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Cuando se supo que Ricardo Darín iba a hacer de presidente argentino, muchos pensaron que era lógico porque el actor es alguien al que seguramente buena parte de los argentinos votaría. En el comienzo de La cordillera, se llega al despacho del presidente Blanco (Ricardo Darín) luego de recorrer los pasillos de la Casa Rosada -desde lo más alejado del poder, la puerta por la que entran los proveedores-, hasta llegar a la sala de reunión de sus colaboradores. Es un comienzo virtuoso a través del cual se nos deja en claro la situación que se esta de viviendo en el seno de ese gobierno, que llegado al poder hace unos meses, que está jaqueado por distintas razones políticas y por la amenaza interna de el ex marido de la hija del presidente, quien asegura estar dispuesto a contar un negociado del presidente realizado cuando este era gobernador de La Pampa.

Cuando el espectador se encuentra con el protagonista lo ve tirado en el avión presidencial, escuchando música y con un antifaz que le asegura oscuridad total. Una vez que se incorpora y se reúne con su jefe de gabinete tiene que escuchar a un periodista, que en los hechos es la voz nada menos que de Marcelo Longobardi, que le dice desde la radio que nadie sabe quién es realmente el presidente de la Argentina, que lo maneja el jefe de gabinete (extraordinario Gerardo Romano) y que va a pasar un papelón en una cumbre de presidentes.

La cordillera entonces es el relato de cómo el presidente deja de ser un enigma y asume el poder de manera real. En el camino de esa toma real de un poder y de toma de decisiones, al espectador se van a despejar la dudas al espectador sobre quién es ese primer mandatario aparentemente anodino.

El director Santiago Mitre (El estudiante, La patota) junto al aquí guionista Mariano Llinás (Historias extraordinarias, La flor, Balnearios), armaron con astucia el entramado de la historia del presidente Blanco desde que llega a la cumbre como un presidente que a nadie le importa demasiado, hasta que toma decisiones y se muestra como un personaje capaz de nombrar a Carlos Marx frente a una periodista española o de reunirse con el representante de una potencia de igual.

En el medio deberá lidiar con la situación familiar a punto de estallar, con una hija que es claramente un problema por su situación emocional por un lado, pero también por ser testigo de la historia del presidente antes de que fuera conocido por los votantes.

La cordillera es una película bien filmada, bien producida y con actores que realmente le ponen el cuerpo a todos los personajes del relato. Está claro que la historia de la hija y el tratamiento le permiten a la película entrar en una dimensión diferente un poco fantástica, lo que en consecuencia la habilita para inclusión de la idea de un pacto demoníaco.

Santiago Mitre demuestra ser un director con grandes recurso y extraordinario manejo de actores y Darín rubrica el consenso sobre que es el gran actor latinoamericano de estos días. De todas maneras deja al espectador la labor de terminar el rompecabezas de una historia que no todos quieren ver y que a muchos les molesta, porque al fin y al cabo todos sabemos que el poder no es para cualquiera y aprender a manejarse con él no es gratuito. El tema es saber cuánto está dispuesto entregar en esa lucha y cuánto de sufrimiento o de disfrute hay en el ejercicio de sus funciones.

LA CORDILLERA
La cordillera. Argentina/Francia/España;2017.
Dirección: Santiago Mitre. Intérpretes: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Erica Rivas, Christian Slater, Elena Anaya, Paulina García, Daniel Giménez Cacho, Gerardo Romano, Alfredo Castro y Rafael Alfaro. Guión: Santiago Mitre y Mariano Llinás. Fotografía: Javier Julia. Música: Alberto Iglesias. Edición: Nicolás Goldbart. Diseño de producción: Sebastián Orgambide. Duración: 114 minutos.

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