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Hay escenarios que son lugares habituales del relato gótico. El castillo aislado en la montaña donde habita el amo/dueño/ monstruo es uno de ellos. El asilo o sanatorio donde se tratan extrañas enfermedades del cuerpo o la mente mediante procedimientos originales pero cuestionables es otro. La locación principal de La cura siniestra es una mezcla de todas, lo cual marca de manera inequívoca cuál es su tono y da cuenta además de su vocación compilatoria.

La trama es en realidad bastante simple. Lockhart (Dane DeHaan), un joven ejecutivo ambicioso y despiadado, pero también torturado y solitario, es enviado por la corporación que lo emplea a un misterioso centro de salud en los Alpes suizos donde está internado un CEO de la empresa con la orden de traerlo de regreso. La misión no parece complicada, pero una vez in situ Lockhart se encuentra con la resistencia de la institución y con que un desafortunado ¿accidente? provoca su internación. Una vez como involuntario paciente irá descubriendo los terribles secretos que el lugar encierra.

Se trata más de un thriller o film de suspenso antes que uno de terror, aunque reúne una cantidad bastante respetable de elementos típicos de la narración gótica: el castillo en la montaña, los pueblerinos temerosos, el científico mesiánico que desafía las leyes de la naturaleza, la doncella inocente en peligro, los pasadizos y catacumbas, la idea de un fluido vital y la ciencia que linda con la magia. Aquí es claramente más importante la forma, la estética, la atmósfera que la historia. Esta sigue los tópicos de la mencionada narrativa gótica y culmina en un climax que es el paroxismo de este tipo de relatos y cuyo referente podría estar en El fantasma de la Ópera. De hecho, es esa estética y ese clima de pesadilla y alucinación el que logra que la cosa no se caiga a pedazos y se sostenga por 146 minutos.

El responsable entonces de que el film se sostenga es su director Gore Verbinski, que aquí hace una apuesta fuerte para imprimir esa atmósfera enrarecida que se nutre del elemento decimonónico para lograr un contexto de lugar fuera del mundo, detenido en el tiempo. A pesar de la ubicación contemporánea, con un protagonista ejecutivo de una moderna corporación (aunque la idea del yuppie workaholic también se está volviendo añeja), una vez en el sanatorio, arriba de la montaña, parece que retrocedemos más de un sigo. No solo porque ya no hay más señal de celular y nadie usa computadoras ni siquiera para llevar un archivo (todo son fichas y carpetas) sino porque toda la ambientación, el mobiliario y la tecnología remite a fines del XIX y principios del XX. Con sus propias reglas independientes del mundo exterior, el sanatorio muestra en su versión amable algo de baño termal, de casa de descanso o de retiro, y en su versión más ominosa se ve más bien como un asilo para locos peligrosos con sus reglas de sujeción, su maquinaria aparatosa y unas prótesis de pesadilla en la que los pacientes díscolos son sometidos y doblegados, mas un uso bastante poco ético de la los método odontológicos. El otro responsable de que esto se sostenga es Dane DeHaan, que es un número fijo para personajes perturbados y enfermizos y aquí se carga la película al hombro y se somete (o es sometido) a todo tipo de prácticas pesadillescas y tortuosas.

Para el espectador al que se apunta, toda esta acumulación de lugares reconocibles (¿comunes?), donde también podríamos incluir el folletín y las películas de monstruos de la Universal, funciona como guiños cuya identificación forman parte del combo. La cura siniestra es una propuesta estética antes que narrativa. Requiere una suspensión de la credibilidad y un abandono al clima de sueño o pesadilla. Y hacerlo sin ponerse a cuestionar la lógica ni buscarle los agujeros a la trama ni ninguna de esas minucias que arruinarían la experiencia.

LA CURA SINIESTRA
A Cure for Wellness. Estados Unidos. 2017.
Dirección: Gore Verbinski. Intérpretes:. Dane DeHaan, Jason Isaacs, Mia Goth, Adrian Schiller, Ivo Nandi, Harry Groener. Guión: Justin Haythe, Gore Verbinski. Fotografía: Bojan Bazelli. Música: Hans Zimmer. Edición: Pete Beaudreau, Lance Pereira. Duración: 146 minutos.

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