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Orione se pone del otro lado, dirige todos sus esfuerzos a retratar la corta vida de Ale, un ladrón que fue abatido en su barrio, Don Orione. Entonces está el archivo familiar con una vacaciones en la playa, su joven esposa y el hijo de ambos, la entrevista a un vecino que se crió en la calle, una fiesta familiar, todo esto mientras la madre va desgranando su historia y prepara una torta de cumpleaños para su nieto, hoy sin padre.

La conciencia trágica del ausente en una carta que le dejó a su madre para que cuide a su familia si le pasa algo y el relato que sigue, contando el carácter de Ale, la familia y el barrio a través de la voz de la madre, mientras la masa, el merengue y el mazapán van tomando forma de torta, de canchita de fútbol con un césped tan verde. Orione hace del ascetismo una virtud, con elementos mínimos da cuenta de la marginalidad, de las decisiones -”yo sé que vos querías otra cosa para mi mamá, pero a mi me gusta robar”-, del entorno del que en algunos lugares, es casi imposible de evitar.

Orione, de Toia Bonino (Argentina, 2017)

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