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Campusano, tiene un estilo, lo sabe y como una huadaña deja un surco en el aun fértil suelo del cine argentino. El azote es lo que siente, lo que se da y lo que se recibe, lo que la inclemencia del viento responde desde las frías montanas.

La vida en los barrios altos es dura, la rudeza del viento curte los rostros, sobre tierras heladas también se asientan las casas. Ada María Elflein se posa hercúleo sobre la ladera de la ciudad, barrio de monoblocks, laberinto de mil pasillos. Puerta a la zona de la ciudad oculta, aquello que la postal turística deja en el marco. Furman, Arrayanes, Malvinas, Nahuel Hue, entre otros tantos, la constelación de barrios del Alto albergan un sinfín de familias trabajadoras de la zona.

También son zonas donde la represión policial provoca muertes de menores en claros casos de “gatillo fácil”. Diego Bonefoi, Nicolás carrasco, Sergio Cárdenas mueren en estos enfrentamientos en invierno de 2010. Lo evidente se hace insoportable para una sociedad que marca la avenida Brown como un surco, operando bajo múltiples mecanismos la estigmatización y expulsión de los jóvenes.

Estilo con cuanta desvergüenza, cuando el atrevimiento no tiene nada de injusto, no falta al respeto porque crítica y apremia. Eso es el cine de Campusano, el curtido azote que sale de la pantalla.

El azote, de José Celestino Campusano (Argentina, 2017).

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