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El Sr Sterkowitz vive solo en el primer piso de un edificio de monoblock. No se lleva bien con los vecinos, no quiere pagar el arreglo del ascensor porque no lo usa, y los vecinos aceptan su decisión con la condición de que él ya no lo use. Después de un accidente ridículo, queda postrado y en silla de ruedas usando el ascensor a escondidas. En sus incursiones nocturnas a un hospital para comprar snacks en una máquina, conoce a una enfermera de guardia y la visita cada noche fingiendo una vida aventurera de fotógrafo que obviamente no es la suya. Jeanne Meyer es una actriz cuyos tiempos de fama, si alguna vez existieron, pasaron hace rato. Por pura casualidad entabla una relación con su adolescente vecino de piso quien la ayuda con problemas domésticos y se interesa un poco en su pasada carrera. Aziza es una señora mayor de origen argelino, con un hijo en prisión, a la que le cae de regalo un astronauta norteamericano cuyo módulo aterriza justo en la terraza (sin que a nadie le llame la atención) para quedarse a vivir allí unos días esperando que sus colegas de la Nasa vengan a buscarlo.

La comunidad de los corazones rotos es una historia coral sobre tres personajes solitarios que por motivos fortuitos van a conocer a alguien y ese acercamiento va a transformar sus vidas o sus perspectivas de la misma. Su título local no le debe tanto a Elvis Presley como a esa condición de seres heridos de sus protagonistas. Su título original, Asphalte, es una abreviación de Les Chroniques de l’Asphalte, libro del propio director del film, Samuel Benchetrit, que aquí se adapta a sí mismo, lo cual, claro, no es garantía de nada. Se trata entonces de una referencia al asfalto y cemento que rodea las agobiantes vidas de estos personajes y que juega como metáfora de la alienación urbana.

Las tres historias se cuentan en simultáneo pero nunca llegan a entrelazarse. Eso no es infrecuente en los relatos corales cuyas historias independientes pueden estar relacionadas apenas por un tema o una locación, como en este caso son la soledad o el edificio. Y si los protagonistas no coinciden, tampoco el tono de cada línea encaja demasiado con las otras dos. Una (la de la actriz) está contada desde un cierto naturalismo, otra (la del falso fotógrafo) desde un humor que pretende ser absurdo y es más bien bastante burdo y básico, y la última (la de la señora y el astronauta) con un grado de verosimilitud que no tiene nada que ver y se lleva medio de patadas con las otras dos.

Desde la primera escena se amenaza con que el film va a ir por el lado de la comedia, aunque fría y contenida acorde al carácter de sus protagonistas a los que retrata con una buena dosis de patetismo. A medida que avanzamos el patetismo toma el relato por asalto y le gana al humor por goleada. La línea narrativa que se salva de este tratamiento es la de la actriz y el adolescente, que funciona mejor en parte porque se cuenta de manera más sutil, sin caer en el subrayado, y en parte también por la presencia de la siempre extraordinaria Isabelle Huppert. A las otras dos historias las ganan los lugares comunes y el trazo grueso mientras sus personajes son sometidos a un ridículo constante para tratar de redimirlos al final con un mensaje final de reconciliación con uno mismo.

La comunidad de los corazones rotos se nos presenta a como un film humanista y noble que pretende una actitud de no juzgar. Una actitud que puede ser saludable, pero que es más bien engañosa ya que, a pesar de esta tierna fachada, termina cayendo fatalmente en una mirada condescendiente.

LA COMUNIDAD DE LOS CORAZONES ROTOS
Asphalte. Francia. 2015.
Dirección: Samuel Benchetrit. Intérpretes: Isabelle Huppert, Gustave Kervern, Michael Pitt, Valeria Bruni Tedeschi, Jules Benchetrit, Tassadit Mandi. Guión: Samuel Benchetrit, Gábor Rassov. Fotografía: Pierre Aïm. Música: Raphaël Haroche. Edición: Thomas Fernandez. Duración: 100 minutos.

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