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Ariel (Juan Nemirovsky) es supervisor en una fábrica. O era. Porque en medio de la crisis que provoca un despido masivo, a él, que se creía que no le iba a tocar la misma suerte, cuando pretende entrar como si nada mientras el resto de los despedidos protesta a las puertas del edificio, le informan que no está en la corta lista de los que van a seguir en la empresa. Lo que sea que fabriquen lo van a traer de Brasil y no va a haber nada para supervisar. Con la cola entre las piernas, el ánimo alterado y la angustia frente a un futuro incierto, Ariel vuelve a su casa justo para el cumpleaños de su suegro. Sin decir nada se escapa por un rato al boliche de su amigo el Tano (Alberto Ajaka), un tipo oscuro que maneja ciertas rutas de tráfico de drogas. El Tano le propone un trabajito a Ariel, que tiene una lancha con la que sale a pescar los fines de semana. Tiene que llevar como pasajeros a unos empleados/cómplices a realizar una entrega a un punto de contacto a la orilla del rio. A él, le aseguran, solo le cabe el puesto de chofer. Ariel, al principio reticente, acepta también motivado por su flamante situación laboral. Las cosas lógicamente se van a descontrolar y nada va a salir como se esperaba.

Atendiendo solo a la historia, Cauce parece una de los tantos policiales que se viene produciendo en el cine argentino desde los 80, con drogas, transas, corrupción y personajes desesperados. Lo que en este caso hace la diferencia es la forma. Todo el film está contado a través de planos secuencia, un recurso que tampoco es la invención de la pólvora, pero que funciona muy bien y le agrega interés a una propuesta que de otro modo camina por lugares largamente transitados.

Se trata de un film en primera persona. La cámara acompaña a Ariel en todo su periplo, se le pega, toma sus expresiones en primer plano o toma distancia. Lo sigue y lo persigue pero nunca lo suelta. Un poco como si los Hermanos Dardenne hubieran filmado un thriller. Cada escena es un plano secuencia casi siempre en movimiento donde se nota una coreografía y una puesta minuciosa para que todo fluya y parezca natural.

Hay un cierto comentario social en la primera parte de la película, en el retrato de cierta actitudes mezquinas y arribistas que reconocemos en nuestras clases medias: La idea que Ariel tiene en un principio de que está todo bien mientras el ajuste le toque al otro y cómo todo cambia cuando el excluido es uno, la forma en que su amigo (que sí se encuentra entre los favorecidos) asume el discurso de la empresa, o la postura pro-patronal de su suegro quien muy suelto de cuerpo declara que si es necesario los trabajadores tienen que comprender las necesidades de la empresa y sacrificarse.

De todos modos, esto cede en la segunda mitad a la trama policial haciendonos asistir a la progresiva encerrona en que su protagonista se va metiendo. Y si el cargamento de droga funciona como McGuffin para meter a Ariel en esa situación nueva y peligrosa, su situación de desocupado reciente funciona más como la excusa argumental para forzarlo a aceptar el encargo y para que el relato avance. Es en esta instancia donde El cauce mejor funciona, al entregarse plenamente a su condición de film de género sin más pretensiones. Su apuesta formal no desentona ni se contradice con este mismo carácter sino que lo refuerza, dejando entrever una presencia ominosa en el fuera de campo, contribuyendo a la identificación con el protagonista y sumando una tensión que logra sostenerse hasta el fin.

CAUCE
Cauce. Argentina. 2017.
Dirección: Agustín Falco. Intérpretes: Juan Nemirovsky, Alberto Ajaka, Luis Machín, Martín Slipak, Agustina Ferrari. Guión: Agustín Falco. Fotografía: Claudio Perin. Música: Ariel Echarren. Edición: Lucio Azcurrain. Duración: 75 minutos.

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