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Si para muchos Les Plages d’Agnès (2008) debía considerarse un virtual testamento cinematográfico de la extraordinaria realizadora Agnès Varda – que acaba de recibir el Premio Donostia a la trayectoria-, con 89 años presentó este año Visages, Villages (Caras y lugares), que ganó el L’Oeil d’Or al Mejor Documental en Cannes 2017. Con una enfermedad en la vista y dificultades para caminar, la veterana directora se juntó con el joven fotógrafo y artista gráfico urbano JR para hacer lo de siempre: preguntarse sobre la vida, toda la vida que transcurre para todos y sobre todo, para los comunes, los que tienen vidas ordinarias, su obsesión desde siempre.

Curiosa y dispuesta a ver aun cuando sus ojos no la acompañen como quisiera, interactúa con JR, se suben a una combi, recorren el interior francés, hablan con trabajadores, amas de casa, oficinistas, llegan a pueblos a punto de ser barridos por la modernidad, otros directamente abandonados, van a un astillero, sacan fotos de rostros, cuerpos, hacen gigantografías. Mientras tanto Agnès se hace tiempo para la consulta con su oculista, bromea con su coequiper  -deliciosos diálogos punzantes sobre la edad, la altura, los anteojos, un entrañable par de amigos-, saca más fotos, cuenta anécdotas.

La película se trata de las búsquedas, de afirmaciones, de encontrar sentidos sobre paisajes grises. Divertida, reflexiva, genuinamente emocionante y por momentos devastadora –la excursión a la casa de Jean-Luc Godard, amigo de Varda con quien arregla un encuentro es realmente conmocionante- de Visages, Villages también es un diálogo entre dos artistas a los que aparentemente no los une nada –ni tiempo, ni espacio, ni edad-, pero que se respetan y pueden producir nuevos acercamientos a la mirada a partir de esa relación.

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