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En la Patagonia aun se escuchan historias sobre los malones que secuestraban mujeres blancas que con el tiempo y aunque podían hacerlo, decidían no volver a la civilización y está claro que Al desierto toma estos relatos y los lleva al presente, ubicando a dos personajes en la naturaleza para contar cómo se desarrolla una relación, violenta al principio, llena de misterio después y de ¿amor? para el final.

Julia es camarera y recibe la oferta de un mejor empleo en una petrolera, así que Gwynfor, el hombre que la convoca, tiene otras intenciones. De ahí el desierto como una protagonista excluyente de la historia, que encamina a la película por el western, los films de supervivencia y hasta el trhiller, con un policía de provincias que sabe lo que hace.

Y los mundos diferentes de los personajes -y de las trayectorias de Valentina Bassi y Jorge Sesán- se van superponiendo en el paisaje seco y terroso, hasta coincidir. Un solo mundo, el desierto, una relación improbable que sin embargo se va desarrollando natural y hasta lógica. Una historia chiquita para el cine en grande. 

Al desierto, de Ulises Rosell (Argentina/Chile, 2017).

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