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Cuando se anunció la visita de John Waters a la edición 2018 del Bafici, lo que se esparció por las redes es un sentimiento de fiesta comparable al que genera en sus fans una estrella pop. Y es que Waters ya pasó a ser bastante más que un realizador de culto cuyas obras generan fanatismo (cosa que también es), sino además un personaje, un ícono de la cultura pop. Uno de los pocos realizadores (como Hitchcock o más recientemente como Tarantino o Almodovar) con una presencia fácilmente identificable más allá de sus películas. Un caso análogo al de Kevin Smith donde incluso su presentación física, con sus trajes extravagantes y su fino bigotito, están inevitablemente incorporados al personaje como el colorido uniforme de un superhéroe o, mejor aún, un adorable supervillano.

Sus primeras películas de fines de los 60, Eat your Makeup (1968), Mondo Trasho (1969) y Multiple Maniacs (1970), provocan desde el título y presentan ya los personajes y temas que van a estar presentes en sus próximas películas: degenerados, delincuentes de poca monta, fetichismo, secuestro, asalto sexual, herejías, profanaciones y una galería de parafilias en ciernes que iría ampliándose conforme avance su filmografía. Pero va a ser en 1972 cuando lanza su película emblema, Pink Flamingos, un mazazo brutal y despiadado de incorrección, un big bang que desparrama y salpica sustancias viscosas en la cara del espectador. Una película de culto por excelencia que lo consagró como autor, que llevó a la fama a su protagonista, la drag queen Divine, que presenta un catálogo pocas veces visto en el cine de situaciones perversas y provocativas, y que cierra como un moño con la escena en que Divine se come en una sola toma y de verdad un sorete de perro, algo que quienes lo hayan visto no olvidarán jamás.

Con Female Trouble (1974) y Desperate Living (197) completa su Trilogía Trash y con sus siguientes film, a partir de Hairspray ya en la década del 80, entra en una zona un poco más mainstream, pero sin resignar temas ni actitud. En estos films, que se mueven en el terreno de la comedia negra, va a trabajar con un elenco de amigotes (la propia Divine, Mink Stole, Susan Lowe, Mary Vivian Pearce) y a convocar a estrellas de Hollywood (Johnny Depp, Melanie Griffith, Cristina Ricci, Selma Blair, Stephen Dorff, Kathleen Turner), estrellas porno (Tracy Lords) y estrellas pop/rock (Debbie Harry, Iggy Pop, Chris Isaak, Sony Bono), llevando a todas ellas a su propio terreno con sus propias reglas de juego, y convirtiéndolos en delincuentes juveniles, asesinos seriales o bailarinas a go-go con tetas extra large. En fin, habitantes de su mundo.

Waters se presenta a sí mismo como un inmoralista y demuestra estar cómodo en su papel de Rey o Padre del Trash. Véase el vídeo con que anuncia su desembarco donde, con una sonrisa cómplice, le añade a ese título otros igualmente sonoros como Príncipe del Vómito o Embajador de lo Anal (si, leyeron bien). Pero la perversión en los films de Waters dista de ser oscura o sórdida. En un punto es hasta inocente. Sus protagonistas se entregan a sus originales pasiones sin sufrimiento, con goce y alegría. Son las fuerzas del orden y la moral (los verdaderos villanos de sus películas) los que vienen a molestar con su rigidez y dedos acusadores. Algo que se escenifica bien en Adictos al sexo (2004) con su mortal enfrentamiento entre sexópatas y reprimidos. Está claro allí de qué lado está Waters y el cariño que profesa por sus descarriadas criaturas.

Tras medio siglo de desvergüenza y una vida dedicada a la causa del mal gusto, su influencia es innegable. La Nueva Comedia Americana, con su predilección por la incorrección y la escatología, le debe muchísimo. Se podría pensar a Waters, más que como el padre o el abuelo de la movida, en algo más parecido a lo que fue Iggy Pop (quien actúa en Cry Baby) con el punk: como el Padrino. O quizás como ese tío raro pero con onda que nos enseñó todo lo que está mal pero que en realidad está todo bien.

La presentación en un mismo escenario junto a Isabel Sarli no por sorprendente deja de ser un doble programa coherente y adecuado. Y es que hay algo que a veces se olvida de Waters, pero es muy importante y es su cinefilia. Una que tiene sus amores y predicciones pero que es ecléctica y puede oscilar en un gusto que va de la más pura explotación hasta los films arties y festivaleros, que puede hacer que recomiende en una misma lista del año 2009 a Brüno con Sacha Baron Cohen y El silencio de Lorna de los hermanos Dardenne y decir de La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel que no entendió nada pero le encantó. Waters, como ese tío atorrante y querido, es un tipo abierto e inclusivo y nos invita generosamente a formar parte de su familia de entrañables degenerados.

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