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Hasta hoy, de las veinte películas rumanas (para poner un número) que circulan desde hace década y media en el mundo de los festivales y ocasionalmente en los estrenos de cada jueves de acá, resulta complicado encontrar un film menor, una decepción, un disgusto estético.

Nombres como los de Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días; Graduación), Radu Muntean (El vecino; Aquel martes después de navidad), Calin Peter Metzer (La mirada del hijo), Corneliu Porumboiu (Bucarest 12:08; El tesoro; Policía, adjetivo) y Cristi Puiu (Aurora; La noche del Sr. Lazarescu), cada una a su manera, reflejan las tensas relaciones entre el pasado inmediato (los años de la dictadura de Nicolae Ceausescu) y la afanosa búsqueda de un paraíso y un edén que hiciera olvidar aquellos tiempos de regímenes fuertes.

El último de los cineastas citados es el responsable de Sieranevada, fiel exponente de la calidad del cine rumano, de sus decisiones de puesta en escena, de la construcción de mundos grises y en permanente tensión, de supervivencia cotidiana y de mirar al pasado con rabia pero también con preguntas y frases que no tienen respuestas. Como si el paraíso deseado luego del fusilamiento de Ceausescu y señora, como últimos exponentes del sistema de vida comunista, hubiera previsto un mejor futuro y un mundo teñido por la esperanza, los films rumanos de los últimos años –más allá de las decisiones de cada director- plantean más de un interrogante, una certeza que se diluye pronto, una aseveración que ya no tiene respuesta concreta.

Como micromundo de la Rumania de estos días las casi tres horas de Sieranevada auscultan en problemas familiares, cruces ideológicos, frases altisonantes, planteos públicos y privados sobre un país y en relación a un clan numeroso encerrado en una enorme casa a la espera de un hecho religioso de tonalidades fúnebres. Ocurre que en esa casa interminable, repleta de pasillos y habitaciones pequeñas ocupadas por un abrumador mueblerío, los hijos, sus esposas, la madre viuda, gente que llega tarde y se suma, inesperados visitantes como una chica serbia supuestamente drogada) esperan el arribo de un cura católico/ortodoxo para un ritual final sobre el padre fallecido que, entre otras cuestiones, se representa a través de la herencia de un traje.

Con las tradiciones a flor de piel (hay una abundante comida ya lista pero nadie puede comer hasta que termine el ritual), los personajes van y vienen por esas diez habitaciones hablando de la actualidad (terrorismo incluido), mostrando sus taras y paranoias, vociferando cuestiones a favor del régimen anterior y, en contraste, replicando sobre las atrocidades del comunismo rumano y soviético, disertando sobre sus profesiones y arriesgando frases sobre una coyuntura que ni ahí parece la prometida luego de la navidad de 1989.

Sin embargo, con todos estos materiales, el riesgo de Sieranevada implicaba caer en la retórica naturalista, en el mensaje subrayado, en el texto de barricada para mentes bienpensantes. Por suerte, Cristi Puiu, salvo en un par estallidos catárticos, estimula la puesta en escena a través de planos secuencia construidos como finos mecanismos de relojería, con el empleo de un tiempo (casi) real que abarca la totalidad de la película, con la certeza que a través de una información desparramada de forma dispersa podrá edificarse un discurso coral y de múltiples voces donde ninguna voz adquiere protagonismo por encima de las otras.

Puede que resulten algo reiterativas ciertas conversaciones y silencios y que las casi tres constituyan un exceso. Pero el cine de Cristi Puiu es así: desde el martirologio del señor Lazarescu hasta el definitivo declive mental del personaje de Aurora (interpretado por el mismo director), Puiu necesita el tiempo suficiente para narrar sus grises relatos y sus universos irónicos y contemplativos sobre un mundo burocrático a punto de explotar pero que parece (casi) resignado en ese contexto.

Si hasta Lazarescu y Vionel (Aurora) podrían encarnarse en el cadáver al que le que rinde honor el particular clan de Sieranevada.

SIERANEVADA
Sieranevada. Rumania/Francia/Croacia/Macedonia/Bosnia y Herzegovina, 2016.
Dirección y Guión: Cristi Puiu. Producción: Anca Puiu. Fotografía: Barbu Balasoiu. Montaje: Ciprian Cimpoi y Letitia Stefãnescu. Diseño de producción: Cristina Barbu. Intérpretes: Mimi Branescu, Judith State, Bogdan Dumitrache, Dana Dogaru, Sorin Medeleni, Ana Ciontea, Rolando Matsangos, Ilona Brezoianu, Ioana Craciunescu, Valer Dellakeza. Duración: 173 minutos.

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