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 “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El diablo es sombrío porque sabe a dónde va, y siempre va hacia el sitio que procede. Eres el diablo y como el diablo, vives en las tinieblas”. El nombre de la rosa, Umberto Eco.

Lamentablemente la nueva entrega de Nunca digas su nombre deja mucho que desear. Casi siempre un pasado no tan lejano, década del 70, oficia de escenario para sucesos que tendrán su incidencia en el presente. Un objeto, un ritual y un nombre componen la puesta en escena para un grupo determinado de adolescentes. Todo esto, y el resto, es historia ya sabida: el juego pone a los personajes sobre el tablero y los expulsa lentamente en una suma paulatina de sufrimiento.

Un componente rescatable de la puesta es la dirección de cámara, la composición de los planos, en la construcción de escenas con atmósferas claustrofóbicas funciona. Aun así Nunca digas su nombre parece reforzar cierta querella por la que el cine de terror no deja de atravesar: la aparición o mostración del mal en escena resulta un elemento contraproducente. Que la maldición invocada encarne un personaje es un giro en el guión que muchas películas contemporáneas del género tratan de evadir. Esta propuesta materializa el mal en un personaje poco desarrollado, lo cual deja un gusto amargo al espectador curioso. Sumado a ello un pésimo diseño de personaje y una animación que deja muchísimo que desear.

A pesar de todo ello Nunca digas su nombre dispara ciertos motivos interesantes, alusiones a antiguas discusiones sobre el vínculo metafísico entre las palabras y las cosas. Es una verdadera lástima que su protagonista, bien interpretado por Douglas Smith, no haya podido generar una estrategia discursiva que evadiera el llano final que presenta esta historia. Porque entre realistas y nominalistas ésta discusión ya fue dada, entre quienes sostienen que los universales tiene una existencia separada de las cosas y aquellos que dan primacía a lo sensible y la experiencia individual. La eterna batalla entre platónicos y aristotélicos aparece en pantalla; Elliot, Sasha y John pivotean entre confiar en su experiencia sensible, luchando contra las alucinaciones, y por otro lado concederle una entidad performativa real a la maldición.

La metáfora del virus sirve a la historia para dar a entender que una vez enraizado en el intelecto el concepto deNunca digas su nombre, que encarna el mal y los miedos más profundos de la psicología de los personajes, existe con independencia de aquello que le ha dado nacimiento. El mal existe vacío por fuera de los padecientes y actualiza su significado a través de las historias que este género nos trae.

NUNCA DIGAS SU NOMBRE
The Bye Bye Man. Estados Unidos, 2017.
Dirección: Stacy Title. Intérpretes: Douglas Smith, Lucien Laviscount, Doug Jones, Michael Trucco y Cressida Bonas. Duración: 96 minutos.

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