens. Intérpretes: Alba Ribas, Cristian Valencia, Bernat Saumell, Albert Carbó. Guión: Hèctor Hernández Vicens, Isaac P. Creus. Fotografía: Ricard Canyellas. Edición: Alberto Bernad. Música: Tolo Prats. Duración: 71 minutos.

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