Compartir

Acompañado por el escritor Edgardo Cozarinsky y el periodista Martín Caamaño, J.P. Cuenca  presentará su libro, “Descubrí que estaba muerto”, el jueves 6 de julio a las 19 en el Auditorio de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes (Av. Figueroa Alcorta 2280). Además, se proyectará A morte de J.P. Cuenca, el film relacionado a la novela que escribió y dirigió, que fue exhibido en el Bafici 2016.

En 2011, un llamado de la policía sobresaltó a Cuenca que de pronto se descubrió contestando una especie de interrogatorio sobre su vida. La policía le informó entonces que según un expediente que se había abierto, él estaba muerto. Cuenca se presentó en la policía recibió el expediente y alguna explicación superficial. Salió de ahí asombrado, pero lo cierto es que pesar de que muchos colegas y allegados le llamaban la atención acerca de la historia que tenía entre sus manos, Cuenca se negaba a meterse de lleno en eso, hasta que quizás un bloqueo persistente o la curiosidad lo llevaron a investigar su propia muerte. El resultado de eso es una novela extravagante, moderna y muy centrada en la deriva de Cuenca a través de Río de Janeiro, un libro apasionante, pero no todo terminó ahí porque además el proyecto “Descubrí que estaba muerto” incluye una película tan extraña y fascinante como el libro.

Nos juntamos con el escritor y cineasta que está en Buenos aires para la presentación de la película y charlamos de cómo fue investigar los detalles de su muerte y otros temas más que hacen a la literatura y al cine

-¿Empecemos por el hecho de haber estado muerto, cómo reaccionaste frente a los papeles que te presentó la policía?
-Al principio no quería ni mirar los papeles a pesar de que tdos me decían que era un regalo para alguien que escribió varias novelas. Yo no quería saber nada, pero al final la curiosidad le ganó al temor, fui al lugar de la muerte, donde había muerto quien había usurpado mi personalidad. La realidad de ese edificio que había sido usurpado. Lo que me hizo escribir la novela y después filmar la película, fue el lugar.

-¿La película y la novela se pensaron juntas?
-Se pensaron juntas pero no es una adaptación, porque cada cosa tiene su lenguaje. Es notable que el lenguaje de cada cosa respete el ritmo. El libro es el diario de una deriva personal mientras que la película parece más una investigación policial.

-¿Qué aprendiste de Rio de Janeiro después de esta investigación?
-Salí de esta investigación mucho mas consciente del pasado y del diálogo de este pasado con ese presente. Salgo con una sensación muy fuerte al asumir de que el centro de Río y esa zona que se conoce como LAPA, fue un cementerio de esclavos, salgo mas consciente de lo fantasmagórico de eso y del intento de tapar todo eso con el crecimiento de la ciudad. Río Fue el puerto de esclavos más grande del mundo y es como si no hubiera existido nada de eso, no hay memoria de eso. El punto en el que un hombre negro pobre murió usando mi nombre resulta clave en esta búsqueda. En Brasil y en Río de Janeiro específicamente pasan de largo de todo este tema. Hicieron una reforma enorme, levantaron un museo enorme que llamaron Museo del mañana, ¡pero no hay museo del pasado!

