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Es muy difícil ir a ver sin prejuicios la secuela de Cincuenta sombras de Grey, una película que cultivó nada menos que cinco premios Razzie –los anti-Oscar; ganó por Peor película, Peor guión, Peor actor, Peor actriz y Peor pareja- y que recibió críticas no sólo desde el cine, sino desde sectores que practican el sadomasoquismo –uno de los ejes de la historia- por reflejar situaciones inverosímiles y de abuso que no son propias de esa cultura. Sin embargo, también es cierto que recaudó más de 500 millones de dólares en menos de un mes, por lo que no es llamativo que la tercera adaptación ya se esté preparando para el 2019.

Christian Grey (Jamie Dornan) busca recuperar el amor de Anastasia Steele (Dakota Johnson), pero tras los hechos de Cincuenta Sombras de Grey (2015) ella exige un nuevo acuerdo para poder seguir adelante. Sin embargo, apenas la pareja parece empezar a funcionar, aparecen distintas personas muy dispuestas a frustrar sus planes románticos.

En primer lugar, puede que le cueste un poco a los que no vieron la primera entrega entender la totalidad de lo que pasa, y hay pocas pistas que ayuden. Toda la acción a partir de los hechos de la película anterior parece sin sentido, pero lo que se desarrolla a partir de esta tampoco parece tenerlo.

“Es porno para madres”, dijo Stephen King sobre la saga, y no hay más que darle la razón. Las escenas de sexo no sólo no son sugestivas, sino que hasta el factor “sadomasoquista” es muy inocente.  De hecho, al menos en esta película, parece que la cama es el único lugar donde el Sr. Grey es completamente inofensivo.

Christian Grey es narcisista, manipulador, posesivo y psicópata. No tiene nada de malo tener un personaje así, pero venderlo como “romántico” es más enfermizo que el personaje en sí. Hay críticos que hablan de que hay películas “necesarias” porque reflejan tal o cual situación. Yo no sé si las hay necesarias, pero esta historia muestra que existen las que no sólo no son necesarias, sino que son nocivas. Cualquier persona que confunda lo que pasa entre Christian y Ana con algo similar al amor está en peligro grave de normalizar relaciones enfermas.

Lo peor es que no sólo parecen estar enfermos ellos dos –él un psicópata, ella una inestable que pasa por alto todas las situaciones de abuso-, sino también su entorno. Sólo por dar un ejemplo, la madre de Christian se pasa media película diciéndole a Anastasia lo bien que le hace a su hijo y lo mucho que lo cambia, dándole una enorme responsabilidad –cuando lo que necesita Christian, a todas luces, es un psicólogo-.

Las actuaciones no son especialmente brillantes, pero no puede echarse la culpa a los actores por tener que repetir diálogos y situaciones inverosímiles. El plano artístico es decente en lo visual, pero la música en vez de acompañar muchas veces está un paso adelante y mata la escasa tensión que pudiera haberse generado.

Todo parece indicar, según la autora que dio vida a estos personajes, que con los suficientes billetes y un cuerpo escultural ningún “no” es definitivo y hay piedra libre para decirle a una mujer lo que puede o no puede hacer y encima conseguir que lo ame. En pleno 2017, una película del Medioevo.

CINCUENTA SOMBRAS MÁS OSCURAS
Fifty Shades Darker. Estados Unidos, 2017.
Dirección: James Foley. Guión: Niall Leonard, E.L. James. Intérpretes: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Eric Johnson, Eloise Mumford, Bella Heathcote, Rita Ora, Luke Grimes, Victor Rasuk, Max Martini. Edición: Richard Francis-Bruce. Música: Danny Elfman. Duración: 118 minutos.

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