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El cine no ha tenido mucha suerte con los videojuegos. Por lo menos en lo que hace a las adaptaciones. La gran mayoría de los proyectos derivados del algún exponente exitoso del mundo gamer terminaron o en una película fallida o en un fracaso comercial o, por lo general, en ambos. Habría que remontarse a las primeras Resident Evil para ubicar un puñado de películas por lo menos entretenidas, con cierta complejidad, y que hayan sido lo suficientemente exitosas como para justificar una saga que continúa hasta hoy. Es evidente que hay algo que no está funcionando. No hay, sin embargo, señales de que vayan a dejar de intentarlo.

Assassin’s Creed es un videojuego que este año va a cumplir una década de existencia y que en ese lapso produjo unas cuantas versiones. Ahora llega el film que se constituye en la nueva esperanza de formar un matrimonio exitoso entre ambos medios y no parece que la suerte vaya a cambiar de momento. Se trata de un caso parecido al de la reciente Warcraft, donde se contrató a un realizador (Duncan Jones) imaginativo y con un universo propio al que se lo drenó de toda personalidad. En el caso presente, el realizador es el australiano Justin Kurzel, cuyo film anterior, una adaptación del clásico Macbeth, había llamado la atención sobre todo por sus ideas visuales, incluso se le crítico cierto manierismo, pero lo que no podía negársele es una visión y un estilo personal. Suponemos que son estas las cualidades que le valieron el puesto pero, como suele suceder, son las que no le dejaron desplegar del todo.

El film toma la premisa del juego que tiene como trasfondo un antiguo enfrentamiento entre dos sociedades secretas, los Caballeros Templarios y la Secta de los Asesinos, y coloca a su protagonista Callum Lynch (Michael Fassbender) en el medio de esta lucha ya que es el único descendiente de un miembro del bando de los Asesinos (interpretado por el mismo actor). Lynch es rescatado/secuestrado por una corporación que posee un dispositivo, el Animus, que permite a quien se conecte al mismo recuperar su memoria genética reviviendo las experiencias de sus antepasados. Así, nuestro protagonista es periódicamente conectado para viajar en el recuerdo pero con una sensación de total realidad a las luchas de su antepasado en el marco de la España de la Inquisición. Mientras tanto los científicos de la corpo van grabando, observando y buscando pistas para encontrar un objeto, una pieza antigua que posee ciertos conocimientos ancestrales. Es decir, el famoso McGuffin aquí reencarnado como artefacto de poder.

Lo más interesante es esta narración en paralelo entre el presente en la corporación y el pasado revivido que, si bien el protagonista lo vive como presente real, para el relato funciona como flashbacks. Hay como podía esperarse una estética cuidada y preciosista aunque sin llegar al nivel de juego formal que Kunzel mostró en Macbeth. Se nota que el realizador quiere hacer cine antes que traducir rutinariamente las imágenes de piruetas animadas del videojuego, por eso las escenas de acción son un poco más interesantes que la media de este tipo de films.

No vamos a perder el tiempo con el uso un poco chapucero de ciertos elementos históricos, porque estos ya provienen del videojuego, su fuente original, y al fin y al cabo no son más que excusas para situar la acción. Además en un punto uno tiene que saber cuándo resignar rigor para para no arruinar la diversión. Sin embargo hay algo que todavía se resiste. Un tono de gravedad, de impostura, de solemnidad pomposa que funciona como obstáculo. Seguramente esto también es achacable a la fuente original, pero está claro que lo que funciona en un medio puede no hacerlo en otro y lo que puede verse bien en uno puede ser ridículo en el otro dejando al espectador afuera. Eso es un problema repetido y que sigue sin tomarse en cuenta en la traducción. Y es también (o en parte) por eso que hay algo en esta relación de renovada frustración entre videojuegos y cine que sigue sin funcionar.

ASSASSIN’S CREED
Assassin’s Creed. Estados Unidos. 2016.
Dirección: Justin Kurzel. Intérpretes: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Brendan Gleeson, Michael Kenneth Williams, Ariane Labed. Guión: Adam Cooper, Bill Collage, Michael Lesslie. Basado en el videojuego creado por Patrick Désilets, Corey May y Jade Raymond. Fotografía: Adam Arkapaw. Música: Jed Kurzel. Edición: Christopher Tellefsen. Duración: 115 minutos.

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