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A la orilla del Paraguay Don Diego de Zama contempla el transcurrir del tiempo reflejado en el oleaje mínimo de la marea. De postura erguida y en tres cuartos perfil el cuerpo del hombre juega con el fondo una relación de equilibrio casi perfecta. Se podría camuflar con el ambiente, aunque se percibe que hay algo que desencaja. Diego de Zama, el corregidor, trabaja para la corona española. Sin embargo, su vida cortesana no es la esperada. Entre audiencias de pobladores locales con problemas inútiles y un presente personal latente, Zama lo único que hace es esperar.

En el noreste argentino durante el 1500 el virreinato español dominaba la zona bajo las órdenes de un Rey que nadie conocía, pero todos debían obedecer. Su representación, un gobernador infame, sólo acrecentaba la desconfianza de un pueblo sumido en las costumbres locales, el lujo de pocos y el mestizaje. Mientras tanto, y en la frontera entre la riqueza y la pobreza, Zama, intenta conseguir lo que viene esperando hace mucho tiempo: su traslado a Buenos Aires.

No es novedad que Lucrecia Martel sea la experta de la puesta en escena cinematográfica. Bastaría con enumerar sus obras y mediante la elección de cualquier escena al azar hacer un análisis formal. El trabajo de Martel propone siempre un manifiesto de amor al cine, es así como cada plano de sus películas no sólo lo demuestran, sino que lo expresan de manera explícita con recursos como la utilización de la profundidad de campo y la multiplicidad de acciones en capas, los primerísimos primer plano de rostros, el meticuloso diseño de sonido (que nunca olvida esas chicharras propias del clima cálido que tanto recuerdan a los pantanos) y una cámara segura que no le teme a los saltos de eje (Martel se caga en la ley de 180º).

En esta oportunidad, y tras diez años de ausencia, Zama viene a confirmar que Martel está más presente que nunca de la mano de un cine imperfecto que destila realismo. El acercamiento a la cotidianeidad norteña, ahora en el siglo XVll, no hace más que exponer la artificialidad de la pose. El ridículo de la parodia y el disfraz son, en este caso, los recursos que la directora salteña elige para dar curso a la historia de Diego de Zama adaptando la obra de Antonio di Benedetto.

Zama se sostiene, por supuesto sobre la historia del escritor mendocino, pero cinematográficamente en dos ejes. Por un lado, la degradación física del protagonista, y por el otro, la irrupción del elemento mágico (tan propio de Martel). Don Diego de Zama lleva, por su cargo, una investidura que lo diferencia del resto: una peluca colonial como símbolo jerárquico, y una buena posada con muebles elegantes acordes a su rango. Con el transcurrir de la peripecia, serán cada uno de estos elementos los que se vean vulnerados (hasta su desintegración) como metáfora de la desaparición de las esperanzas del protagonista quien ve su deseo de ser traslado como un sueño imposible de alcanzar. El cuerpo de Zama, notablemente en proceso de putrefacción física y mental es una bomba de tiempo en la que Martel se apoya para transmitir la corporeidad de la espera eterna. A su vez, este elemento orgánico permite revalorizar uno de los tópicos predilectos de la salteña: la vitalidad de los cuerpos humanos y su desgaste.

El otro pilar (también revisitado por la directora en previas oportunidades) es la emergencia del elemento mágico. En los films de Martel el extrañamiento es el clima que habita la atmosfera, y Zama no es la excepción. El halo de la muerte está presente en cada uno de los susurros de las voces que, algunas con miradas a fuera de campo, regalan un ambiente de incertidumbre, y también en las sombras de los fantasmas que habitan la colonia. La mente de Diego de Zama está perturbada por el calor constante y la injusticia de la traición, pero la oscuridad que palpita no es producto de su imaginación, es más bien, otro rastro de artificialidad del relato. La enunciación es manifiesta y la exacerbación es la caja que se mueve sola y la duplicación del niño muerto entre otros, como por ejemplo la brutalidad de los salvajes rojos o las picaduras de alimañas autóctonas.

Zama marca el regreso de una realizadora prodigio que ama el cine. Disfrutémosla. Paula Caffaro 

Durante las larguísimas dos horas de la última película de Lucrecia Martel, me vinieron a la cabeza muchas de las charlas que tuve con Antonio Di Benedetto, poco antes de terminar su exilio y regresar a la Argentina “democrática” donde le habían prometido muchas cosas que después Alfonsín no supo, no quiso o no pudo. En aquellas charlas sobre literatura, sobre su literatura y otras muchas cosas que merecerían hacerse literatura, con ese pudor y modestia casi patológica que administraba en grandes dosis, alguna vez me confesó, que no había vuelto a leer Zama, por temor a encontrarse con errores y defectos.

