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Históricamente Francia no solo ha expoliado a sus colonias económicamente, usufructuando de sus recursos naturales y explotando a sus poblaciones, sino que ha utilizado cada vez que le vino en gana a esas mismas poblaciones para cuestiones que en más de oportunidad los propios franceses carecían de aquello que hay que tener a la hora de hacer frente a las contingencias.

De esto trata Hombres de arcilla, la utilización que ha hecho Francia de ciento de miles de jóvenes magrebíes, también de África subsahariana, Medio Oriente y el sudeste asiático, a la hora de sumar soldados a las guerras en las que participó.

Este film narra cómo fueron engañados jóvenes magrebíes, para terminar enrolados “voluntariamente” en el ejército francés, a comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de ellos fueron enviados a una muerte segura, utilizándolos en las operaciones más peligrosas, de donde salir con vida era simplemente imposible.

Sulaymán, un joven alfarero, criado en la montaña por un místico, ha aprendido a entender la vida como una comunión con el entorno, desde la misma tierra que acaricia y agradece cuándo la trabaja den su torno, sino también con árboles y animales. Enamorado de una muchacha de una casta superior, logra enamorarla para convertirla en su mujer. Apenas comenzado ese matrimonio Sulaymán, es literalmente secuestrado y entregado a la oficina de reclutamiento, sin posibilidad ninguna de avisar de su destino a nadie.

Junto a miles de compatriotas será embarcado y trasladado al norte de Francia, a combatir en un territorio que no conocen, en un clima absolutamente hostil, mal armados y entrenados, sin siquiera tener bien en claro quién y porque debían combatir a un enemigo poderoso, omnisciente y misterioso.

El director Mourad Boucif, con un trabajo digno, sin artilugios o falsificaciones, construye un film donde se da testimonio de uno de los puntos más oscuros, de la muy oscura historia francesa.

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