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La plasticidad de Los Pitufos no parece tener fin. Gestados a fines de la década del 50 estos simpáticos personajes azules pasaron airosos por múltiples soportes: historietas, dibujos animados, películas y videojuegos. Esta nueva entrega, bajo la dirección de Kelly Asbury, refuerza la idea de que la flexibilidad es uno de los adjetivos que más los representan.

La animación está dotada de gran colorido y dinamismo, alguno que otro plano subjetivo sumado a los efectos 3D abundan en el inicio de la película. A pesar de que la propuesta hace mucho hincapié en el color parece un poco desprovista de texturas. Aun así la suma de estos elementos visuales es atractiva, sin ser todo el tiempo espectacular, y permite un balance correcto con la historia.

La estructura propuesta del guión es llamativa, en un contexto donde la novedad es la norma la nueva entrega de Los Pitufos apuesta por el esquema más antiguo. La estructura narrativa clásica de planteo, desarrollo y conclusión sirve de marco para la formula arcaica del relato épico. El sólido esplendor fantástico del monomito late bajo la figura de Pitufina: la nueva heroína.

Como en la mitología sumeria, griega y china, el nacimiento de Pitufina depende de un bloque de arcilla y un Ser superior que le dio vida. En este caso el malvado hechicero Gargamel no deja de pronunciar el trágico destino de la protagonista: nació como instrumento para infiltrarse en la Aldea de los pitufos. El conflicto de identidad se define como tema central y motor de la historia.

El inicio, como “llamada” a la aventura esta dado en la tranquilidad y mundanidad de la Aldea. Siempre escoltada por Filósofo, Tontín y Fortachón la aventura comienza en los límites de la Aldea y el Bosque Prohibido. Es allí donde Pitufina tiene el fortuito encuentro con el misterioso ser que oficia de “llamada”. El “cruce del umbral” se plantea explícitamente por medio de un muro gigante que demarca el límite entre la tranquilidad de la Aldea y lo peligroso y desconocido del más allá. Sin saberlo nuestra protagonista ya se ve arrojada al “vientre de la ballena”, una metamorfosis de su personalidad está en puerta y corona la peripecia.

La buena fe de Pitufina cumple con la maldición de Gargamel, la trágica heroína pretende advertir de la amenaza y con ello conduce al villano a la virgen aldea de Las Pitufas. En este nuevo paisaje nuestros protagonistas entregan momentos de ternura y risa. Pitufina nuevamente domina la escena asumiendo múltiples pruebas que inician una transformación en su identidad, sumado a ello “el encuentro” con la matriarca recompone la figuración de Papa Pitufo.

Finalmente la apoteosis de hace presente, la entrega física, el sacrificio de Pitufina salva a los/las pitufos de la vanidad de Gargamel. La consumada heroína cruza el “umbral del retorno” en una emotiva escena donde la reciente comunidad pitufa se reúne en torno al original y amorfo trozo de arcilla.

Esta renovada propuesta mezcla efectivamente el modelo más antiguo con la magia visual de la animación, sumado a una banda sonora que no teme a mezclar hits del pop de las últimas décadas. Este conjunto funciona y entrega el mito de la fundación de una comunidad con todo lo enternecedor y entretenido que ello contiene.

LOS PITUFOS EN LA ALDEA PERDIDA
Smurfs: The Lost Village. Estados Unidos, 2017.
Dirección: Kelly Asbury. Música: Christopher Lennertz. Edición: Bret Marnell. Diseño de producción: Noelle Triaureau.
Duración: 89 minutos.

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