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Llevo veintiún años ligado a la crítica de cine. Veinte de ellos escribiendo sobre películas en distintos medios; el último dedicado a eludir el pedido de el editor de este medio, Hugo Sánchez, para una nota sobre la crítica de cine. Tanto empeño -el de Hugo para pedírmelo, con tonos que pasaron con toda justicia de la amabilidad a la ira y a la promesa de terribles represalias- como el mío en buscar pretextos (la página en blanco, una crisis creativa terminal, demencia senil precoz, la cancelación del proyecto Belgrano cargas, entre otros) tenían que encontrar un final feliz. O un final. Que es el que sigue a continuación y ustedes tienen el privilegio de leer en primicia absoluta de Subjetiva. De nada.

I– Veinte años son un pequeño paso para la humanidad pero un enorme salto para mí. Es el tiempo en que pasé de una madurez estresada de argentino promedio al inicio de una vejez adusta; de padre enojado a abuelo chinchudo; de redactor ad honorem en una prestigiosa revista especializada a redactor ad honorem en una prestigiosa página web especializada. Siempre el honor incólume y la frente bien alta. Ni un amago de retribución, ni un billete que intentara comprar mi opinión; honrado a la fuerza y virgen. Así estamos, próximo a la jubilación y el pescado sin vender. Pero no, no cunda el pánico, no me jubilo de la crítica, apenas lo hago como trabajador autónomo. Seguiré molestando páginas web en las que, a veces, me recompensa algún “me gusta” (Muchas otras no; recuerdo que una vez una lectora me preguntó si yo era pelotudo o me hacía, y también porqué no fundaba una iglesia evangélica electrónica brasileña. No le contesté, no tenía respuestas para ninguna de sus dos preguntas).

No, no me estoy quejando aunque lo parezca. La crítica ha sido un espacio de libertad personal y de reflexión pública e íntima que creo haber ganado en mi íntimo provecho, un lugar de amistad, emociones y tomas de partido en donde no he hecho más que aprender y disfrutar. Me ha tocado acompañar una etapa distinta de la crítica cinematográfica en la Argentina y la invitación de mi amigo Hugo es una buena oportunidad para hacer una reflexión a modo de balance que vaya más allá de mi recorrido personal.

II– Hace veintiún años yo era un cinéfilo diletante que, de golpe y porrazo recibí la invitación de un amigo, Roberto Pagés, para escribir en una revista nueva que él dirigía; se llamaba La vereda de enfrente, duró trece números y fue, de todas las que conozco en Argentina, la mejor –lejos- en escritura y en hacer honor a su epígrafe “La pasión por el cine”. La radicalidad de su título y de los textos del director Pagés hicieron inevitable que sus escasos lectores la remitieran a una disputa con la otra revista de cine, la que entonces dominaba e imponía criterios en la crítica argentina: El Amante-Cine. La disputa no se sostenía en la voluntad de pelea de Pagés, como muchos suponían desde el nombre elegido por su mentor; ”La vereda de enfrente” remitía según él a un misterioso verso perteneciente a La fundación mítica de Buenos Aires, aquel enorme poema de Borges (“¿Y fue por este río de sueñera y de barro/que las proas vinieron a fundarme la patria?… Solo faltó una cosa: la vereda de enfrente”). Aquella voluntad combativa de Pagés nunca halló respuesta en la poderosa prepotencia novata de El Amante (“cuando uno no quiere dos no pelean” es lema primario del boxeo); sin embargo yo creo que de aquel nonato enfrentamiento surgió la crítica de cine en nuestro país tal como hoy la conocemos. (Apunte al margen: el desafío debe de haber tenido su magnitud porque de él dejó cuenta nada menos que Cahiers du Cinema, que lo mencionó en una crónica de uno de sus críticos presente en el Festival de Mar del Plata 1996).

¿Por qué soy capaz de sostener tal hipótesis? Porque en los años anteriores (puedo dar cuenta desde mediados de los sesenta) la crítica de cine en la Argentina no existía. Porque, por razones que no expondré ahora ni a título de conjetura pero que aunaban el desdén del cine como un apéndice de las artes pertenecientes a la alta cultura; el fervor de la militancia política de la época que anteponía el deber testimonial al expresivo, y una importante dosis de snobismo y/o tilinguería, el mismo que, presente en toda manifestación cultural argentina de ayer y hoy es en realidad una más de las señales de nuestro innato sentimiento de inferioridad frente al mundo que “de verdad” sabe, la vieja Europa occidental.

