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Tres investigadores de lo paranormal entran a una casa en medio de la nada cuyos ocupantes abandonaron huyendo de una entidad fantasmal muy poco amistosa. Esta casa va a ser la única locación y estos tres personajes los únicos que vamos a ver a lo largo de casi todo el film, con la excepción de un par de policías que parecen muy brevemente y de la entidad en cuestión de la que vamos a tener apenas atisbos y señales.

En las películas de casa embrujadas los protagonistas suelen ser familias acosadas y la fuente de horror y angustia está dada en gran parte por la caída de lo que se supone más íntimo y seguro: el hogar y la familia. Pero está también la otra vertiente, a la que pertenece La presencia, que es la de los Trabajadores de lo Sobrenatural, cuyos protagonistas tienen la vocación de darle investidura científica al campo bastante poco respetado de la investigación paranormal y que mediante tecnología específica (cámaras, sensores de movimiento, lectores de temperatura y cambios en la atmosfera) salen a la búsqueda de ese Santo Grial que es la prueba definitiva de la existencia de otro plano de realidad. Esta búsqueda por lo general es tan desafortunadamente exitosa para sus involucrados que no tardan en arrepentirse de sus pretensiones cuando ya es demasiado tarde. Se trata de una vertiente que tiene antecedentes notables y variopintos que van desde El ente a Los cazafantasmas, y que tiene en las dos películas de la serie El conjuro al exponente reciente más exitoso cuya popularidad provocó un renovado interés en la materia.

Aquí no hay, como en films de temática similar, una combinación entre el elemento familiar y el científico y el primero brilla por su ausencia. De la familia que habitaba el lugar apenas sabemos nada salvo que salieron volando con lo puesto dejando todo abandonado sin haber tenido siquiera el gesto de liberar a unos pobres loros enjaulados. Todo descansa entonces en el oficio y las relaciones de los investigadores que, para darle un poco de variedad al asunto, asumen diferentes roles, diferentes personalidades y diferentes abordajes al objeto de estudio. Tenemos dos científicos, uno escéptico y otro más abierto, y una chica de apariencia gótica con poderes extrasensoriales que le permite ver naturalmente lo que para otros es un misterio.

Siendo entonces una película de pocos personajes y una sola locación, entendemos que esa opción por el minimalismo se extienda también a los FX o más bien a la falta de ellos. Así, la presencia sobrenatural en cuestión solo se nos manifiesta a través de ruidos y objetos que se mueven. Se trata de una opción arriesgada ya que se necesita mucha sutileza y oficio para transmitir la atmosfera, el suspenso y el horror a partir de sonidos, luces y sombras, dando preponderancia al fuera de campo, y no se puede decir que ese clima este precisamente logrado. Acá esa falla se siente más como un déficit, como una imposibilidad de resolver la representación antes que como una decisión formal. A la chica sensitiva se le manifiesta un presunto fantasma que solo ella puede ver, no así sus compañeros ni tampoco el espectador que solo se enteran por sus palabras de esa apariencia en un espacio aparentemente vacío, y la verdad es que el resultado es bastante pobre y decepcionante. La falta de información tampoco ayuda y parece menos producto de una dosificación que de una pura y simple falla en el guión. De ese modo no solo no nos enteramos nada de la familia que abandonó el lugar sino tampoco de quien es o era la entidad sobrenatural ni de sus motivaciones. Al final del film sabemos del tema casi lo mismo que cuando arrancamos.

En un género como el terror las limitaciones de presupuesto a veces pueden dar lugar a soluciones creativas que potencian el efecto buscado. Cuando las limitaciones también son creativas el resultado se parece un poco a la nada, a un espacio vació donde nos quieren convencer que hay un fantasma.

LA PRESENCIA
The Dead Room. Nueva Zelanda. 2015.
Dirección: Jason Stutter. Intérpretes: Jed Brophy, Jeffrey Thomas, Laura Petersen. Guión: Kevin Stevens, Jason Stutter. Fotografía: Grant Atkinson. Edición: Jason Stutter. Duración: 78 minutos.

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