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Luego de 25 años cerró El Amante / Cine, una revista ineludible a la hora de hablar de la crítica, de batallas culturales y de las polémicas en la cinefilia. Marcela Gamberini habla de lo que significó ser parte de EA para su formación y su vida.Un día, de casualidad, me encontré sobre el escritorio de la oficina donde aún trabajo uno de los primero números de El Amante en su fulgurante negro y amarillo. Ni siquiera recuerdo de quién era. El azar es así, debía de algún modo llegar a mis manos. La hojeé y me sedujo instantáneamente: muchos textos para leer, un papel suave que dejaba que la vista y las manos corrieran a la velocidad de la luz, poca publicidad, buenas fotos. Leí el staff (es lo primero que hago siempre, un toc maniático, como todos los toc, que aún sigo teniendo) y me sonaba uno de aquellos nombres, pero no fue determinante. La empecé a comprar y como todos los amantes del cine me convertí en una lectora consecuente. El cine junto con la literatura me acompañan desde que tengo uso de razón, siempre traté de mantener esos espacios juntos de cruzarlos de hacerlos jugar, de enfrentarlos. Estudié Letras porque en ese entonces, hace muchos muchos años, no había escuelas de cine de nivel universitario o si había eran demasiado lejos para una adolescente recién salida del secundario.

Por eso una de las cosas que más me conquistó de la revista es que, sin ser académica (yo estaba un poco asfixiada con el discurso de la academia) sus notas aún las más pequeñas tenían sustento, buenas argumentaciones, un lenguaje accesible y destilaban seducción; incluso aquellas con las uno no estuviera de acuerdo. Ya dije que conocía un nombre en la redacción, el de Gustavo Noriega, pero no quería molestarlo. Así que un día de 1997 mandé una carta escrita con mi reciente y primera PC a la redacción de Esmeralda y Córdoba. Se publicó en el numero siguiente y era una carta que hacía referencia a Buenos Aires Viceversa y a la nota escrita por Alejandro Ricagno que era mi redactor preferido en ese momento. Un día me llaman por teléfono y me dice la secretaria (¡cómo olvidarte Haydeé!) que los directores querían una nota de prueba, que elija una película y escriba una nota y se las lleve. Nerviosa, con una mezcla de angustia y alegría incomparable, como si se me fuera a jugar la vida en ello la lleve, y a los días me llama Flavia de la Fuente para decirme que estaban preparando un dossier sobre melodrama y que querían que participara. Era mayo de 1998, fue el inicio de mi sana y perversa adicción a la escritura y a la vez había encontrado la manera de conjugar mis dos pasiones; el cine y la escritura. También que mi primer nota haya sido sobre un melodrama, de alguna manera moldeó mi gusto cinematográfico. Y así fue como de pronto estaba los miércoles en las reuniones de sumario que eran felizmente interminables, yo hacía café, Quintín fumaba de cualquier paquete que encontraba a la vista y gesticulaba; Noriega se reía y se desparramaba en la silla; Jorge García buscaba en la videoteca videos que todos tomábamos prestados mientras protestaba; Flavia traía torta que hacía su mamá (la inolvidable Norma); Santiago García era una máquina de hacer chistes y de referencias a las películas que amaba; Alejandro Ricagno fumaba también a borbotones y a veces recitaba y era tan querible, tan adorable; Gustavo Castagna aportaba datos, siempre, como una enciclopedia sin Wikipedia; Silvia Schwarzböck sembraba la charla con toques de academicismo y solía pelearse con Quintín; Leonardo D`Espósito, que era nuevito como yo, apenas hablaba (había que tomar confianza entre ese grupo de gente que de tan heterogénea se homogeneizaba en la misma pasión, el mismo fervor). A lo largo del tiempo llegaron otros, y otros se fueron, como en la vida misma. Algunos no siempre participaban en las reuniones de redacción pero estaban, como el maestro Eduardo Russo. Y la revista se hacía cada vez más grande, más leída, más conocida y el orgullo de ser parte de ese staff aún pervive y vivirá para siempre conmigo. La generosidad del equipo de redacción en esos momentos era infrecuente en el ambiente del cine, como en tantos otros, lamentablemente. Fueron recalando en la revista Diego Brodersen, Javier Porta Fouz, Juan Villegas, Diego Trerotola, Eduardo Rojas, entre otros.

Mientras la revista circulaba y se consumía subrepticiamente, con Javier Porta Fouz, Diego Brodersen y Santiago García dábamos clases en una escuela de cine un tanto dudosa. Ahí fue cuando se nos ocurrió abrir una escuela propia. Recuerdo que en una reunión que tuvimos en mi casa con Noriega, Javier, Diego y Santiago planeamos la apertura, pensamos las primeras materias y soñamos con la escuela que al poco tiempo concretábamos. La Escuela de El Amante era un grupo de gente que aun en los recreos, en el pasillo café de por medio, hablábamos sólo de cine. Volvíamos a reencontrarnos con la pasión, ahora en la cara de cada alumno donde su curiosidad y su necesidad de saberlo todo eran gestos que, en mi larga y variada experiencia como docente, nunca había visto fuera de ese espacio. Pedagógicamente más que transmitir conocimientos inoculábamos a los alumnos nuestras propias experiencias, nuestra estrecha relación con ese objeto inenarrable que es el cine, nuestro entusiasmo. Como docente creo que es una de las pocas cosas que se pueden transmitir, lo demás está en los libros. Y los alumnos fueron integrando el staff y haciéndose amigos entrañables y queridos; mientras el BAFICI – siempre presente en la revista- era ahora dirigido por Quintín y así corrieron los años. El espíritu de la revista era siempre el mismo: confrontar los cánones establecidos, releer películas desde el presente, descubrir nuevos directores, pensar y reflexionar “con” el cine, mostrar su evolución que no siempre es hacia el futuro, generar el conflicto que a la vez suscitaba a la reflexión. En definitiva hablar de cine con responsabilidad, con argumentos sólidos y sobre todo mantener un nivel de escritura donde la seducción, la chanza y la poética estén presentes.

