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Cómo filmar aquello que no tiene cuerpo, que no es visible? Y por otro lado, ¿cómo representar lo no dicho? Seguramente hay películas que se sienten más a gusto atravesando ese universo de lo visible y lo decible; todas los grandes éxitos de taquilla suelen partir de estas dos condiciones puesto que en general se trata de que la imagen y la palabra despejen ambigüedades narrativas. Otras narraciones cinematográficas se ubican en el polo opuesto, a tal punto que el espectador tendrá que hacer un arduo trabajo de concatenaciones semánticas para descubrir de qué se trata la película en cuestión. Esta ópera prima de Darío Mascambroni es un hermoso ejemplo de la manera en que una película puede, con escasos recursos -me refiero a los narrativos aunque también lo son de producción en este caso-, construir una historia en lo que lo relevante es aquello que no logra ser expresado ni mostrado. Y de esta manera, sortea los dos polos expresados anteriormente.

Primero enero es una película que exhibe un viaje. Al comienzo lo interpretamos como uno meramente vacacional, en el que se tienen que cumplir una serie de acontecimientos tradicionales típicos de toda travesía a las sierras cordobesas. De hecho el padre confecciona una lista de aventuras -nadar en el río, pescar, caminata por la sierra, etc.- que sobre la marcha empieza a ser sutilmente cuestionada por el hijo. Es que no se trata de si Valentino le guste o no cazar lombrices, comer un corderito que no hace tanto lo había visto vivo, ver salir las estrellas en un punto alto de la sierra. Se trata de aquello que no es exhibido en la imagen ni es dicho a través de la palabra y que pocos gestos hacen emerger. Más que gestos podría decirse que son huellas que nos permiten entender que ese viaje no es solamente un viaje iniciático. En un punto sí lo es, inaugura la relación entre un padre y un hijo que no están acostumbrados a ser dos sino tres. Pero además es un viaje de despedida, claramente marcado por las imágenes de apertura y cierre del parabrisas trasero de ese viejo auto que muestra incansable un camino de tierra que se abandona y sobre el que no se vuelve. Imágenes acompañadas por un tango melancólico y que dejan entrever un cartel de “Vendo”.

Por ello sería incorrecto decir que Primero enero es solo una película del duelo de una separación y sus secuelas, o una película sobre la despedida y la melancolía. También sería incorrecto expresar que se trata de la manera en que se construye las nuevas relaciones entre dos: el papá hace una lista de cosas importantes para esta expedición pero Valentino hace sus aportes y la modifica sutilmente porque “plantar un árbol” es para él mucho más importante que “hacer un asado”. Es todo esto y es otras cosas. Primero enero es un gran ejemplo para entender que el tiempo del reloj, que suma segundo tras segundo sin que pueda ser cuestionado, discrepa del fluir de la experiencia que por momentos puede avanzar a pasos agigantados y, por otros, estancarse. Valentino entiende mejor que el padre que el sumar momentos no los llevará necesariamente a otro tiempo, uno en el que ya no sientan a la madre como falta. De esto se trata en verdad Primero enero y el espectador lo capta por la hermosa actuación (y relación) de Valentino y su papá. Un pequeño gran film.

PRIMERO ENERO
Primero enero, Argentina, 2016.
Dirección y guión: Darío Mascambroni. Intérpretes: Jorge Rossi, Valentino Rossi, Eva Torres. Fotografía: Nadir Medina. Montaje: Darío Mascambroni, Lucía Torres. Música: Jorge Nazar, Jerónimo Piazza. Duración: 65 minutos.

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