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El cine es ineludiblemente una tarea conjunta donde, en el mejor de los casos, la polifonía de voces marca las huellas de una polifonía de ideas. Los técnicos, los guionistas, los sonidistas, los directores no se hacen uno en El teorema de Santiago, sino que se dispersan, dialogan, discuten y tratan de entender.

La estructura de la película (que es descabellada) erige su columna vertebral en una secuencia de mails entre Hugo Santiago y Mariano Llinás; entre David Oubiña y el duo Buisel – Masllorens y entre ellos mismos. La relación inefable, inexacta y compleja entre la palabra y la imagen es el terreno donde se edificará El teorema de Santiago. Las reflexiones teóricas se cruzan con las ideas de él o los directores poniendo en el tapete ideas fascinantes: ¿cómo la teoría se cruza con el quehacer cinematográfico?, ¿cómo el hacer mismo es complejo a la hora de filmar “ideas”? ¿cómo entender las ideas de un director que de tan mítico es un moderno como Hugo Santiago, de ese padre tan presente, de ese maestro tan genial?

Qué hay detrás (o adelante) de una película es un misterio que el cine nos devuelve con cada buena película. El guión -nunca de hierro, a veces incomprensible y extraño- se funde con los encuadres perfectos y obsesivos, con las tomas que se repiten incansablemente, con ese montaje que ahora debe romper con las ideas de tiempo y espacio únicos. La escena donde Moguilianski planea junto con Hugo Santiago una toma da cuenta cabal de esta contundencia: el cine es complejidad, obsesión y ruptura.

Hecho como un making off de El cielo del centauro, la última y esperada película de Hugo Santiago, El teorema plantea interrogantes, esa fórmula que no se puede describir, ese teorema que no tiene explicación. Tal vez como un par de detectives modernos desdoblados, Buissel y Masllorens buscan su resolución; pero como ya sabemos por boca del genial Ricardo Piglia las ficciones suelen ser paranoicas y su enigma es la base, aquello que nos lleva desde adentro hacia afuera del texto o de la película y a la vez desde afuera hacia adentro. Este movimiento centrifugo y centrípeto hace que el espectador de El teorema se mueva de manera zigzagueante, copiando el movimiento de quienes dirigen la película. El teorema de Santiago es indefectiblemente un homenaje al realizador de la genial y ya mítica Invasión y también es una declaración de principios acerca del quehacer cinematográfico. Es una crónica y a la vez un elogio, es un tributo donde las ideas son las protagonistas y las obsesiones sus antagonistas.

Ese teorema pensado e imaginado por Hugo Santiago no tiene resolución lógica. Es el cine mismo, es la creación genial de un director genial que ha creado una mitología de personajes y espacios y tiempos que, de tan reales son ficcionales y viceversa. Que prestó sus imágenes a las voces de Borges, de Bioy casares y de Saer. Que imaginó una cartografía porteñamente épica. Que pudo pensar en una Aquilea fantasmática hecha en los bordes de un Buenos Aires de época y a la vez eterno. El tiempo, el espacio, la mitología, la literatura forman parte del cine de Santiago y también por extensión son la materia prima de El teorema.

Es imposible descubrir la fórmula de la felicidad, como tampoco es posible descubrir la fórmula del buen cine. Lo que si queda claro es que Ignacio Masllorens y Sebastián Bruissel y Mariando Llinás y Agustina Llambí Campbell y Laura Citarella y David Oubiña y Agustín Mendilaharzu y Juan José Cambre y Alejo Moguillansky y Hugo Santiago, en esa polifonía de voces e ideas, en ese coro de voces imposibles; entienden que el cine es inevitablemente una de las fórmulas de la felicidad.

EL TEOREMA DE SANTIAGO
El teorema de Santiago. Argentina, 2015.
Guión y Dirección: Estanislao Buisel e Ignacio Masllorens. Texto: David Oubiña. Narrador: Ignacio Rodríguez de Anca. Con la participación de Mariano Llinás, Agustina Llambí Campbell, Laura Citarella,Gustavo Biazzi, Felipe Solari, Juanjo Cambre, Alejo Moguillansky, David Oubiña,Estanislao Buisel, Ignacio Masllorens, Hugo Santiago. Fotografía: Ignacio Masllorens, Estanislao Buisel, Agustín Mendilaharzu, Agustín Godoy, Juan Herrera y Sofía Sarasola. Música: Claude Debussy, Pierre Máx Dubois, Georg Phillipp Telemann. Edición: Estanislao Buisel e Ignacio Masllorens. Dirección de arte: Jordi Cuerell. Sonido directo: Agustín Godoy. Edición de sonido: Marcos Canosa. Duración: 96 minutos.

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