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El nuevo film de Xavier Dolan (aquí un repaso de su filmografía) es un ensayo sobre la idea de la muerte. Ni más ni menos que eso: hay una muerte fisiológica, que en este caso es anunciada, una muerte de la infancia y la vida que decidimos dejar atrás y otra de los fantasmas que nos acompañan en vida. Casi me atrevería a decir que este es el orden en el que aparecen en el marco de la narración aunque Dolan nunca fue un guionista muy lineal así que estas variaciones del motivo de la muerte muchas veces aparecen solapadas unas con otras.

La muerte anunciada aquí cobra la fisionomía de un viaje al pasado. Louis (Gaspard Ulliel), un renombrado dramaturgo, vuelve a su pueblo natal después de doce años de ausencia. “Hay motivaciones, que no son asunto de nadie, que te obligan a partir sin mirar atrás. Y hay motivaciones que te obligan a volver”, piensa Louis. El partir y el volver como dos paréntesis que demarcan una vida dentro de la vida. El personaje se dice así mismo que necesita volver sobre sus pasos, anunciar su inminente muerte a aquellos que alguna vez fueron su familia pero en realidad solo quiere sostener la ilusión de que es el amo de su vida hasta el final. ¿Acaso Louis puede manipular las partidas y los retornos a su antojo? No realmente. Y eso es lo que su familia va a reprocharle apenas cruce el umbral de ese viejo hogar. La madre, el hermano, la hermana, la cuñada, cada uno tendrá su escena de demanda con Louis.

En Tom en la granja (2013), el personaje interpretado por el mismo Dolan, también realizaba una travesía al pasado. Pero allí Tom opera como el sustituto del muerto, el que habla en su inevitable ausencia. Allí y aquí se trata del hijo gay que retorna, aunque Tom es el fantasma del muerto mientras que Louis es su presencia. Resulta difícil no pensar ambos films de Dolan de manera articulada ya que sus vínculos resultan evidentes para cualquiera que los haya visto. En Tom en la granja el interés era la puesta en escena que requería el standart heterosexual, cuestión que aparecería como “resuelta” en Es solo el fin del mundo: aceptación de la condición homosexual del segundo hijo varón. Sin embargo, esto no evita que el hogar de la infancia aparezca en ambos films como la representación de lo que aniquila y mata lentamente. La madre como el agujero del que hay que escapar, la ausencia de la figura paterna como lo que clama demandas patriarcales y finalmente la idea de la muerte vinculada con nuestro espacio y tiempo de origen; la infancia debe morir. Estas son sin duda las motivaciones “que no son asunto de nadie” de las que habla Louis en la primera escena.

Es solo el fin del mundo fue presentada en Cannes y al igual que sus otros films no recibió grandes elogios, sobre todo de la crítica norteamericana. Puede ser que algunos de los personajes estén un tanto estereotipados en las escenas de discusión colectiva, particularmente el de Vincent Cassel (Antoine). Sin embargo, aún con cierto tono melodramático, el film tiene una belleza inusual y, al igual que todos los films de Dolan, logra un superávit comunicacional con un déficit de recursos de producción. Merece la pena escuchar lo que el film tiene para decir.

ES SOLO EL FIN DEL MUNDO
Juste la Fin du Monde. Canadá/Francia, 2016.
Dirección: Xavier Dolan. Guión: Xavier Dolan. Producción: Patrick Roy. Montaje: Xavier Dolan. Fotografía: André Turpin. Música: Gabriel Yared. Intérpretes: Nathalie Baye, Vincent Cassel, Marion Cotillard, Léa Seydoux, Gaspard Ulliel. Duración: 97 minutos.

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