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En 2009 Duncan Jones demostró que era bastante más que Zowie Bowie. En aquel momento el hijo de David Bowie estrenó su ópera prima, Moon, un film independiente de ciencia ficción introspectivo, creativo y personal, que también remitía a la sci-fi de los años 60 y 70. Con 8 minutos antes de morir (2011) renovó su crédito, pero con Warcraft (2016), fallida adaptación del videojuego, tuvo tanto su primera incursión en el mundo de los blockbusters como también su primer traspié. Allí era imposible reconocer al autor de los dos primeros films, lo cual podría suponerse como producto de la habitual despersonalización que se da en el mundo del cine de franquicias. Con el anuncio de Mute, se suponía que estábamos ante eso que suele llamarse regreso a las raíces. De hecho Jones había declarado que, si bien no se trataba de una secuela, Mute era un “sucesor espiritual” de Moon.

Las expectativas eran altas y una vez visto el film podría decirse que el esperado regreso lo es tal sólo en cierta medida, por lo menos en cuanto a la vuelta a una ciencia ficción influenciada por las obras más autorales y reflexivas del género. Si en Moon se rastreaban las huellas de 2001, odisea del espacio (1968) y Silent Running (1972), el referente directo de Mute es Blade Runner (1982). Pero por otro lado también puede decirse que la esperada vuelta no es tal, porque el último film del realizador no está a la altura del primero. Más aún, estrenado meses después de Blade Runner 2049, la muy buena secuela de su directo referente, el film de Jones queda bastante mal parado. Está claro que Netflix viene apostando fuerte a la ciencia ficción pero hasta ahora ha tenido poca suerte, por lo menos en lo que refiere a la crítica. Tanto Bright como The Cloverfield Paradox (la más floja de la serie), no fueron muy bien tratadas y Mute, producción original de Netflix al igual que Bright, no viene a cambiar ese estado de las cosas.

La historia se sitúa en Berlín en 2052. El protagonista es Leo (Alexander Skarsgård) un amish que sufrió un accidente de niño y que, a causa de la negativa de sus padres a tratarlo dadas sus creencias religiosas, perdió la voz. Leo trabaja como barman en un bar frecuentado por delincuentes y personajes turbios, el mismo lugar donde trabaja como camarera su novia Naadirah (Seyneb Saleh). Después de un comportamiento algo extraño y temeroso, Naadirah desaparece sin dejar rastros y Leo sale desconsolado en su búsqueda. En su incesante y desesperada pesquisa se va a enfrentar con el submundo criminal de la ciudad y en la misma va a toparse con Cactus (Paul Rudd) y Duck (Justin Theroux), dos cirujanos que trabajaban para el ejército de Estados Unidos y ahora lo hacen para la mafia.

La Berlín de Mute remite claramente a la Los Ángeles de Blade Runner, oscura, sucia, despiadada y plagada de neón, del mismo modo que el film de Ridley Scott presta su atmósfera de Film Noir futurista. Jones no tiene ningún problema en exhibir estas influencias en primer plano. Los personajes de Rudd y Theroux, sarcásticos cirujanos que vienen de la guerra, tienen mucho de M.A.S.H. (1970) y hasta su apariencia es un guiño al look que allí tenían Elliot Gould y Donald Sutherland. Y ahí está la posibilidad de ver la condición amish de Leo como una referencia a Testigo en peligro (1985). El propio Jones declaró que entre las películas que influenciaron el film estaban policiales setentistas como Contacto en Francia (1971) y Hardcore (1979). En este último George C. Scott se sumergía en el sórdido submundo de la pornografía para buscar a su hija del mismo modo que Leo se mete en el del tráfico ilegal para buscar a Naadirah.

El problema allí es que todo ese submundo de prostitución, tráfico, de armas y documentos, personajes turbios y hasta perversos, está de algún modo forzado. Como una suerte de distractivo que es más bien tramposo. El tema del film, que no osa decir su nombre hasta bastante avanzado, cuando todavía parece que se trata de otra cosa, es en realidad la familia y la paternidad. Eso termina de cerrar ya con la dedicatoria final a David Jones, que no es otro que el famoso padre del director. Y siguen las citas en ese sentido: Ahí se escucha en un momento Moss Garden, un tema del disco Heroes que Bowie grabó junto a Brian Eno en su famosa trilogía de… si claro, Berlín.

La trama es más simple de lo que sugiere y parte de sus elementos se ven arbitrarios y parecen estar ahí como relleno, para hacer bulto y dar esa atmósfera de sordidez que es más un decorado que algo sustancial al relato. La condición de mudo de Leo puede jugar para hacerle las cosas más difíciles, pero su carácter de amish, más allá de la posible cita, parece un intento un poco grueso de subrayar su inocencia contrastándola con su entorno. Uno se preguntaría qué hace un personaje de esas características en ese ambiente en primer lugar.

Donde Jones mejor se mueve en este caso es en la puesta en escena y aquí no hay objeciones. Visualmente Mute está llena de imágenes bellas y deslumbrantes donde sí se reconoce la mano del realizador que Jones efectivamente es. Pero esto, que podría ser el mayor incentivo para ver el film, no parece suficiente, por lo menos no para un autor que prometía más.

MUTE
Mute. Reino Unido, Alemania. 2018
Dirección: Duncan Jones. Intérpretes: Alexander Skarsgård, Paul Rudd, Justin Theroux, Seyneb Saleh, Florence Kasumba, Noel Clarke, Daniel Fathers. Guión. Duncan Jones, Michael Robert Johnson. Fotografía: Gary Shaw. Música: Clint Mansell. Edición: Barrett Heathcote, Laura Jennings. Duración 126 minutos.

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