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Basada en el bestseller autobiográfico de Saroo Brierley, Un camino a casa narra una historia intensa y conmovedora en las que eludir las lágrimas resulta engorroso. Gran parte de su exitosa apuesta se debe evidentemente a que el film despliega el desgarro de la infancia, del origen, las lagunas en la memoria que conlleva dicha escisión en el marco de una narración basada en sucesos reales que un niño, de tan solo cinco años, debió atravesar. El film, que tiene seis nominaciones al Oscar, atraviesa una delgada línea entre el golpe bajo y el relato honesto. ¿Cómo franquear la manipulación emocional en una narración en la que la mitad del film vemos a un niño sufriendo? El joven director Garth Davis parece lograrlo con dos recursos: la obliteración de lo bestial del mundo adulto (bien podría haber mostrado la manera en que Saroo es abusado por la trata de niños) y manteniendo las prioridades que cualquier niño demanda, es decir, el afecto.

Saroo, interpretado en un principio por el pequeño Sunny Pawar y de adulto por Dev Patel, vive junto con sus hermanos y madre en una población un tanto reparada de la ciudad de Kandwa. Un día, en el que iba acompañado de su hermano mayor, Saroo se pierde. La espera se hace larga por lo cual decide esperarlo en uno de los vagones vacíos de la estación pero el tren tiene un itinerario que el niño desconoce y en medio de su ensoñación el mismo parte a Calcuta, una ciudad ubicada a unos 1200 kilómetros de su pequeño pueblo. En uno de los mejores despliegues que tiene el film, Calcuta se exhibe como un monstruo voraz, ininteligible para un pequeño niño perdido que viene del campo y que habla otro dialecto. Saroo intenta explicar a algunos adultos que quiere ir a casa en “Ganestalay” pero tal sitio no existe en el mapa. Luego de padecer dos meses en las calles de Calcuta, Saroo es ingresado a una institución que, poco después, se ocupa de su adopción.

Y aquí se inicia el otro gran recorrido del film que va de Calcuta a Melbourne donde viven sus padres adoptivos (Nicole Kidman y David Wenham). La India y 1986 quedan atrás. Saroo, quien viene de vivir un infierno, se adapta de manera extraordinaria a su nueva vida, no así su hermano adoptivo quien se acopla a la familia un año después. Saroo parece ser un hijo y un alumno ejemplar, un adulto lleno de convicciones y expectativas pero como suele suceder el pasado encuentra siempre alguna grieta por la cual se hace escuchar. La adultez trae evidentemente nuestras situaciones, nuevas preguntas -en este caso de terceros- que empujan a resignificar su origen: “¿de dónde eres?”. Saroo no puede más que indagar sobre ese pasado que empuja a ser reconstruido. Así, calculando la velocidad promedio de un tren -considerando que estuvo alrededor de dos días viajando solo en aquel fatídico vagón- y con la ayuda de Google Earth, Saroo realiza un mapeo de lugares posibles en los que se encuentra su primer hogar. Pero por supuesto esto arroja múltiples resultados y la búsqueda se torna agotadora. En este periplo detectivesco, Saroo también indaga en los restos de su memoria, lo que efectivamente le permite dar con el lugar buscado.

Otro de los interesantes aspectos de la historia (más que del film), y que tal vez debería haberse ahondado más aún, es el juego de palabras en relación a la memoria y la reconfiguración lexical que un niño de cinco años puede establecer. “Ganestalay” es el no lugar para los adultos pero para Saroo significa “hogar”. Por supuesto, porque Ganestalay no es lo mismo que Ganesh Talai, el pueblo real en el que habita su familia. “Mum” no es un nombre sino solamente la manera en que él denomina a la madre y en el mundo real nadie puede ser rastreado por esa nomenclatura y, peor aún, Saroo no existe tampoco sino Sheru. Nada más que 25 años tienen que pasar para que Saroo descubra su verdadero nombre: Sheru, cuyo significado es “león”. Toda la verdad del destino parece determinarse por la afirmación, correcta o incorrecta, del significante. Y es esa determinación o indeterminación la que fomenta la pérdida en el primer caso, aunque también propicia el reencuentro hacia el final.

UN LARGO CAMINO A CASA
Lion. Estados Unidos/Australia/Reino Unido, 2016.
Dirección: Garth Davis. Guión: Luke Davies. Montaje: Alexandre de Franceschi. Fotografía: Greig Fraser. Música: Volker Bertelmann, Dustin O’Halloran. Intérpretes: Dev Patel, Sunny Pawar, David Wenham y Nicole Kidman. Duración: 118 minutos.

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