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Un mostro pisa fuerte en el festival, la última película de Ben Russell no es apta para espectadores edulcorados. No solo por tratarse de una extensa cinta, tampoco tiene solo que ver con su temática (el trabajo en las minas), es el ruido lo que espanta. Factor de ahuyenta, algunos y fascina a otros.

Interesante y monumental trabajo de filmación, planos extensos en una diversa y compleja paleta de terrenos se alternan con planos cerrados en blanco y negro sobre los rostros de los trabajadores. Sus miradas y gestos quedan retratados con exquisita simpleza, son protagonistas inmortales de bellos minutos. Luego los encontramos escudriñando los amplios planos secuencia que son la carne de la cinta.

De conjunto la propuesta muestra un ejercicio cinematográfico excelente, la comparación entre los dos mundos propuestos es indispensable. La fría y melancólica experiencia de los obreros en las minas de Serbia los muestra aunados a la máquina. El brazo se funde con el percutor en la titánica y, por momentos inútil, tarea de penetrar el vientre macizo de la tierra. En contraposición la minería a cielo abierto de Surinam aleja el miedo a la muerte, aunque la misma sigue presente, fundida a la naturaleza en las sabias enseñanzas de los más antiguos. 

Good Luck de Ben Russell, Francia/Alemania, 2017.

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