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Si uno de los problemas más urgentes son las fronteras que separan a los estados, Europa sobre todo lidia con la cuestión de la inmigración de los desarrapados del tercer mundo que aspiran a una vida mejor en el aún opulento viejo continente. Valeska Grisebach se mete de lleno en la problemática pero de manera oblicua, con un grupo de trabajadores alemanes contratados para hacer la canalización de un río en Bulgaria. Esa es una de las primeras particularidades de Western, teniendo en cuenta que en general, son los obreros de países menos desarrollados los que hacen el trabajo pesado en Alemania. Pero los alemanes tienen una historia en Europa, en donde la Segunda Guerra Mundial juega un papel fundamental en la vida de los países que fueron conquistados por el nazismo, así que el relato ubica a estos hombres de trabajo sacándose chispas con la población local del interior búlgaro.

Sin embargo, Western establece este marco para hablar de las vivencias de los personajes y sobre todo del protagonista, Meinhard, un hombre parco, que demuestra no sentirse cómodo con sus compañeros pero si que va desarrollando un sentimiento de pertenencia con el lugar, primero con un caballo (convertido en un personaje ineludible de la película), luego con la comunidad y finalmente con un búlgaro, con el que establece una relación de amistad a pesar de las diferencias que los separan.

Casi un cuento sobre la fraternidad de los hombres por sobre las divisiones políticas, sociales y culturales, Western está llena de sutilezas, giros determinantes pero nunca bruscos, en donde es posible asomarse a un mundo mejor y que gracias a una puesta tan sensible como inteligente, parece estar al alcance de la mano.

Western, de Valeska Grisebach (Alemania/Bulgaria/Austria, 2017)

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