Pasaron 25 años. La revista mutó de formas diversas, la tecnología nos ayudó pero también nos separó un poco, resolvíamos por mail las reuniones de sumario, las tapas cambiaron, los integrantes se reciclaron y cuando se decide pasar a digital algunos nos enojamos porque el papel es eso, papel. Pero el enojo es comprensible, y el amor a la revista pudo más que cualquier otra cuestión. Queríamos salvarla pero no hubo opción y tal vez fue lo correcto (ahora a la distancia y manteniendo el mismo cariño por la revista, por la escuela y por sus integrantes, ahora amigos muy queridos). Sucede que todo y todos cumplimos un ciclo, nada es eterno. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, hemos crecido dentro de la revista, hemos aprendido entre nosotros, nos hemos formado a la vez que hacíamos crítica, asimismo aprendimos como ser docentes y nunca dejamos de aprender de nuestros alumnos, de sus cuestionamientos, de sus diferentes formas de situarnos en zonas de riesgo. Ahora, estamos desperdigados por el mundo de la crítica cultural; El amante abrió puertas. En mi caso, que de eso se trata esta nota (de armar una breve autobiografía desde el sentimiento) me topé con Roger Koza en un bar de El abasto durante un BAFICI; recuerdo que me acerqué un poco tímida, un poco nerviosa y le dije “por fin te conozco” y él me dijo “sé muy bien quien sos y me encantan tus notas”. Reconozco que me temblaron un poco las piernas y el corazón, pero desde entonces escribo para el blog más leído en Latinoamérica y me muero de orgullo.

Ese es el mismo orgullo de haber pertenecido al staff de El Amante que no decae con los años, los amigos encontrados siguen estando ahí, en algún lugar aunque ya no nos veamos tanto. El cariño permanece intacto, como mi agradecimiento a los tres responsables: a la sencilla bonhomía de Noriega, al amistoso cariño de Flavia, a la inteligente tozudez de Quintín, quienes no sólo me aceptaron como integrante de la revista (y como consecuencia de sus propias vidas) sino que aceptaron mi escritura sin nunca cuestionarme o corregirme. La libertad para escribir en esa época era inhallable en otros espacios. Ahora, a la distancia, todavía me sorprendo cuando me encuentro con alguien que me dice “yo te leía siempre”. Si. Fue un espacio de pertenencia, un grupo de privilegiados, un “ejército” como lo escuché una vez decir a Alan Pauls: un grupo que logró que la crítica de cine sea “verdadera crítica”, alejada de modas, independiente de todo: una revista que logró sostenerse en el mercado 25 años (creo que ninguna revista cultural lo ha hecho) con los mismo ideales , con la misma fuerza. Reubicó el cine argentino, diseccionó mitos, se enfrentó con la historia, se retroalimentó con el BAFICI, puso el rostro de los directores argentinos en escena, los mencionó como autores. La respiración de El Amante fue creciendo con cada número deviniendo en un tsunami que cambió para siempre los modos de percepción del cine y a la vez confirmó la poética de una escritura singular. La revista sacudió una zona dormida (como dice María Valdez en su excelente ensayo “Del abuso de las palabras: La crisis de la crítica cinematográfica en la Argentina”) y se ubicó en un espacio vacío que supo llenarlo ganando amigos y enemigos por igual; incluso hasta publicaciones sobre cine que surgieron en contraposición a El Amante enriqueciendo el campo cultural raleado hasta ese momento.

Alguna vez, alguien debería escribir la historia de la revista. Sé que hay muy buenos artículos, incluso tesis sobre El Amante (el artículo citado es una muy buena apertura al tema) pero todos, críticos, lectores, espectadores, investigadores, docentes nos merecemos tener una historia escrita. Si fuera en papel, sería una idea brillante.

Ojalá El Amante vuelva a mutar y aparezcan sus voces, sus espacios simbólicos, sus maneras de pensar y de vivir el cine, que de eso se trata: de fusionar la vida con el cine o el cine con la vida.

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2 Comentarios

  1. Respeto y admiro a El Amante, pero ahora, con la publicación concluida, hay un proceso de mitificación que parece querer convertirla en ”la gran revista cultural del último cuarto de siglo”. Y a veces se cae en imprecisiones, como decir que ninguna revista cultural argentina duró 25 años. Les recuerdo que la revista Sur se editó entre 1931 y 1979: casi medio siglo. Y que en su consejo editorial hubo media docena de Premios Nobel. Y, según académicos europeos, configuró la cultura latinoamericana del siglo XX. Reitero mi admiración por El Amante pero, por respeto a la precisión que siempre tuvo la revista, no caigamos en los excesos a los que nos conducen el entusiasmo y la nostalgia.

  2. Astor: gracias por tu lectura y tu comentario tan preciso. Si, claro Sur tuvo una larga y rica existencia y efectivamente moldeó el campus cultural de la región, dándole una impronta única. Por eso relativicé mi comentario. Quizá deberíamos dejar pasar el tiempo y ver si El amante perdurará en el recuerdo.

    Saludos y gracias nuevamente

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