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Hábitos extraños suele tener la vida del cinéfilo. Como venir a una semana en Punta del Este en plena temporada y deambular los días tórridos por salas oscuras al encuentro esa promesa que siempre acecha en el cine. Pero el caso es que Punta ha incitado desde casi su mismo inicio para el asunto, manteniendo una íntima relación con el cine desde los tiempos del pionero Mauricio Litman, quien pensó que si siendo ciudad balnearia Cannes tenía su festival y nada mal le había ido, si Biarritz tenía otro, y así siguiendo, se imponía por aquí también organizar un Festival Internacional de Cine en el enclave que estaba cobrando ambiciosa forma al comienzo de los años cincuenta. En 1951 tuvo lugar el primer encuentro en la flamante, y ahora legendaria, sala del Country Club Cantegril. En medio del boscoso laberinto que se abre a unas cuadras de las playas podía verse, en aquellos años, algo de lo más glorioso de un cine internacional que se abría a la modernidad. Por citar sólo un ejemplo ilustre, en la segunda edición el espectador se enfrentaba a Rashomon, de Kurosawa, a Umberto D, de Vittorio de Sica, y se sorprendía con la irrupción de una película de título poco prometedor, firmada por un sueco ignoto llamado Ingmar Bergman: Juventud, divino tesoro. Tiempos intensos aquellos.

Más de medio siglo ha pasado y el Festival de Punta atravesó ciclos diferentes, interrupciones y reencauzamientos, pero desde 1998 ininterrumpidamente ha venido presentando, en estos veranos australes, una selección crecientemente orientada al cine latinoamericano y europeo, que consiste en una equilibrada puesta al día que acompaña una población constante y entusiasta, como una cita de honor que acompaña cada temporada. En esta edición, la 21, el Festival de Punta que se extenderá hasta el sábado 24, presenta una docena de films latinoamericanos en su franja competitiva, más una selección de novedades a escala global, y una sección de cine y música que se ha integrado exitosamente en las últimas temporadas Filmmusicfest.

Joao el maestro, de Mauro Lima.

En la noche de apertura, luego de la breve ceremonia, Joao el maestro, de Mauro Lima, inició el recorrido del festival a sala repleta, con la prodigiosa historia que plantea este curioso biopic sobre Joao Carlos Martins, el reputado pianista que en los años 60 cotejara su virtuosismo con monstruos como Glenn Gould, y cuya vida desafía todo verosímil. La suma de designios y azares que confrontaron a Martins con esa calamidad de todo músico que es perder la capacidad de sus manos es abordada en un film atractivo y extraño a la vez, que desdeña la organicidad narrativa de una película biográfica para insistir, como en episodios misteriosamente conectados, en la compulsión por la música, o la música vivida en tanto obsesión. El mismo Martins (el de ficción, pero también sospechamos el de la vida real, hoy activo como director de orquesta y excepcional promotor social de la música en Brasil) define a esa obsesión como “persecución demoníaca”. Y los tres actores que representan al músico en su infancia, juventud y madurez, parecen habitados por esa rara persecución diabólica que lleva a Joao una y otra vez a Bach, a la extenuación o a hasta las lesiones físicas al borde de la catástrofe, para resurgir reinventado y fortalecido. Buena parte del poder de la película lo aportan las excepcionales versiones musicales del propio Martins, que desde la banda sonora imponen su poder arrollador sobre el público.

Y de pronto el amanecer, de Silvio Caiozzi.

En la segunda noche, la conexión cine-música reincidió en la sala Cantegril con el notable documental Vinicius (2005), de Miguel Faria Jr., que si bien ya tiene sus años desde el estreno, sigue siendo una pieza clave para comprender la envergadura de este artista e intelectual fundamental del Brasil moderno en su proyección global, más allá de los géneros y disciplinas. Y lo hace recuperando la dimensión convivial y la jovialidad que fueron inseparables de su personaje.

Y de pronto el amanecer
, de Silvio Caiozzi (2017), es su vuelta al cine luego de más de una década luego de Cachimba (2004), volcado a realizaciones para televisión. Ambientada en la región austral chilena, con su carga de leyendas y fantasmas, parte de un universo cercano a algunas producciones tardías de Raúl Ruiz, para luego recuperar el clima de confrontación cuerpo a cuerpo y de pathos en entornos cerrados que el cineasta cultiva con especial eficacia. Y de pronto el amanecer narra la historia de un viejo escritor que luego de un desvío casi vitalicio a la escritura alimenticia, se confronta con su historia personal y sus fantasmas. Aquí los fantasmas no son tanto los espectros del más allá, aunque no falten las sombras inquietantes, los cementerios y los presagios, sino aquellos que cobran forma entre los recuerdos y las deudas vitales irresueltas, jugándose en un campo de batalla donde compiten la memoria y la fantasía, las lealtades y las traiciones.

Las dos Irenes, de Fabio Meira.

Las dos Irenes (2017), de Fabio Meira, no es exactamente una película de las que las que el mercado y los usos hace tiempo denominan como coming of age, más bien escapa a todas las previsibilidades ligadas a este género. Además del descubrimiento, por parte de una niña de 13 años, de que tiene una media hermana con su mismo nombre, nacida de la doble vida de su padre y viviendo en su mismo pequeño pueblo, Las dos Irenes ingresa en una sutil exploración de una sociedad, su sistema de clases, sus silencios, el confinamiento en los límites de una familia, lo abierto de un mundo a descubrir, y una historia con derivaciones tan sutiles como imprevisibles. Filmada en el sureño estado de Goiás, en una ciudad vieja que en muchos aspectos, tanto materiales como culturales, conserva un aire decididamente colonial, Las dos Irene, además de una remarcable sorpresa, implica en tanto opera prima el arribo de un director con un lenguaje cinematográfico depurado y de gran madurez, destacado en la dirección de actores y particularmente dotado para generar una ficción convincente y confiada en su espectador.

El festival sigue ahora con un homenaje a Bergman, aprovechando el Centenario del cineasta sueco y el lugar que posee en la memoria y la leyenda del Festival, y mañana otra mesa dedicada a Fernando Birri que antecederá a Ata tu arado a una estrella, de Carmen Guarini. Hacia allí vamos y lo reseñaremos, entre otras peripecias, en una segunda entrega.

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