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A dos semanas de su estreno, con una repercusión de público más que atendible y en medio de los numerosos textos que se escribieron sobre la película (y se seguirán escribiendo), el mito Zama, la vuelta de Lucrecia Martel luego de 9 años sin filmar largometrajes, ha sido revelado y ya pertenece al pasado. O es noticia vieja.

En todo caso, desde mucho tiempo antes del estreno, ya se escribía sobre la directora y su nuevo film. Es que el retorno no era uno más: tan parecido al de su admirado Leonardo Favio (y la admiración fue recíproca), que estuviera 15 años sin filmar entre Soñar soñar y Gatica, el Mono, pero también diferente, ya que las coyunturas y los contextos, los planteos estéticos e ideológicos y los aspectos públicos y privados entre ambos difieren en más de una ocasión.

Me refiero a la ansiedad (especialmente de la crítica) por la vuelta de una directora esencial, que solo con tres largos había conformado un corpus temático y formal intransferible y de inmediato reconocimiento. Semejante expectativa, como se esperaba, provocó cierta pre-algarabía de los críticos (me incluyo) que, frente a la postergación un par de veces y ya producido el estreno, no hizo más que engordar la importancia y el prestigio bien ganado de su directora.

Pues bien, Zama está en cartel, hay que verla sí o sí, es una de las películas argentinas más relevantes de los últimos años y la confirmación, si aun era necesario, de que Martel es una de la creadoras más autoexigentes de cualquier cinematográfica.

Ya arrojados los fuegos artificiales y las serpentinas por la ansiada vuelta, me permito un par de breves comentarios sobre la película que no tienen ni por asomo la intención de parecerse a una crítica de cine. Más que nada aludiré a sensaciones, personales, claro.

Vi Zama dos veces, con una semana de diferencia. La primera visión fue arrolladora, aluvional, invadida por todo aquello que Martel sabe sobre el lenguaje del cine y la forma perfecta y impecable con la que presenta, elabora y convierte esos materiales. Aclaración: no voy a hablar del argumento, ya que todos los interesados por la novela original y por el cine de Martel, conoce de memoria.

Más aun, ¿cuál es el argumento de Zama? ¿Qué cuentan las dos horas de película?, son interrogantes en donde aquello que se narra no interesa tanto como sí apreciar la forma en la que se narra o, en todo caso, las decisiones que toma la directora para construir un espacio, una atmósfera, una espera, unos personajes determinados, pero más que nada, unas voces (un sonido, claro) que tiene un importante peso dramático. En esa primera mirada gocé de los encuadres, el uso de la música, la primera escena en la Zama es acusado de mirón, ese animal (una llama) que se suma al cuadro invadiendo un espacio privado aun por unos instantes, ese uso del color en la última parte, con tonalidades más fuertes que en la primera mitad. Atónito (para bien) disfruté del uso del fuera de campo y de la angustia del personaje, no solo de la espera que padece y vive, sino de esa sensación de quietud eterna que gobierna cada una de las escenas de la película. Quietud que no debería confundirse con hastío o aburrimiento. Todo lo contrario: la perfección visual y sonora de la película me impactó desde el inicio haciendo omitir cualquier definición que aludiera a si Zama terminaría resultándome aburrida o entretenida en su trayecto de dos horas.

Con algunas preguntas a resolver volví a ver Zama que, ya de por sí, fue filmada para ser vista en el cine con un buen equipamiento de sonido. Y allí me planté otra vez frente a esas figuras borrosas, enigmáticas, sensoriales, tan marca de fábrica de su directora. Y fueron cayendo las fichas: los encuadres, el uso del sonido, el fuera de campo, las voces que se chocan y complementan, la música de los Indios Tabajaras, cada uno de los recursos técnicos y formales dirigidos a la construcción del relato (a la puesta en escena en sí misma) otra vez me resultaban perfectos, pero ya conocidos de antemano. Lógico, me dije, al ver (nuevamente) el uso del color (verde), bien artificial en su temperatura cromática, cerca del final del film, cuando la barca se lleva a otro destino al personaje central, ya mutiladas partes de sus extremidades superiores.

Durante esa segunda visión de Zama me pareció concurrir a la mejor escuela de cine del mundo coordinada por una profesora imbatible que expresaba, de acuerdo a los resultados, conocimientos en todas las cátedras y rubros. Cómo se usa el fuera de campo, cómo se recurre a la música diegética o extradiegética, cómo se trabaja el sonido en el cine, cómo se resuelve la conformación de un encuadre que hasta supera la perfección.

Salí del cine, ahora abrumado por dos horas de clases a la que ya había concurrido una semana atrás.

Zama es una lección de cine, auténtica, superior, única en su especie. Tan contundente se manifiesta como tal que, por momentos, se hace necesario hasta raspar un poco su superficie para ver que hay detrás de ella. Acaso una película, tal vez una instalación rigurosa y maravillosa debido a sus apuestas formales.

O como dijera hace más de sesenta años Orson Welles sobre aquello que le interesaba del cine: una hermosa abstracción disfrazada de película.

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