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La atmósfera es inquietante desde el comienzo. Una mujer es violada por un desconocido en su propia casa y reacciona de manera impasible, tras el ataque solo atina a bañarse y continuar con su vida, pidiendo sushi por teléfono por ejemplo. En el transcurso del film ella ira contando su experiencia a sus más cercanos amigos, pero sin drama, casi como quien cuenta un pequeño inconveniente callejero.

El violador comienza a hostigarla enviándole algunos mensajes a su celular, ella más que preocuparse parece intrigada, por el extraño. Mientras sigue en su vida plagada de incomodidades, con una madre aficionada a jóvenes amantes y un padre preso desde hace 39 años, por haber sido el responsable de una serie de asesinatos, que tuvo en vilo a la sociedad francesa en los años setenta. Su único hijo es un pelele dominado por su novia y a eso se le suma un amante ausente y un ex marido, escritor fracasado como siempre.

Ella tiene una empresa de juegos electrónicos, cuyos empleados tienen todos aspectos de posibles culpables. Si bien la imagen del asalto sexual vuelve una y otra vez, ella la sigue sin perturbarse. El relato tomara caminos cada vez más confusos, donde lo verosímil está cada vez más alejando de las vidas “normales” que ella no tiene.

Un gran film con una actuación magistral de Isabelle Huppert, que la pone entre las mejores de su riquísima carrera. Durante todo el film la actriz jugara con el director Paul Verhoeven a crear una atmósfera cada vez más angustiante, secreta, cerrada, en la que el espectador también será parte y quizás también víctima. Un inmejorable arranque para la décima tercera versión de Pantalla Pinamar.

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