Quien haya transitado la novela de 1956, acordará conmigo que el único defecto es su paleta de texturas y sabores que la hace prácticamente inabordable en su dimensión absoluta, casi metafísica donde un hombre se debate en el arcano de la espera y el olvido.

Poco antes de su muerte en octubre del 86, Di Benedetto me había comentado, con recóndita ilusión, que había un proyecto remoto de llevarla al cine. Era claro que para quien lo intentase sería un trabajo de delicada cirugía, aquel proyecto quedó en la nada como el destino de Zama. Por eso cuando me aliste para ver la versión cinematográfica de una de las novelas más importantes de la literatura argentina, que se codea con el Juguete rabioso de Roberto Emilio Godofredo Arlt, Adam Buenos de Marechal o las Nubes del “Turco” Saer, lo hice con ese vacío estomacal que me produce la Selección Argentina desde que el Loco Bielsa, bien nos colgó la medalla olímpica de las pestañas y se fue.

Respiré profundo y me sometí como Zama a ser víctima de la espera, poca agua de ese río barroso y obvio había corrido cuando entendí que Martel, no había hecho un trabajo de alta cirugía, que reclamaba el autor de Los suicidas, sino todo lo contrario, había diseccionado la novela de Antonio, con el criterio y el hacha oxidada de un carnicero frenético.

De aquel Zama que yo había leído como un talibán los hadices del Profeta, como un plan maestro, ¡que como un plan maestro! Como un plan celestial de cómo construir gran literatura, solo sobrevivieron algunas palabras deshilachadas. Que apenas farfullan los actores balbuceantes.

Zama se deslinda en eso, con un preciosismo tan insolente como efectista, donde como es usual en la directora trabaja lo mágico y maravilloso, para su clientela europea, que ignora que García Márquez ya ha muerto hace unos años y Alejo Carpentier mucho más .

Los personajes entran y salen por puertas y arcadas, cruzan establos y salones, sin saber a dónde van, pero con un ánimo que ya hubiera querido los hermanos Marx. Matan caballos sin explicaciones, surgen llamas, no de fuego, si no ese simpático mamífero artiodáctilo doméstico de la familia Camelidae, (gracias google) que por momentos parecen estar reclamando un parlamento. De agregar exotismo hubiera faltado un rinoceronte, una cebra y un hipopótamo, ya que negras en tetas hay algunas.

Por momentos, algo olvidado me llamaba desde muy lejos quizás sea el rio, el calor o la very typical selva sudamericana, un murmullo, que no era el que continuaba en la pantalla al que hacía tiempo me había resignado a no entender, me remitía a vidas pasadas a eras geológicas atrás ¿Aguirre la ira de Dios? No claro sin la locura de Kinski, ni el genio de Herzog. Seguí buscando y llegue a la maravillosa Hamaca paraguaya de Paz Encina, pero tampoco, los alucinados de Glauber Rocha, pero no, seguí insistía perseverante, ¿qué había en el fallido film que me resultaba familiar? casi al final mientras se ve la barca donde viaja derrotado para siempre el corregidor don Diego de Zama, ese que jamás Antonio quiso volver a visitar, recordé las arpas la banda música que Armando Bo, utilizó para La burrerita de Ypacaraí, por la que a cada uno se fue haciendo adepto a la Secta del Fénix, no por el cine, sino por Borges.

Posiblemente la crítica cool, que gusta de las niñas santas, las mujeres sin tetas, perdón, sin cabeza, abale este nuevo desatino de la directora. Los que sin duda no abalaran son aquellos que como se dice en Venezuela, se han bajado de la burra para pagar la entrada. Guadi Calvo 


ZAMA

Zama. Argentina/Brasil/España/Francia/Holanda/México/Portugal/Estados Unidos:
Guión y dirección: Lucrecia Martel. Intérpretes: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Juan Minujín, Rafael Spregelburd, Nahuel Cano, Mariana Nunes y Daniel Veronese. Fotografía: Rui Poças. Edición: Miguel Schverdfinger y Karen Harley. Diseño de producción: Renata Pinheiro. Sonido: Guido Berenblum. Distribuidora: Buena Vista International. Duración: 115 minutos.

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