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Hay films que parece que a lo que apuntan es simplemente a contarte una historia, introducirte unos personajes más o menos identificables y una serie de hechos más o menos concatenados, pero lo que en realidad hacen es impregnarte, envolverte paulatinamente en una capa espesa hasta adherirse como una costra viscosa y pegajosa, dejándote al final con la pregunta de qué es lo que pasó acá, cómo llegamos a esto. Es el caso de ciertos films de David Lynch (Carretera perdida, Mulholland Drive) o Takeshi Miike (Gozu), películas que arrancan bajo el amparo de algún género del que sostenerse para luego dispararse a lugares imposibles de definir.

Es el caso de este tercer film de Na Hong-jin. Aquí todo comienza en un pueblo chico en donde se desatan una serie de crímenes brutales en varios hogares protagonizados por algún familiar enloquecido a medio camino entre el poseído y el zombie. El protagonista es Jong-goo, un policía de rango menor, torpe, ineficiente, miedoso y de pocas luces, un tarambana impresentable que da más para la comedia. Un poco como también arrancan los protagónicos de algunos de sus compatriotas más famosos: El de Oldboy de Park Chan-wook o el de The Host de Bong Joon-ho. Y al igual que estos seguirá un derrotero que los transformará por completo. Descreído de los rumores que señalan causas sobrenaturales como las causantes de los crímenes y el enloquecimiento de los pobladores, en particular desde la llegada de un viejo japonés que vive en las afueras del pueblo, se mantendrá en esta postura hasta que la tragedia lo alcance y se le meta en su propia casa. A partir de allí todo se descompone y se acaba la gracia y la comedia. El personaje se hunde entonces en el desconcierto y la desesperación y empieza a actuar de una manera en la que jamás había soñado.

El mal que ataca al pueblo opera como una infección, como una epidemia que contamina todo a la manera de las plagas que vemos en Nosferatu o la presencia parasitaria de Salem’s Lot, intrusiones que van pudriendo el lugar hasta diezmarlo. Se trata de algo extraño, un mal que viene de afuera pero que ataca el adentro, invade el interior de sus víctimas las cuales se vuelven contra sí mismas y contra aquellos que aman. Na Hong-jin maneja aquí con total desparpajo el cruce de géneros. Así, lo que empieza como un policial con toques de comedia y costumbrismo deriva en un thriller asfixiante, mezclando además de manera promiscua fantasmas, demonios, posesiones y demás sub-géneros del relato de terror.

La trama se va complejizando y enrevesado hasta que en algún punto de su extenso metraje uno descubre que ya no sabe bien lo que está sucediendo. Y no esperen que al final todo se aclare. Sin embargo da la impresión de que al realizador eso le importa bien poco, que lo que le interesa son los climas ominosos, la tensión sostenida, la atmósfera cada vez más enrarecida. Como en el caso del mencionado David Lynch donde no se trata tanto de comprender lógicamente lo que está pasando aunque se presenten pistas (más de una vez falsas) y se den giros y vueltas de tuercas. Se trata más bien de sumergir al espectador en el ámbito de lo siniestro como algo que no es racionalmente aprehensible.

Con una fachada mainstream y una factura técnica impecable, En presencia del diablo es sin embargo una película visceral, un viaje al corazón de las tinieblas. Una experiencia original y estimulante.

EN PRESENCIA DEL DIABLO
Goksung. Corea del Sur, 2016.
Dirección: Na Hong-jin. Intérpretes: Kwak Do-won, Hwang Jung-min, Jun Kunimura, Chun Woo-hee, Kim Hwan-hee. Guión: Na Hong-jin. Fotografía: Hong Kyung-pyo. Música: Jang Young-gyu, Dalpalan. Edición: Kim Sun-min. Duración: 156 minutos.

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