III– ¿Qué había en lugar de crítica entendida como un ejercicio de reflexión sobre su objeto, cómo una visión de cada película generando un universo autónomo con sus reglas propias? Había enciclopedismo, reflexiones filosóficas y/o políticas a partir de un film pero casi siempre olvidando a éste en el camino. Desdén o nula información sobre la escuela crítica que cambió la visión del cine a partir de los años cincuenta: la “teoría del autor” defendida por los Cahiers du Cinema con su reivindicación –pecado sin excusa- del cine clásico estadounidense. Durante los años sesenta y parte de los setenta la visión predominante en nuestro país se constituía en defensora de un eurocentrismo que, en el cine y con los Cahiers, había cambiado de sujeto; sin embargo sus defensores eran un grupo de críticos cultos, honorables y honestos en todos los sentidos posibles de ésta ajetreada palabra: José Agustín Mahieu y Jorge Miguel Couselo eran los nombres principales, también Salvador Sammaritano como difusor a través del Cine Club Núcleo y su revista Tiempo de cine. Podemos anotar la encendida hagiografía bergmaniana que practicaba Leo Sala, uno que después perdió todo rumbo.

Puedo equivocarme, es posible que me falte información, al fin y al cabo yo era por esos años un adolescente provinciano que veía películas en las dos salas de mi pueblo y trataba de buscar alguna orientación, algún saber adicional sobre ese entretenimiento que sorbía mi seso desde mi primerísima infancia. Entretenimiento que se había mudado a otra dimensión cuando, a mis quince, vi una película misteriosa y para mí desconocida: Un condenado a muerte se escapa de Robert Bresson.

En ese chato panorama sobresalía por entonces un nombre que rápidamente y con el fervor que solo permite la adolescencia, ocupó para mí el lugar de un gurú: Edgardo Cozarinsky, que desde Primera Plana primero y luego desde Panorama, hablaba un lenguaje distinto, analizaba con una mirada que yo quería hacer mía, formada en la alta cultura pero desprejuiciada y abierta frente al fenómeno del arte del siglo XX. A su lado se emparejaba –lo supe mucho después- la sabiduría disimulada tras de la discreción de Alberto Tabbia. Cuando a principios de los setenta, Cozarinsky emprendió su largo exilio europeo del que volvió convertido en cineasta de culto y escritor de ficción, cuando el propio Mahieu debió exiliarse durante la dictadura para esquivar las repercusiones de una obra de teatro escrita por su esposa Roma: Juegos a la hora de la siesta, la crítica de cine se transformó en un páramo en la Argentina, un vacío que se perdió en la noche de terror y crueldad que sobrevino a partir de entonces ¿Qué importaba que en la heroica sala de la Cinemateca en Hebraica descubriéramos El hombre quieto de Ford, si afuera las Tres A asesinaban a Ortega Peña? ¿Qué importaba que siete días antes del golpe militar muriera en Roma Luchino Visconti, si en el homenaje al que asistimos en la Dante vimos por primera vez La terra trema vigilados por infinitos pares de ojos que estaban más concentrados en la platea que en la pantalla?

IV– Curiosamente y no en vano tratándose del amoral terreno del arte, la alternativa vino desde uno de los medios que voceaban el terror, el diario Convicción, portavoz de la Marina o de Massera, tanto da, en donde descubrimos las críticas de tres desconocidos, Rodrigo Tarruella, Roberto Pagés y Angel Faretta; un lenguaje distinto, una visión que establecía un impensado –y seguramente no deseado en forma recíproca- nexo con la ausente mirada de Cozarinsky. Un susurro de libertad surgido del corazón de las tinieblas. Alrededor de ese trío comenzamos a orbitar muchos de los viudos de la cinefilia sesentista; la lectura se transformó en docencia y en algunos casos en amistad. El trío se disolvió más rápido que Los Beatles y cada uno siguió por su lado, Tarruella cultivando su desventura beatnik hasta su prematura muerte, Faretta alimentando su mito desde lo alto de su erudito hermetismo y Pagés yendo y viniendo desde la Argentina al mundo mientras carga a cuestas con la cruz de su calidad de escritor que de tanto en tanto se detiene en el cine.

