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La ausencia de ornamento es su mayor virtud, impecable propuesta cinematográfica. Desde todos los ángulos Columbus se muestra transparente, como una perfecta caja de cristal. Sus personajes divagan por los espacios como fuerzas, reforzando la tensión que con maestría Kogonada captura.

Cada plano es un cuadro perfectamente pensado, cada elemento ocupa un lugar en relación no solo con la línea, sino también con la luz y el color. Una reflexión intimista sobre la arquitectura moderna, difícil de imaginar, pero donde la palabra estorba la línea expresa. Quizás por austero este estilo de arquitectura, comúnmente, se entiende distante. Kogonada lo retrata encontrando la pura sensibilidad que se esconde tras la abstracción geométrica. Los edificios están, son lugares de memoria y reflexión, comunión de los personajes en una simple procesión de eventos.

El juego con el adentro-afuera, cerrado-abierto, está presente tanto en la puesta como en el guion. El sonido por momentos provoca un sano extrañamiento, que lejos de estropear los planos resalta el ejercicio de una reflexión sobre el espacio cinematográfico. 

Columbus, de Kogonada – Competencia Internacional (Estados Unidos, 2017)

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