Lo que ocurrió en los años pre olímpicos fue un proceso muy violento de re urbanización, pero con una lógica que privilegió a los dueños del capital, una transferencia explícita de dinero que fue desde los sectores más pobres hacia los mas ricos que a la vez provocó la expulsión de esos sectores empobrecidos de las zonas que se iban valorizando. Se creó una unión muy maligna entre los grupos oligárquicos, el capital y el Estado. Un estado que no está al servicio de la gente sino al servicio del capital. Esto se ve en el libro que adopta un tono de denuncia que necesitaba poner, es algo que se veía antes de que viniera el Lavajato. Es muy loco, vayamos a la manzana en la que yo morí: al otro lado de la calle está el edificio de la policía civil que es un edificio enorme de acero, abajo un palacio clásico enorme que viene de los tiempos de Getulio Vargas y donde la dictadura militar torturaba y mataba gente. Atrás esta la Central de Brasil que es la estación de tren y ahí nomás está la policía de seguridad de Rio, que es una policía militar. En Río hay tres policías. Y además hay un cuerpo del ejercito de seguridad del Este. Es decir todo el aparato de seguridad policial y militar está cerca del morro en el que se armó la primera favela que fue una consecuencia de la guerra de Canudos. Todo tiene que ver con una decisión de sacara a la gente de la tierra donde vive y matarlos directamente. A la izquierda de todo eso está el edificio de Petrobras, cuando empieza el Lavajato ellos van ahí, hay una unión perversa entre el estado que se construye como una mafia, las fuerzas de seguridad del estado que son la guardia pretoriana de esta especie de imperio romano. Los defienden contra el pueblo. A eso hay que sumar la corrupción de Oberdrich que llega a la prensa ya que llega a los escritores, al medio intelectual y a toda la fiesta que se vende que supuestamente es Río de Janeiro. El libro es un poco ingenuo porque cuando lo escribí nunca pensé que Marcelo Oberdreich estaría en aprietos, o Sergio Cabral. Si me hubieran dicho eso yo hubiera dicho que estaban delirando.

Río de Janeiro tuvo décadas de gobierno del MPBD que terminó por destruir las estructuras del estado, el estado ahora en Brasil está insolvente. Lleva sin pagarle a sus funcionarios tres meses, están cerrando hospitales, escuelas. El que fue jefe de la provincia hasta no hace mucho, Cabral, esta preso y me gustaría que Eduardo Pais también quede preso.

-Esta es tu primera película. ¿Cómo viviste pasar de la literatura al cine?
-Fue refrescante, el proceso de escritura de una novela es muy solitario, puedo pasarme tres años hasta terminar una novela. Sin enseñar nada a nadie mientras, que las películas pasan por todo un proceso que te exige mostrar el proyecto y convencer gente. Desde el inicio uno tiene que hacer un pitching para conseguir interesados, un pitching algo mentiroso porque uno vende una idea de la película y realmente no se sabe si va a resultar así como la vende. Por otro lado cuando uno escribe y quiere que llueva, llueve. En el cine todo es más accidentado, se depende del equipo, trabajamos con gente que no eran actores, pasaba un camión y arruinaba la cosa. No conseguimos permisos para la filmación, fue todo ilegal, teníamos una persona controlando que no apareciera la policía o alguna autoridad.

Un director debe volverse necesariamente humilde porque depende de muchas cosas. Así como un camión te arruina el momento otras situaciones pueden mejorar lo que se pensaba. El novelista hace lo que quiera en su ficción, el director de cine no.

-¿Qué aprendiste de vos con todo esto?
-¡Ja, qué aprendí de mi! Es difícil… creo que aprendí que sobrevivo pese a todo. En algún momento pensé que no iba a terminar ni el libro ni la película, pero acá estoy. Al final soy más fuerte de lo que pensaba.

-¿Te llevás mejor con Río ahora?
– Si! Antes de terminar la novela me mudé a Sao Paulo, pero esa lejanía me permite tener otra mirada y que me irrite menos de lo que me preocupa. Me preocupa la gente. Está pasando su crisis más profunda y lo que me dan ganas es de ayudar a ver como se hace para superar esta caída, económica, política y moral que tiene. El libro de hecho es un registro de ese proceso de demolición. Quisiera ayudar no haciendo política sino buscando gente que la haga, que debería candidatearse a cargos públicos debería ser la gente de le periferia o los favelados, ayudar a que esos desplazados tengan el control me gustaría. Necesitan tener representación política.

-¿El libro es un poco duro con tu círculo más cercano y con tus colegas intelectuales, como reaccionaron?
– Se enojó mi familia, se enojó alguna gente, tuve un poco de quilombo pero como es una novela y siempre aparece mal el protagonista, ese sentido del humor, esa ausencia de autoridad moral atemperó un poco las cosas. Ya está todo bien por suerte.

Compartir

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here