Pasaron los años, cayó la dictadura y con la democracia la voz de los renovadores de la crítica (Tarruella dixit) se disgregó. Faretta y Tarruella dejaron huella en Fierro, Pagés paseó por varios medios. Curiosamente el lugar de encuentro de todos, discípulos y maestros, se trasladó a los bosques de Palermo en donde nos unían maratónicos partidos de fútbol que terminaban con la puesta del sol y juntaban hasta treinta jugadores que a menudo no sabían literalmente para qué equipo jugaban. Allí estaba la siguiente generación de críticos: Sergio Wolf y Gustavo Castagna, el emigrado Pascual Quinziano, Carlos “el Negro” García, polifuncional del fútbol, la cinefilia y la dirección (“El hombre que más películas ha visto en la Argentina”, otra vez Tarruella dixit), Marcelo Stilettano, Pablo Voitzuk, cinéfilo y melómano creador del sello Aqua Records, los venerables Pagés y Tarruella (haber visto a Tarruella descubriendo el fútbol y el milagro de lo lúdico con su miopía y su torpeza universal, es un privilegio extraño que agradeceré al dios de los cinéfilos el día en que lo encuentre). También estaban otros nombres hoy perdidos para la cinefilia y la crítica como Guillermo Jacubowicz, actual funcionario neoyorquino de IBM –el gestor de los encuentros- y Eduardo Plouchuk, bestia cinéfila dedicado a fotografiar interiores humanos. Alguna vez anduvieron por ahí Guillermo Hernández, Axel Kuschevatzky y Marcelo Birmajer, con quien afortunadamente no me he vuelto a encontrar. Entre todos ellos yo me mezclaba aprovechando la noche y niebla palermitana para disimular mi torpeza y vergüenza motriz. Eran los tiempos finales de la claudicación alfonsinista y el comienzo de la impune fiesta menemista. Veíamos los flamantes VHS y discutíamos salvajemente sobre películas mientras la tierra tremaba a nuestro alrededor. Muchos no resistieron los sacudones y se marcharon a mullidos exilios. Nos quedamos solos otra vez, con las pelotas de fútbol expuestas y a los gritos, que nadie escuchaba. Ridículos y confundidos.

Por cierto no éramos los únicos cinéfilos de Buenos Aires, apenas una más de las tribus de una incipiente e inesperada explosión que se aproximaba. Por esos tiempos conocí a un pibe muy joven, casi adolescente, tímido y serio, que ya se había ganado un nombre en el ambiente, Fernando Martín Peña se llamaba. Él había elegido un camino discreto y menos gregario para ejercer su pasión; a lo largo de los siguientes años lo acompañaron el inolvidable Octavio Faviano y Fabio Manes. Editó una revista –Film– en la que yo colaboré fugazmente. Junto a Faviano primero y luego a Manes programaron los legendarios ciclos de la Filmoteca en sus diversos emplazamientos, dirigió el Bafici y hasta hace poco se encargó de la dirección artística de Mar del Plata, dirige el área de cine del Malba, esporádicamente escribe críticas con una versión personal y absolutamente independiente. Y por sobre todo recuperó y restauró miles de copias de películas perdidas de entre las cuales una lo llevó al Olimpo mundial de los cinéfilos: la versión completa de Metrópolis de Fritz Lang, un mito cinematográfico que él descubrió en los inciertos archivos del Museo Municipal del Cine y luego restauró junto a Paula Félix Didier (una mujer cinéfila de alta gama entre el triste machismo de la cinefilia) y un pequeño y heroico equipo. Su camino es diferente al mío, al de cualquiera de nosotros, podría quedar afuera de esta pequeña crónica de chismes y costumbres sino fuera porque su trabajo cubre por sí solo casi la totalidad del frívolo mapa cinéfilo de nuestro país.

