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Hacia finales del siglo XIX, tanto la figura del artista, su posición dentro del campo cultural, así como la definición misma de arte que ejecutaba, eran puestas en revisión. Reflexionar sobre el arte, o bien, que el propio artista pase revista de su trabajo no es en sí algo nuevo, aunque sí lo era definirse en función de los restantes espacios sociales, como lo es el político o económico, delimitar las fronteras de lo que es un campo artístico y, fundamentalmente, aprender a legislar en materia de estética. Todo este proceso, que comúnmente se sintetiza con la idea de “autonomización del arte” obligó a los artistas de diversas disciplinas a tomar partido respecto del poder ejercido desde esferas no artísticas y por supuesto en su relación con un mercado del arte en expansión por aquellos días.

Esta transición, que derivó en una efectiva independización del arte, necesitó algunos pasos intermedios. Uno de ellos fue la llamada corriente del “arte por el arte”. El artista, para afianzar su autonomía, afirmó su total desentendimiento de cualquier aspecto que no fuera el acto de ejercer el arte. Por supuesto, esto no se sostuvo en el tiempo, de haberlo hecho no se hubiera generado tal expansión del mercado artístico ni los logros en materia de derecho de autor y de luchas sindicales jamás habría tenido lugar. La documentalización de ese estado desfasado de la danza en el marco local, que Los trabajadores de la danza retrata, pone en evidencia que más de 100 años no es suficiente para que las políticas estatales comprendan que el ejercer una profesión artística no se contenta con ser realizada desde una perspectiva que nada le importa respecto de una dimensión que no sea la del amor por el arte, y que tal pretensión resulta de una anacronía absoluta.

Desde esta perspectiva, el film de Julia Martínez Heimann y Konstantina Bousmpoura, narra una temática que podría decirse que supera la problemática local en relación al trabajo de un bailarín en el marco de las políticas culturales encabezadas en el 2007. Efectivamente, el marco contextual en el que emerge la historia resulta del despido de seis bailarines del Teatro San Martín por reclamar las mismas condiciones laborales que posee cualquier empleado de fábrica: una ART y cobertura de accidentes de trabajo, vacaciones, etc. Este episodio desencadena la conformación de la actual Compañía de Danza Contemporánea Argentina, dirigida en sus comienzos por estos seis bailarines, luego por tres de ellos, hasta finalmente llegar a una dirección encabezada por uno. Pero no solo se trata de mejoras laborales. El film además plantea la complejidad que surge de un proyecto que, teniendo una estructura vertical -marcada por la existencia de una instancia que dirige-, mantiene una rigurosa horizontalidad, que surge de la propuesta colectiva. ¿Qué implica el trabajo de un colectivo? ¿Dónde está la frontera y los obstáculos de una estructura horizontal combinada con una vertical? Estos son algunas de los interrogantes que surgen de esta propuesta cinematográfica.

Los trabajadores de la danza es un film bello y honesto; tal vez un poco inocente en el sentido de que su guión desconoce la magnitud de la problemática que está planteando y, particularmente, la longevidad de la discusión respecto de lo que socialmente se espera de un artista, ya sea bailarín, actor o escultor. La mirada (a)histórica le da en parte su belleza, así como la composición de la imagen lograda gracias a la ejecución de los bailarines y de una impecable fotografía.


LOS TRABAJADORES DE LA DANZA
Los trabajadores de la danza. Argentina/Grecia, 2016.
Dirección y guión: Julia Martínez Heimann, Konstantina Bousmpoura. Director de fotografía: José Pigu Gómez. Montaje: Victoria Lastiri. Intérpretes: Bettina Quintá, Ernesto Chacón Oribe, Victoria Hidalgo, Pablo Fermani. Duración: 76 minutos.

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