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Sinfonía para Ana es la primera película de ficción de los muy buenos documentalistas Virna Molina y Ernesto Ardito. En este caso, como en muchos otros, el concepto de ficción se tensiona hasta fusionarse con las agudas pinceladas de realidad documentada. Molina y Ardito son documentalistas y la doble mirada que instaura la película no solo habla de sus intenciones como cineastas sino de sus convicciones ideológicas.

Sobre el comienzo de la película, dice la voz en off que se “desespera cuando se le borra un rostro”. El borramiento, las sombras, los recuerdos como refugio, los fantasmas son los materiales sobre los que trabaja la película situada en la década del 70 y específicamente en el Colegio Nacional Buenos Aires. El tiempo, los 70, se actualiza constantemente y habilita con comodidad una lectura desde el presente: la presencia de la militancia en la escuela, el compromiso político de los alumnos, las tomas del colegio con reclamos que, vistos en perspectiva, son similares a los actuales. El pasado y el presente convergen en la película con naturalidad, dejando entrever la circularidad de la historia y la presencia inevitable de la ideología. A fin de remarcar esta confluencia de tiempos, la película se asienta en una historia de amor entre adolescentes que se cuenta con imágenes ficcionadas y a la vez está atravesada por vigorosas secuencias de archivo. Es interesante el punto de vista elegido para contar esta historia que es el de sus protagonistas, esos adolescentes que se inician en el amor y en la militancia.

Si el tiempo se complejiza, el espacio es único. El CNBA con su imponente arquitectura es el escenario a partir del cual desde el comienzo mismo de la película se cuenta esa “apropiación” del colegio por parte de los jóvenes (apropiación no sólo en el sentido de pertenencia entre ese grupo de adolescentes sino de conformación y confirmación de un espacio común que los nuclee) hasta terminar en la ajenidad de ese espacio, en sentirlo un lugar repleto de fantasmas y también recipiente de recuerdos. El deslizamiento es preciso: el Colegio –con su halo mítico- los recibe, los forma, los contiene hasta llegar a expulsarlos, a desterritorializarlos. El Colegio como un espacio que representa un país, un grupo de militantes, al amor vivido como un “deporte”. La representación está en juego en Sinfonía para Ana; la icónica, la de la historia, la de los lazos sociales, políticos, familiares. En este caso las imágenes elegidas por Ardito y Molina ayudan al trabajo de reflexión sobre la representación; el uso del Súper 8, los fuera de campo, la falta de perspectiva, los cuerpos borroneados, la iconografía de la época sustentan esa idea que se menciona en el comienzo: la desesperación ante el “borramiento de un rostro, de un cuerpo”. En definitiva, la pregunta persiste y persiste (hasta el presente más presente): como contar la ausencia, la experiencia, la desaparición, la ideología.

Y esa es la sinfonía de la que habla Ana que fluctúa entre la “más maravillosa música del pueblo” hasta la mítica “Cuando me empiece a quedar solo”, ambas íconos de una época convulsionada. De la inocencia de esos adolescentes que se abren al mundo, a la política, al amor hasta la preeminencia de la realidad con sus aristas más desmesuradas y crueles. Desde ese pasado que refleja, inevitable y lamentablemente, secuencias del presente.

SINFONÍA PARA ANA
Sinfonía para Ana. Argentina, 2017.
Guión, edición, arte y dirección: Ernesto Ardito y Virna Molina. Intérpretes: Isadora Ardito, Rocío Palacín, Rafael Federman, Ricky Arraga, Rodrigo Noya, Vera Fogwill, Javier Urondo, Manuel Vicente, Juan Luppi, Federico Marrale, Mora Recalde y Sergio Boris. Fotografía: Fernando Molina. Sonido: Gaspar Scheuer. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 120 minutos.

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