V– Y entonces llegó El Amante, la desconfianza inicial a partir de su poco feliz nombre, el comienzo de su lectura a partir de la incorporación –al cabo fugaz- de Pagés y Tarruella, el hábito de leerla mes a mes para disentir la mayor parte de las veces a partir de nuestra altiva, antigua y nunca reconocida matriz cinéfila. Bastardos sin gloria que veíamos como los advenedizos usurpaban un trono que nunca había sido nuestro. El Amante era el resultado del desparpajo y la improvisación de un trío (Quintín, Flavia, Noriega) de personas cultas e informadas a la manera de las élites culturales porteñas, que fueron aprendiendo de cine sobre la marcha, conviviendo con cinéfilos de añejo pedigree (Russo, Castagna, Jorge García) o miembros de la primera generación de académicos del cine (Oubiña, La Ferla), y llevando a la rastra a una empeñosa madeja de voluntariosos, entusiastas aprendices del cine y la escritura. Al mismo tiempo una puesta al día de las últimas tendencias del cine y la crítica mundiales, una novedad absoluta para nuestro medio pelo cultural que recién en la tardía libertad post dictatorial comprendió que el cine podía ocupar un lugar en el podio de la cultura digna de respeto. Nada más argentino, la Biblia y el calefón, un billete de lotería premiado que alguien perdió en una vereda (no en la de enfrente) y otro levanto y fue a cobrar. No hay menosprecio para sus creadores, estar en el lugar justo y en el momento oportuno es un mérito del que pocos pueden vanagloriarse. Toda revista es política. Los creadores de El Amante lo supieron desde un principio e hicieron política cultural. Plantaron bandera hablando de todo el cine cuando el posmodernismo imponía el fin de los discursos unívocos. Y al mismo tiempo fueron parte del discurso posmoderno desde la liviandad y el todo vale. Para aquí o para allá o todo lo contrario. Política argentina, vizcachera escupidora de algunos asados y comensal en la mesa de otros; vicio y virtud (más del primero que de la segunda. Así se convirtieron en punto de referencia. En un reciente artículo publicado en Hacerse la crítica, la página web en que colaboro, Hernán Gómez, alumno de las primeras promociones de la Escuela de El Amante y hoy uno de los editores de Hacerse…, resaltaba el brillo del fervor cinéfilo que se generaba en la redacción de El Amante, un lugar irrepetible para toda una generación joven que los viejos no supimos comprender.

A esa revista me incorporé aceptando una sorpresiva invitación de Quintín. Allí estuve doce años vertiginosos que disfruté como nunca lo hubiera imaginado, aprendí lo poco que se del oficio periodístico, hice muchos amigos de los que con el tiempo perdí unos cuantos. Después vino el inevitable declive y la deriva hacia la otra política, la de verdad en donde juegan los intereses grandes, la que montó al núcleo de acero de El amante en el carro de los triunfadores del presente; de éste tiempo de ignominia y miseria moral y material en el que muchos no queremos, ni sabemos ni podemos tener lugar. Así hoy El Amante, mutado en perro supremacista blanco, sobrevive como una página web de nombre afortunado y acorde a la época, el Perro Blanco de Sam Fuller odiaba a todo lo negro y oscuro; un ángel exterminador o un gorila albino, la ideología de El Amante cine continúa, licuada o teñida en Perro blanco, ahora en línea con el derechismo negacionista y despótico del actual poder político. Pero el sueño terminó, la influencia de su discurso no podrá ser superior a la de otras páginas web, Subjetiva o Hacerse le crítica, Cines argentinos o Con los ojos abiertos; todos estamos en el mismo lugar, ya no hay primacías y hay por el contrario otra vez un espacio vacío por llenar, que ya no será exclusivo de ningún nombre individual o de ningún medio. Hemos ganado una libertad que no estamos dispuestos a perder.

VI– Y estos han sido mis veintiún jóvenes años en la crítica. Años de gracia que debo agradecer a mi amigo Pagés, también a Quintín y a unos cuantos más, muchos nombrados en estas líneas. Veintiún años versión extendida. Como una yapa que nadie me pidió pero deseo que igual agradezcan. Otros continuarán esta historia.

* Eduardo Rojas. Crítico de cine y escritor. Fue redactor de La vereda de enfrente y El amante y colaborador de diversas revistas y páginas web especializadas en Argentina, Perú y España. Actualmente es redactor de la página web Hacerse la crítica. Es autor de Puma cebado y otros cuentos , Ediciones del Subsuelo.

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